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Todos tenemos una historia

La historia se hace presente en una discusión con amigos acerca de cuestiones cinematográficas que lleva a Charlotte Rampling y en concreto a The Sense of an Ending de Ritesh Batra (2017) donde ella actúa con Jim Broadbent. Una película que desarrolla el papel de los recuerdos, su manipulación, en parte, y los mecanismos del olvido que se activan tan fácilmente, pero que también pueden revertirse cuando algo inesperado sucede ¿Son las evocaciones el puro reflejo de la realidad o son historias que nos contamos a nosotros mismos? ¿El hecho idéntico de naturaleza íntima que vivieron dos personas se recuerda igual cuarenta años después?

Amanecer en Cuenca (Ecuador)

El lenguaje del cine siempre ha sido poderoso para explicar esta ambivalencia. A mi juicio supera al de la literatura, aunque esta haya producido obras portentosas y quizá acabe de decir una herejía. De los autores españoles del presente, Javier Marías fue un maestro indiscutible, Javier Cercas no se queda a la zaga. Sin embargo, el cine tiene una capacidad de representarla de manera más nítida y condensada. No hay equívocos posibles.

La prisionera del campo de concentración que interpreta Charlotte Rampling en Portero de noche de Liliana Cavani (1974) también se acuerda de lo que allí había pasado y sus remembranzas coinciden con las del nazi interpretado por Dirk Bogarde. Esa es la magia de aquella película provocadora, maravillosa; para algunos, soez, insoportable. Que las evocaciones se hagan presentes mediante flashbacks, a través de fundidos inesperados. Una ayuda a la desmemoria, una apuesta por los lenguajes superpuestos.

Otros dicen que es una medida facilona en pro de una pedagogía barata. Alguien pudo no estar allí, pero la cámara siempre puede estar, se convierte en el demiurgo todopoderoso, el sabelotodo inquietante que posibilita resolver el enigma. En la vida no es tan diferente, aunque se rompan las reglas cartesianas de la buena memoria. Las pruebas son los documentos que fijan los recuerdos. Aquella carta que quedó al fondo del cajón, la foto entre las páginas del libro, el diario que confiaste a tu amante y que ahora puede regresar a tus manos.

Testimonios físicos que, se dice, no pueden adulterarse. Están ahí, su significado es inequívoco. Pero ¿qué sucede cuando juras tener la foto de quien no estuvo? Has construido su recuerdo sobre aquella imagen de quien, incluso afirmas, posó para ti en aquel puente con la puesta de sol al costado. De nada sirve que te digan que nunca estuvo porque no pudo estar. Porque entonces se hallaba en otro país, o yacía en un hospital o, todavía más desesperante, porque no había nacido o porque había muerto.

No obstante, tienes el recuerdo y lo evocas cada vez que pasas por aquel puente. No quieres que piensen que estás mal de la cabeza, o no te importa. Has logrado llegar a una situación en que mantienes que los recuerdos son tuyos y que no importa, por consiguiente, si para ellos no estuvo. Por eso callas y ya no hablas de tus recuerdos. No, no es que los inventes. No. Simplemente forman parte del otro lado de tu vida.

Quienes trabajan en campañas políticas insisten mucho en que todo el mundo tiene una historia. De hecho, las buenas historias, aquellas que logran conectar con la gente, las que en la mayoría de los casos terminan dejando una impronta que moviliza, son las que fundamentan un triunfo electoral, una identificación duradera con un determinado proyecto. Pero en la era de la economía de la atención escuchar una historia es extremadamente costoso. Nadie tiene tiempo. Resulta todo un acontecimiento que alguien se quede con el hilo del relato, que se entere de algo. Ello choca con el hecho de que el deseo más intenso del ser humano es lograr la atención del otro. ¿Cómo compaginar, entonces, la usura del tiempo con la necesidad de contar una vida? La sensación de vacío que sigue al silencio coincide con el sentido del dicho de que si uno se hace a sí mismo le sobrarán piezas.

Pareciera que las historias son patrimonio de profesionales que las elaboran. Escritores de novela o comunicadores construyen textos de contenido y propósito diferente. En ocasiones de lo que se trata es de una pura ficción, otras veces lo que se pretende es comunicar un propósito sobre coordenadas que enmarcan la realidad. Se hace por matar el tiempo, por dinero, por buscar el reconocimiento, para ganar una elección. Hay un imponderable semioculto que produce un efecto mágico tras la ristra de palabras enunciadas en un momento determinado. De los cuentacuentos que manejan historias universales a los predicadores que buscan llevar a las almas a su redil. Del maestro que repite la lección al publicista que elabora el argumento en favor de lo que vende.

