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Travesías

El otro lado

No es cuestión de que cada cosa tenga su contraria, ni siquiera el peso abrumador de lo binario. Quizá tenga que ver con la incertidumbre que cubre numerosos pasajes de la vida por la que dudamos con más frecuencia de la que quisiéramos. El deseo de tener una visión clara del panorama al que nos confrontamos sin obstáculos que la entorpezcan donde no haya tramas ocultas ni costados esquivos no deja de ser una fantasía. Siempre hay algo que se nos escapa, aunque a veces queramos ignorarlo. En ocasiones, además, el otro lado es una región inhóspita, incluso hostil, que, por lo tanto, nos genera zozobra llevándonos a prescindir de ella. Solo entregamos a Caronte la responsabilidad de que nos lleve cuando todo es irremediable.

Cruzar de acera, atravesar el parque, buscar el lado fresco de la cama, entrar en la despensa, pensar los pros y contras de un asunto, traspasar el umbral del lugar sagrado, configuran actos cotidianos sin apenas darnos cuenta. Igual sucede con el equilibrio emocional cuando pasamos a un estado en que ni nosotros mismos nos conocemos o penetramos en zonas oscuras de las que pensamos que nunca visitaríamos. Ni que decir tiene que, no siendo ajenos, los sueños son un terreno en el que fertilizan diferentes versiones nuestras multiplicando la otredad hasta el cansancio. Actos, escenarios, decisiones, que maquillan el proceloso asunto de la vida y cuyo significado es más oneroso cuando la soledad impregna su ejecutoria.

La casa de mi amigo está a la rivera de un río caudaloso. La posibilidad de dar largos paseos bajo la frondosidad de los chopos, fresnos y alisos es uno de los alicientes de aquel lugar. Una vez le pregunté si conocía el otro lado del río. Me dijo que no. Si bien nadaba con frecuencia, nunca había pisado la orilla de enfrente, me dijo. Además, añadió, el puente que se sitúa aguas abajo está a 8 km y el que lo cruza aguas arriba está a una distancia algo mayor. Según elabora su respuesta percibo que son excusas que no abordan la cuestión central que, sin embargo, no me atrevo a preguntarle explícitamente, quizá porque proyecto en él mi propio temor. ¿Por qué no ha estado allí?

Desde entonces tuve una enorme curiosidad por conocer aquel espacio trazado tras la corriente. Tanto es así que, después de constatar el desinterés de mi amigo por programar una visita, pensé hacerlo por mi cuenta, sin decirle nada. No obstante, ese propósito, que debo reconocer que al principio tomó cierto aire obsesivo, se ha ido desvaneciendo, generándose en mí, por el contrario, un cierto sentimiento de recelo y más tarde de miedo. Algo que nunca he compartido con él. Cuando vuelvo a visitarlo y pierdo mi vista en la placidez del paisaje procuro no pensar en el asunto. Sé que el telón arbolado que en esta época del año enmarca la vista es una añagaza que oculta el otro lado que ni él ni yo queremos conocer.

Relecturas

Uno de los hábitos que introdujo en su vida sin saber cuánto duraría fue la caminata que hacía a diario hasta la casa de ella. Ambos se habían jubilado casi a la par y habían fijado su residencia en sendos pueblos donde tenían la casa familiar que distaban exactamente una legua. Durante sus años mozos llegaron a tener una amistad intermitente. Luego, la vida los separó, aunque no del todo. Encuentros casuales durante las vacaciones o en efemérides de algún conocido común supusieron reuniones amables donde actualizar sus historias y trazar deseos de citas ambiguas que nunca se saldaron.

Una llamada de cortesía hace un año avivó la posibilidad de encontrarse, mejor donde ella pues secuelas de un accidente hacían difícil su movilidad. Así, no se lo pensó dos veces y tomó el viejo camino que bordea el páramo salpicado por encinas que sobreviven en medio de campos de labranza. A buen ritmo tardaba una hora, ¿era esa la razón por la que se había estandarizado esa medida de longitud que todavía mantenían los lugareños, pero solo referida a la distancia entre los dos pueblos? Pensó que sería una manera de mantenerse en forma. En compensación a la caminata ella tomó la costumbre de preparar chocolate con picatostes.

