
Para quienes el estudio de la política ha sido objeto de atención preferente no deja de ser frustrante que una de las metáforas más recurrentes para pensar en ella sea la de las sombras. El desengaño proviene del hecho de su imposible operacionalización a la hora de descomponer adecuadamente sus elementos. También contribuye a ello que su componente ficcional haga muy delicada su articulación en un relato académico donde las pautas del rigor se escapan. No obstante, hay constancia de que su uso es frecuente y de que puede tener cierta fortuna pedagógica aunque los matices obligan a andar con cuidado. Nada es más feliz, a la vez que engorroso, que se encuentren referencias relativas a hablar del poder en la sombra mientras que otras se refieran a estar a la sombra del poder. Por otra parte, en el Reino Unido hay una robusta tradición del “shadow cabinet” que se puede equiparar con ciertos matices a “la oposición” en distintos regímenes.
Ello es aún más delicado por cuanto que hay una sólida tradición intelectual desde el teatro clásico griego hasta el que tuvo su auge en el siglo XVI donde las sombras tienen una presencia permanente a la hora de abordar el ejercicio del poder. Entonces, el coro se encargaba de introducirlas como el hado o como las fuerzas del mal. Luego, hay que considerar el aporte de Shakespeare, sin duda uno de los autores fundamentales para constatar esa circunstancia pues las sombras están presentes en gran parte de sus obras. De hecho para el autor inglés la ambición de poder es la peor de ellas. Calderón de la Barca las incorpora en su famosa frase de La vida es sueño: “¿qué es la vida?: una ilusión, una sombra, una ficción…” Lope de Vega en El perro del hortelano se refiere a la vieja sombra del nuevo amor… y en El caballero de Olmedo escribe: “sombras le avisaron que no saliese… “ Un barrido por los siglos siguientes aportaría una gama de ejemplos muy amplia.
Las sombras están permanentemente presentes y configuran una parte de una identidad compleja de precisar, de ahí su atención por parte de la literatura y, ¡cómo no!, del cine, el arte visual por excelencia. Solo tres ejemplos de su magnífica y todopoderosa presencia en la primera mitad del pasado siglo: Don Segundo Sombra, la obra del argentino Ricardo Güiraldes, adaptada al cine por Manuel Antín, representa a alguien que es un fantasma o una sombra huidiza; El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad llevada al cine por Francis Ford Coppola (Apocalypse Now) epítome del poder y la locura; y El tercer hombre, guion escrito por Graham Green y filmada por Carol Reed, donde las sombras se convierten en actores imprescindibles al lado del inefable Orson Welles.

Coloquialmente se vive siempre, para bien o para mal, queriendo o sin querer, a la sombra de alguien como se da sombra a otra(s) persona(s). Resulta difícil encontrar una palabra con tanta presencia en la vida y cuyo sentido siempre tenga visos en los que la oscuridad sea el factor dominante, de ahí que su vinculación con lo siniestro sea preponderante. La oscuridad como nocturnidad, sin dejar de lado su componente turbio. Pero también lo es su condición de duplicidad del individuo que le dota de ciertos mecanismos de anonimato y de clandestinidad. En términos personales constituye el universo de la duda, pero también de la preocupación y de la tristeza, las sombras son amenazantes y “estar a la sombra” supone haber perdido la libertad. En un terreno más promisorio la sombra es protectora, función que conocemos muy bien en plena canícula.
Se dice que la luz está en el origen inmediato de la sombra. La prueba más notoria trasladada al arte visual son las sombras chinescas. Manuel Gutiérrez Aragón dirigió en 1979 una película fundamental en la educación sentimental de muchos, El corazón del bosque, sobre la vida de un guerrillero, El Andarín, interpretado por Luís Politti. Cuando el maquis baja por la noche a la verbena en las fiestas veraniegas la manera que tiene de ser visto por sus paisanos requiere esperar sobre una peña para que lo ilumine la cadenciosa luz del faro de forma que su sombra se proyecte en medio de la plaza del pueblo costero del Cantábrico. Ello evidencia que está vivo a la vez que supone un grito mudo en favor de una resistencia antifranquista que en 1952 se resistía a abandonar la acción a pesar de los años transcurridos desde el final de la guerra y del cambio de aires en el panorama internacional.

Sin embargo, la luz visible como onda electromagnética no es únicamente la causante de las sombras en la medida de su propio significado múltiple ya mencionado. Si la óptica es la rama de la física que estudia el comportamiento de la luz, sus características y sus diferentes manifestaciones, teniendo por consiguiente su propia interpretación del origen y sentido de las sombras, la psicología se refiere al análisis y la comprensión de la conducta humana y de los procesos mentales experimentados por individuos y por grupos sociales durante momentos y situaciones determinadas.
En ambos ámbitos las sombras tienen un significado muy diferente. Las sombras surgen cuando el haz de luz ilumina al sujeto y algo que cuando somos niños no sabemos qué es se proyecta en la pared como si tuviera vida propia, pero también aparecen cuando el individuo cambia de humor o una profunda e inesperada contrariedad afecta a su existencia. Entonces se ensombrece el ceño, un gesto apenas sincopado, pero suficiente para traducir el nuevo estado de ánimo. Dos tipos de sombras, dos fenómenos concurrentes cada día en la vida de todo el mundo.
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