Contar algo es una tarea que se asimila a la velada del grupo en las noches en torno al fuego. Es también un acto necesario que implica un emisor y un receptor, sin importar si éste o aquel son uno, dos o muchos; un hiato entre ambos que, sin embargo, a veces conduce al diálogo de sordos, a la impostura o, a lo que incluso es peor, a concebir que no hay nada que contar.

La mujer ha esperado a que él termine la cena. Ahora quiere contarle lo que ocurrió aquella tarde de verano que tanto la marcó y que él desconoce. Un asunto enrevesado sobre el que ha ido cambiando su interpretación, incluso ha incorporado a sus recuerdos circunstancias que supo después. La noche es plácida y todo invita a la confidencia. Ella, nerviosa, ha pensado con cuidado el orden de su exposición, la cadencia del relato, los puntos a enfatizar, las pausas que tiene que incorporar. Sabe que es ineludible captar su atención desde el inicio, que no debe mostrar fragilidad, porque a él le fastidiaría, ni tampoco histrionismo, ni menos aún un exceso de afectación. Él ha doblado la servilleta y al hacer ademán de levantarse ella le dice que espere, que quiere referirle algo que pasó hace tiempo. Dejando a un lado la silla, él musita: “no, historias ahora no, por favor”.

Han pasado muchos años desde entonces, ahora, solitaria, cultiva la melancolía cada jornada y sabe que lo que acontece no volverá a suceder. No es una mirada de su existencia en clave de Heráclito, no se trata de que considere que todo fluye y que el afán de cada día sea diferente por definición. No es que el gesto no vaya a repetirse, ni que la palabra concatenada de la explicación rutinaria no pueda regresar alguna vez. Tampoco se relaciona con una pose milenarista en la que la mera supervivencia sea un fruto agónico antecesor de la catástrofe. Es la convicción de estar ante algo concluido, con vencimiento cabal y voluntariamente decidido, lo que precipita la interrupción del rito. Toma conciencia preclara de todo.

Asumir, por tanto, que no habrá repetición posible, que la ida al trabajo que ha realizado durante tanto tiempo no se va a dar, que las reuniones se celebrarán sin su presencia. La misma calle que la conduce de un lugar concreto de la ciudad a otro será ajena, nunca la volverán a pedir una cita para elucidar las posibilidades de un proyecto promisorio. Sentir por momentos el poder del demiurgo que decide que habrá pasos que no dará, imágenes que no volverá a ver, palabras que no pronunciará, diálogos que no escuchará. Desplazar las emociones hacia insólitos derroteros, asumir el reto de lo nuevo que pronto será caduco. Reiniciar un camino desconocido, sin volver la vista atrás.

Es entonces cuando sabe que lo que se ha vivido en la hora postrera toma el cariz no solo de lo efímero sino de lo irrepetible. Tampoco se trata de que sea algo banal, ni de que la trascendencia ilumine los derroteros de la acción, quizá sea algo más prosaico, posiblemente también más egoísta. Por ello anda despacio, intentando reconciliar el propósito de la vida, sabedora de que las cosas están tasadas, pero que, en este caso, ella se ha convertido libremente en la tasadora de sus días.

No obstante, todo se enreda ante cualquier fecha del año como pudiera ser un 17 de noviembre. Recuerda lo ocurrido, una historia que permanecerá viva el resto de su vida: el tiempo es turbio, la grisura que viene de la sierra del Guadarrama preludia una tormenta de otoño. El hombre deja su casa y tras el trabajo acude a realizar unas gestiones administrativas: quiere que los peques estudien con beca. Los años recientes viene tratándose de una dolencia cardiaca que atiende con cuidadoso esmero. Ha tenido algún sobresalto que otro y vive cobardemente, le dicen, porque no asume riesgos. Sus jornadas monótonas las entretiene la ocupación parsimoniosa y vocacional, como regularmente lleva haciendo años. En el hogar la inercia se adueña de los pequeños rituales que construyen su pequeña historia: la partida de cartas que mata el tiempo, una tertulia con viejos colegas. Cada día sigue al otro. A veces, la punzada en el costado derecho le asusta, aunque enseguida desaparece, siente alivio. Pero aquel día de noviembre será el último, no lo sabe al salir de casa. Su cuerpo yace frío en la Casa de Socorro que medio siglo después es la Casa de México en Madrid.

Casa de México en Madrid