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¡Y no pasa nada!

Somos una sociedad mecanicista acostumbrada a que todo efecto tiene su causa. La idea de las consecuencias está muy arraigada en el actuar humano. Se trata de algo que en el proceso de formación de las personas, bien sea en el ámbito familiar, en el marco educativo y en el transcurso en general de la socialización está siempre presente. No hay niño que no lo sepa porque en su casa y en la escuela se ocupan de que tome conciencia. Más adelante, el derecho va a asentar buena parte de su desarrollo en la idea del individuo responsable de sus actos. Un momento que se liga a la mayoría de edad. A partir de entonces hay pocas excusas que valgan para no tener en cuenta ese instante trascendental en la vida de la gente.

Si esto es así en la esfera de lo más íntimo, en el terreno de lo grupal se siguen pasos similares, aunque es obvio que la acción colectiva conlleva comportamientos más complejos. En política, en el recinto marcado por la democracia, se dice que, mediante el voto, por ejemplo, el electorado premia o castiga la ejecutoria de los gobiernos de turno con la reelección o con la retirada de su apoyo. Así mismo, los distintos instrumentos de control llevan a cabo acciones que sancionan o ratifican, o, en el otro lado, imponen o refutan, medidas que están perfectamente definidas en el entramado institucional. Sin embargo, no todo queda sujeto al armazón normativo que busca la ilación entre causas y efectos mediante prácticas en buena parte administrativas.

De hecho, la movilización social a través de mecanismos muy diferentes, que van desde las consultas populares hasta la ocupación del espacio público, supone formas de exigencia de rendición de cuentas. En sociedades activas provistas de un sólido capital social las acciones gubernamentales son sometidas a un severo escrutinio bien sea por parte de grupos de individuos de diferente cariz (sindical, empresarial, elitista, asociaciones vecinales, …) o de sectores más amplios. Cierto que las masas pueden ser manipuladas para que actúen al albur del poder de turno, pero su capacidad de cambiar las cosas, así como la de los otros grupos recién citados, en la mayoría de las situaciones tienen efectos positivos. La conciencia de que algo se mueve puede ser un acicate en pro del cambio de rumbo oficialista.

Todo ello tiene también su correlato en el orden internacional donde los conflictos en muchos casos derivan en derramamiento de sangre y en flagrantes violaciones de derechos en el contexto de una falta de solución preocupante. La actualidad está preñada de acontecimientos de esta guisa que terminan gestando momentos de pavoroso silencio en los que la responsabilidad se diluye miserablemente. Una muestra la constituyen, por citar las más recientes de sobra conocidas, la hecatombe en el este europeo en torno a la frontera entre Rusia y Ucrania tras la invasión de aquella, las decenas de miles de muertos palestinos como consecuencia de la respuesta desproporcionada de Israel al terror iniciado por Hamás el 7 de octubre de 2023, el pánico sistémico que se apodera desde hace años de Sudán envuelto en numerosos conflictos armados internos y la descomposición recurrente de Haití con el imperio de grupos que confrontan al estado llevando a hacerle irrelevante. Si bien el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se reúne o hay iniciativas de terceros países para lograr un alto el fuego el resultado es magro. En realidad puede decirse que no pasa nada por mucho que colectivos estudiantiles acampen en campus universitarios.

Hay otros ejemplos de ese estado de cosas de carácter muy distinto. Es el caso del gobierno de Ecuador cuando ordena asaltar la embajada de México en Quito y detiene a un anterior vicepresidente asilado allí. No pasa nada. O cuando el 1º de junio tome posesión como presidente (re)electo en El Salvador, Nayib Bukele. Está prevista la asistencia al acto el presidente argentino Javier Milei y del rey de España validando la farsa electoral llevada a cabo en el país al violar la constitución que impedía la reelección. Y no pasa nada.

¿Qué ocurre entonces cuando a un suceso disruptivo sigue la callada por respuesta? Las causas y las consecuencias se entreveran haciendo que el vacío de repulsa se empodere del panorama mientras que enfrente los conmilitones aplauden y las redes sociales vibran manejadas por cientos de profesionales. El desaliento se extiende por doquier. No hay confianza ni interpersonal ni con relación al desempeño de las instituciones. La mayoría calla. Las identidades múltiples, que se asocian con lealtades diversas, socaban todo principio de colaboración pues domina el nihilismo, la competición irrestricta y el individualismo más acerbo. En la medida en que no pasa nada, aparentemente, la gente se siente más tranquila, la quieta felicidad invade el proscenio.

El último día de mayo en la Universidad de Salamanca, cuya reputación se ha visto seriamente afectada en los últimos tiempos, un nuevo equipo de gobierno, al frente del que se sitúa un profesor cuestionado por su trayectoria investigadora, toma posesión. ¡Y no pasa nada! Nadie estará presente para mostrar su desacuerdo. Surge de un proceso electoral trunco diseñado por una exitosa estrategia de la araña suscitada tras el sorpresivo abandono del cargo del rector dimisionario silente. Y no pasó nada. Unas elecciones que no contaron con los plazos necesarios con la aviesa intención de que no pudieran organizarse candidaturas alternativas a la continuista del periodo anterior. Y no pasó nada, aunque el número de votos en blanco entre el profesorado fue relevante acercándose a la mitad de quienes acudieron a sufragar. Los sindicatos están callados, cierto sectores del profesorado más relevante y comprometido están ausenten, otros hace tiempo que se descolgaron. El personal de administración y servicios, en una gran mayoría, hace bueno el principio de sentirse ajeno a la institución. El estudiantado bastante tiene con ultimar las últimas copas antes de las vacaciones. Tranquilidad. ¡Y no pasa nada!