Los encuentros al principio sirvieron para ponerse al día y para evaluar el significado de lo que estaba ocurriendo. De las certezas del pasado saltaban a la incertidumbre del mañana. Si sus andanzas traslucían una vida prosaica donde apenas sobresalían un par de destellos, el futuro arruinaba los precarios planes de viajes a lugares deseados. Decían con cierta efusión que mientras su existencia hasta entonces les pertenecía, con sus fracasos y sus logros, lo que estaba a la vuelta de la esquina era patrimonio de un narrador omnisciente al que no controlaban, de un relato que los marginaba y que no entendían. Entonces tomaron una decisión.

Puesto que ambos eran letraheridos acordaron que durante la visita no solo endulzarían el rato, sino que aprovecharían para contarse lo que habían leído el día anterior no dando lugar a divagación alguna sobre la situación del mundo. Así, durante el lapso en que estuvieran juntos doblarían su bagaje novelesco y ganarían en salud mental al no dar vueltas a lo que hacían o dejaban de hacer las autoridades. Dicho y hecho.

Sin embargo, pronto notó que en su travesía casi doblaba el tiempo en andar la legua. Resultaba que iba tan absorto en rememorar sus lecturas para no olvidarlas que reescribía en su cabeza en cada recodo del camino lo leído, se detenía para entender otros posibles significados de una frase que había encontrado enigmática y la parsimonia de sus soliloquios se trasladaba a sus pasos. Al regreso repasaba lo que había escuchado de ella sopesando los matices de su voz; formulaba otra versión pues mezclaba lo narrado con lo que las sombras de las encinas le sugerían en una espiral creativa que lo agotaba; cuando se detenía escuchaba la nueva versión que el viento le brindaba.

Quedarse en casa

Hay expresiones que se acomodan tanto al mandato como a la firme convicción de uno mismo y que, además, producen una extraña retroalimentación. Quien está convencido de algo acata la ordenanza que, por su parte, termina teniendo efectos en los hábitos de la gente. Algo de ello ha sucedido en nuestras sociedades de forma abrupta y, de diferente manera, cada uno ha sufrido el impacto que parece no tener fin. Durante casi un año la restricción a salir a la calle se impuso y muchos terminaron apechugando con ella por decisión propia. El avatar que supuso la pandemia logró que se acoplasen las órdenes a los deseos más íntimos, a veces nunca develados, y los gustos menos explícitos terminaron liberándose gracias a la disposición de la autoridad. Es posible que alguien más rebuscado buscase la explicación en la inveterada tendencia sadomasoquista del ser humano o en compartimientos ciclotímicos reglados por el curso lunar o váyase a saber por qué.

Entonces, una copiosa nevada seguida de una ola polar puso al susodicho mantra en boca de unos y otros alentando actitudes que ya estaban asentadas y sobre las que apenas había discusión. Los gobernantes de todo orden y sus corifeos mediáticos repetían la soflama de quedarse en casa con una mezcla de paternal consuelo y de responsabilidad ecuménica. Se realzaba en voz alta el consabido asentimiento de individuos que estiman que la autoridad siempre vela por su bienestar y que no necesitaban convencimiento alguno a la hora de valorar el hogar dulce hogar como el nicho protector del que nunca se debe salir. Convencidos de la sartriana afirmación de que el infierno son los otros encontraban en su casa el refugio perfecto ante la inquina social. Por una vez, intereses aparentemente tan diversos como los del poder y los de la ciudadanía parecían encontrar el perfecto equilibrio tantas veces perdido. Quedarse en casa, por tanto, se convirtió en un imperativo compartido que producía un efecto salvífico y de agradecimiento mutuo.

Mi amigo pertenece a una generación que tenía regulada la hora de llegar a casa y que, simultáneamente, entendía que el drama peor que alguien podía sufrir era que lo echaran de casa. Por eso escuchaba con desdén el referido desiderátum. Consideraba que se abusaba de un término equívoco como es el de casa porque era consciente de que para mucha gente era sinónimo de infierno bien fuera por sus condiciones materiales o por el cariz de quienes la cohabitaban. Quedarse en un lugar así era sinónimo de una condena. A su vera, nuestra amiga común, que en la acracia en la que se desenvolvía cuando joven tenían en sus labios la expresión de “¡abajo el que suba!”, sigue pensando que la calle es su espacio, deambular sin afán, vagar por barrios en los que antes no estuvo, inventar historias de cada rincón. Entiende que exigirle renunciar a ello es cortarle las alas, someterse a una vejación difícil de soportar. Ambos dicen al alimón: “déjame en paz”.

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