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Simulación

“La vida es puro teatro”, reza la canción que una vez fue popular. Fingir es un arte con frecuencia muy valorado, aunque al rayar con la hipocresía puede llevar al descrédito a quien lo hace, al igual que ocurre con la falsedad que aboca incluso al delito. El ámbito donde se lleva a cabo cualquier ejercicio de doblez importa para entender su significado y justificar o no su uso. La vida admite diferentes escenarios que en sí mismos están dotados de sentidos propios. Para mayor complicación, los decorados siempre cambiantes dotan a la acción de interpretaciones variopintas que llegan incluso a lo contradictorio. El hábito hace al monje. Si Maquiavelo deposita en la apariencia una de las virtudes del príncipe el disimulo es insoportable para Kant. El ingenio cervantino en la base de toda ficción, que desdobla la existencia en pliegues numerosos, choca con el crudo principio de la realidad desnuda por muy estéril que pueda parecer.

Mi colega, mientras toma un mezcal, me dice frunciendo el ceño, pero con gesto irónico, que el suyo es el país de la simulación. Por ello, añade, es tan difícil llevar a cabo análisis políticos rigurosos. Nada es lo que parece. Las instituciones solo se entienden si se analiza su vertiente informal con lo cual dejan de tener el carácter inicial que se les atribuye. Analizar el comportamiento es entrar en un laberinto donde, además, las caras de los visitantes mutan constantemente. Cada quien superpone papeles distintos en su quehacer haciendo imprevisible el resultado de su acción. Las fotos fijas son imposibles. El escepticismo lo invade todo. Mientras prosigue su apasionada perorata, que cada vez está más imbuida de pesimismo, pienso en la cantidad de veces que he escuchado esta cantinela aquí o en otros países. En discursos académicos o en soliloquios del taxista lenguaraz de turno, sin dejar de lado las charlas entre amigos.

A pesar de tratarse de algo imperecedero cada época tiene su afán y hoy poco se puede entender de lo que acontece sin tener en cuenta la manera en la que la mayoría de la gente dice que se comunica o que se informa. La ligereza con la que se contesta -aprobando, repudiando, ignorando- un determinado contenido mediante un clic es comparable con la rapidez con la que se construye un perfil idóneo para expresar desde las más primitivas fantasías a las más aviesas intenciones. La simulación adquiere entonces un ritmo trepidante que entra en un bucle transformador de la realidad. Nada es lo que parece. Lo real y lo virtual se entreveran. La vida se enmarca bruscamente en un rosario de figuras sin sentido que, no obstante, construyen un insospechado estado de confort donde la banalidad se enseñorea de los minutos en los que se han transformado los granitos de arena que caen en el misterioso reloj situado desde hace años encima del armario.

El aprendiz insinuó que había comprendido el procedimiento. En medio de suspiros de desaprobación supo que debía repetir el ejercicio que estuvo realizando durante toda la jornada. La maestra insistió en los términos de la prueba y él supo que nunca alcanzaría el resultado demandado. Sin embargo, también tuvo conciencia de que había otro camino. Las cosas, como corolarios eficaces, se parecerían mucho a la finalidad deseada. Incluso quizá nadie lograra nunca encontrar la diferencia, distinguir el proceso falsario llevado a cabo. Era cuestión de hacer como que se seguían los protocolos. Había escuchado que los genios así habían comenzado su andadura, que la diferencia con lo falsario era apenas un asunto en el que la fortuna era una condición aliada, ¿la tendría él? Sí, había un arte de la simulación que él estaba dispuesto a cultivar. Empezó con la seducción a la maestra, continuó con la opacidad en sus labores, copió la metodología haciéndola propia, inventó un paso ciego que vistió como plausible y eliminó aspectos que contradecían la evidencia. El resultado final fue celebrado y él creyó a ciencia cierta, sin duda alguna, que por fin lo había conseguido.

Ella me dijo en una ocasión que nunca soportaría una mentira. Sus manos entrelazaban las mías y yo sentía que su pulso se aceleraba. Su rubor había llegado a tal nivel que su triste belleza prometía ser inmarcesible. El silencio se apoderó del momento y yo renuncié a rememorar todo lo que sabía de su vida. Ignoré el uso de la palabra. No respondí y dejé que pasara el tiempo. Tampoco dejé volar mi imaginación. Su celular no cesaba de advertir la llegada de mensajes. La pantalla brillaba de vez en cuando con gestos que evocaban soledad, adición, ansiedad y depresión. No importaba. Me contó una historia de su primer matrimonio que ya sabía, pero la versión incluyó matices que desconocía. Introdujo momentos de desolación, procacidades ingenuas. El ritmo de su voz se iba quebrando mientras sus duras palabras encadenaban frases cortas, lapidarias. Al final, cuando las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, supe las razones de aquel nuevo relato, entendí con dolor su vida y justifiqué, aunque me pesara mucho, el permanente estado de simulación en que vivía que tanto me angustiaba.