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Viejas glorias

Sentado en el poyete del paseo marítimo con un amigo con el que practiqué deporte hace casi medio siglo escucho su relato. Sus palabras proyectan las sombras de sus recuerdos, que de alguna manera incorporan pasajes compartidos por ambos, pero también reflejan el presente de su nieta deportista de alto nivel. En un momento, cuando sus palabras enmudecen por un instante, posiblemente atascado porque quiere encontrar una fecha huidiza, aprovecho para contarle que acabo de leer que me inquieta. Un neurocientífico sostiene que la clave del funcionamiento de la inteligencia humana no está en lo que recordamos sino lo que olvidamos y que, por consiguiente, es el olvido lo que la define constituyendo su característica esencial.

Su respuesta es una mirada con sorna a la que sigue de inmediato un cambio radical de la historia que estaba narrándome pues me habla del nuevo reloj provisto con aplicaciones muy sofisticadas que su nieta acaba de adquirir. Con el nuevo artilugio, me dice, sus entrenamientos tendrán un desarrollo más controlado y producirán resultados más eficientes en la competición. Cuando termina de contármelo y tratando de evitar mostrarle mi pesar por haberle hecho dirigir la historia que estaba relatándome hacia otro derrotero reconduzco el asunto. De este modo le digo que comparto su preocupación a la hora de evaluar nuestro pasado y que es indispensable valorar todo aquello que hicimos; unos logros que, habida cuenta de nuestros medios, de las limitaciones de la época y las que imponía nuestro entorno social, habían terminado siendo extraordinarios.

En efecto, añado, nuestro deporte de equipo requería de ciertas destrezas técnicas y no solo contar con un fondo físico fuerte. Primaba también un concepto de lo colectivo, de la solidaridad y de una suerte de especialización en tareas diferentes que llevábamos todos los integrantes del equipo que buscaban la complementariedad. Todo ello es muy distinto a la que llevo a cabo tu nieta, siempre ensimismada, confrontándose cada día con el cronómetro y con la evolución de sus constantes vitales que registran su reloj digital. Incluso la relación con quien hace las funciones de entrenador es dispareja. En nuestro caso nuestra anarquía depositaba las funciones en un triunvirato que disponía el tipo de ejercicios a realizar en las sesiones de entrenamiento y el estilo de juego a desplegar el día del partido. En el de tu nieta su desbarajuste nunca llega a esos extremos quizá por el simple hecho de que están muy pautadas las sesiones de gimnasio así como la realización de series, en cuanto a su número, la distancia a recorrer, las pulsaciones y el tiempo dedicado.

Tras un silencio en el que ambos perdemos nuestra vista en el horizonte de una tarde que se aproxima al ocaso, mi amigo con una voz muy pausada me dice que no sabe si está de acuerdo con la idea de que el olvido es la quintaesencia de la inteligencia. Al escucharle me imagino de inmediato por dónde va a continuar. Por eso, prosigue, me encanta pensar que fuimos un equipo famoso, bien conocido durante aquella década maravillosa, presente en los más importantes torneos de la época; que nuestro estilo de juego fue moderno, acorde con las innovaciones introducidas siguiendo las pautas foráneas más innovadoras, que siempre primó la camaradería entre nosotros, más aún, la amistad inmarcesible, que las pocas veces que perdimos fue por culpa del arbitraje. Fue así, añade. No tengo la menor duda, asegura mientras me mira fijamente.

No estoy confundido porque apenas si recuerdo algo de aquellos años. Una nebulosa alzada sobre lugares comunes invade el lento ejercicio de recuperar el pasado al que me invita mi amigo. Ha pasado tanto tiempo que un rosario de preguntas se encadena en mi interior, pero no deseo hacerlas explicitas. Por eso callo y solo abro un instante la boca para proclamar la belleza del atardecer a lo que él asiente. La placidez del momento hace que esas preguntas no formuladas no tengan connotación inquisitorial alguna. ¿Qué significó en mi vida aquella actividad a la que tan intensamente me dediqué entonces?, ¿cómo formó mi carácter?, ¿qué aprendí de aquel mundo?, ¿qué filias y fobias se despertaron en mí o se potenciaron?, ¿por qué lo dejé?, ¿por qué el corte fue tan abrupto?, ¿por qué después nunca lo eché de menos?, ¿por qué ni los hijos de él ni los míos ni los del resto practicaron aquel deporte?

Pienso que debería formular en voz alta esas preguntas, animarlo a que prosiguiera su reflexión pero proyectándola hacia lo que sucedió después, a que llegara hasta el presente, pero no lo hago. Tampoco quiero recordar el reciente homenaje colectivo al que asistimos donde nos topamos con practicantes a los que hacía décadas que no veíamos. Sé que en su momento coincidimos en pensar que sus deambulares habían sido muy diferentes a los nuestros. Además, una gran mayoría había seguido manteniendo un vínculo común del que nosotros nos separamos. Incluso unos pocos hicieron de aquello su modo de vida, como él y yo pudimos haberlo hecho.

Continúo inmerso en un silencio que él asume. Lo hago porque no sé las respuestas o quizá porque a lo mejor están mal planteadas o son irrelevantes. Tampoco quiero conducir la elucubración basada en imaginar cómo habría sido nuestras vidas si no nos hubiéramos alejado de aquel deporte-juego, ni juzgar la obstinación deportiva de la nieta. Pero el señuelo me dura poco. Me basta con pensar que somos viejas glorias que no requerimos recapitulación alguna. Acallar cualquier atisbo de disonancia. Concentrarnos en la mística de lo que debió ser hermoso, de lo que hicimos obsesivamente, sin evaluación de ningún tipo, y así lo expreso con voz entrecortada. Seguramente, me dice, y añade con su sonrisa irónica de siempre: somos viejas glorias.