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Vivir a salto de mata

Villa romana La Olmeda en Saldaña (Palencia)

Uno es del lugar donde hizo el bachillerato, o del sitio donde están enterrados sus muertos o de la casa donde se encuentra su biblioteca. Son expresiones que he escuchado y con las que he congeniado casi siempre. Pero también se dice que lo que de verdad determina el origen de una persona es la lengua, si bien otros insisten que lo que da significado a su vida son las creencias más profundas y trascendentes; para muchos son los seres queridos los que con su afecto contribuyen a configurar el sentido de pertenencia a un espacio concreto. En sendos casos se encuentra la razón de estar en comunión con otros; hay, por tanto, un perfil más grupal de la existencia. Asimismo, una minoría reivindica dónde tiene depositado sus activos financieros siendo los extraños moradores de los paraísos fiscales o dónde se ubican sus inmuebles.

Hay tantas posibilidades a la hora de responder a la pregunta de dónde somos como seres humanos habitan el planeta, incluyendo el tópico -aunque no por ello irrelevante- del lugar de nacimiento. Sin embargo, al final se pueden agrupar en una docena de respuestas teóricas mayoritarias que en la práctica terminan reduciéndose a un puñado: una casa, una ciudad, una familia, un trabajo. Saber de dónde se es supone tener delimitada una parte notable de la identidad.

Es cierto que la respuesta tiene una gran dosis de construcción del relato que vamos pergeñando a lo largo de los días para intentar entender nuestra existencia o, mejor, para explicárnosla con el fin de darle cierta coherencia. Pero nos resulta imprescindible para no andar demasiado a ciegas. A pesar de estas certezas personales, el hecho sedentario es el factor decisivo que limita las opciones que en la práctica se ven reducidas a una nostalgia construida por ilusiones o deseos frustrados y el lugar concreto que se habita.

Mi amigo que frisa los 70 años me cuenta que ha vivido en seis casas distintas. Las mudanzas se dieron en lapsos entre 10 y 15 años. La primera la hizo siendo niño cuando sus padres pasaron a un piso más confortable, la segunda se dio al casarse, las cuatro restantes estuvieron ligadas tres a avatares profesionales y la última a resultas del aburguesamiento de su vida y premio a su capacidad ahorradora. Seis viviendas en cuatro ciudades diferentes.

Me dice que le cuesta trabajo decir de dónde es, aunque siente que cualquier respuesta de las anteriores, no obviamente la vinculada al capital, le valdría. No obstante, al presionarle un poco, termina resaltando, sobre las restantes posibilidades, el espacio de su adolescencia, cuando estudiaba el bachillerato, el barrio que ya dejó de ser lo que fue y que solo existe en su memoria. Sin embargo, tras unas bromas, su rostro se ensombrece y me dice con una voz extrañamente ronca: “¿Sabes?, me hubiera gustado ser un caracol para llevar siempre la casa liviana a cuestas, ni ser de aquí ni ser de allí, en fin, como una estrella errante”.

Sin embargo, en tiempo de tribulación no hay que hacer mudanza, se dice que reza un consejo de Ignacio de Loyola. En política es una advertencia inútil porque son numerosos los casos en que se desoye. La oportunidad, la audacia, el reacomodo a las transformaciones sociales, el cambio habido en los rivales o en el seno de las propias filas, incentivan saltos a otro lugar. A veces son rápidos y aparentemente inesperados, otras resultan de cálculos a largo plazo, en ocasiones tienen una lógica interna, en otras nadie lo entiende. Emmanuel Macron dejó plantado a los socialistas para correr solo al Elíseo. Jair Bolsonaro en plena presidencia abandonó al partido por el que había sido elegido para mudarse a otro con el que concurrió a las siguientes elecciones. Nayib Bukele fue elegido presidente de El Salvador tras salir del partido con el que fue seis años alcalde. Los tres contradicen aquel dicho de “quien se mueve no sale en la foto”.

En el ámbito privado las cosas no son muy diferentes. En el límite, se dice que una mudanza es como un incendio. Hay cosas que van directamente al contenedor de la basura, unas se deterioran en el traslado, para otras no hay sitio en su nuevo emplazamiento. Pero también hay aspectos positivos: el reencuentro con el libro que se creía perdido, las viejas cartas olvidadas, las fotos traspapeladas, el recuerdo del abuelo arrinconado en el trastero, los juguetes de los pequeños.

Los cambios de casa son asimismo un reflejo de la naturaleza de las sociedades pues los hay voluntarios y forzosos, aunque al final de sus días todos cuenten. En un momento de su historia, en Estados Unidos el promedio de hogares en los que vivió una persona a lo largo de su vida fue de doce, lo que contrasta con aquellos países en los que la gente apenas si hace mudanza tres veces como media.

No obstante, en un nivel más íntimo, mudarse tiene un componente distinto. Hay personas caracol que todo lo que valoran lo llevan siempre encima por lo que el cambio, al ser permanente, deja de ser tal. El resto tiene que calibrar las dos caras de su existencia para encontrar su equilibrio. La externa, que deja atrás inmuebles cada vez que se cambia, y la interna que acoge las transformaciones sutiles, normalmente ocultas, que acaecen en las entretelas de la vida.

Pero, como es habitual, las cosas son más complejas. ¿Qué lugar ocupan en una mudanza las emociones? ¿Son transportables los afectos o los desapegos? Desde el paisaje hermoso que dejamos de ver a la cara amable de la persona con quien nos cruzamos cada día, desde el cariño recibido al desprecio contenido, desde el respeto al ninguneo ¿Cuál es el coste de ese abandono intangible de lo que no se va a sentir más por su culpa? ¿Dónde colocar al olvido?

Por todo ello, ¿cuántas veces se dice que la realidad no existe? ¿Cuánto tiempo llevamos intentando aprehenderla, medirla? Pretendemos dar sentido a las cosas que nos rodean y nos urgimos a la hora de definirlas cabalmente. Igual sucede con respecto a nosotros mismos. ¿Qué es todo esto realmente? Primero fue la magia, luego la razón. La humanidad vive desde sus albores en un bucle que le lleva de una a otra. Pareciera que no hubiera salida. En la quintaesencia de ese paroxismo ahora nos topamos con la inteligencia artificial. Nos movemos en la sociedad del algoritmo que no hace sino enredarnos más porque los datos que generamos continua y masivamente constituyen una réplica nuestra al infinito que pueden dibujar anticipadamente muchas facetas de la existencia. Acongojados, presentimos que hay demasiados aspectos que se nos escapan, decisiones que parece tomamos libremente, pero que ya están prefijadas. Entonces, sentimos que mucho de lo que nos embarga es un fraude. Por ello nos ausentamos en mundos paralelos: fantasías, ensueños, introspección a tope.

Sin embargo, hay agobios permanentes que tienen formas explícitas. Unos conllevan la factura de lo que adeudamos porque nos sabemos responsables, sin saber bien de dónde nos viene esa querencia a atender las consecuencias de nuestros actos: el pago de la hipoteca, del colegio privado de los niños, la cobertura de la tarjeta de crédito, el cuidado de la madre nonagenaria. Otros devienen del contexto inmediato donde vivimos: el tiempo perdido en ir y regresar del trabajo, la pulsión consumista, la soledad abrumadora, la violencia y la inseguridad presente en la convivencia diaria.

Son desasosiegos que nos fatigan y que, si bien los entendemos perfectamente, pues sabemos definirlos con precisión y conocemos sus efectos, no dejan de generarnos un estado de profunda congoja. Ello no conlleva de manera necesaria y automática el escapismo, aunque sin duda sea una respuesta válida. Evadir la realidad es una fórmula típica de actuación. Pero, casi siempre, es una fuga somera, un benigno acto temporal de ficción.

Camino por las calles del que fue mi barrio hace medio siglo. Sé que mi mera presencia allí es una manera de hacer fluir recuerdos que dibujarían un panorama distinto al que me rodea. No obstante, lo rehúyo. No quiero confundirme. Es un acto que traiciona a lo que es uno, pero coherente con cierta filosofía del caminante errante: andar sin prejuicios. ¿Es eso posible? Ahora ya no solo consiste en bloquear el pasado, mi historia personal, se trata de impedir el acceso a mi mente de otras imágenes, de sonidos y olores de ciudades recientes por cuyas avenidas he perdido mis pasos, de la lluvia. Estoy confundido. Siento que las aceras que piso, la sombra de los árboles que me cobijan, las caras de la gente con la que me cruzo, las tiendas que dejo de lado, el tráfico sosegado que fluye por la calle principal, son apenas retazos de un escenario que me deja frío. Necesito trampear con esa realidad que golpea mis sentidos, dejar volar mi imaginación.