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Orquídeas

El trayecto es monótono y los vaivenes del autobús me han producido una somnolencia que intento superar. El asiento es cómodo y la lectura de la última novela de Ariel Dorfman ocupa mi tiempo. El suicidio es el eje conductor de un relato que a veces encuentro truculento y que tiene cierto componente autobiográfico en el que Salvador Allende, asesinado-suicidado en La Moneda hace cincuenta años, es también un personaje central. He cerrado los ojos momentáneamente y enseguida me invade la conversación telefónica que mantiene la persona que ocupa un asiento cercano al mío. Las palabras llegan nítidas y las frases construyen una perorata que alcanza a mis oídos como un circunloquio que me entretiene. No tengo curiosidad por lo que escucho, pero el relato poco a poco aviva mi imaginación.

“¿Por qué no te pones en mi lugar? Solo te pido un pequeño esfuerzo. No es difícil. Conoces mi vida, mis orígenes, los sitios insólitos donde me he movido. Sabes de los antecedentes de esa historia, del peso de mis arraigos y lo mucho que siempre valoré conseguir ese puesto. Sé que nunca te gusta meterte en la vida de la gente, ni incluso cuando atañe a seres a los que dices querer. ¿No puedes hacer una excepción? … Señalan que el ejercicio de la empatía es saludable. De alguna manera, nuestras neuronas espejo y su desarrollo nos dan, por excelencia, el sello de humanidad. ¿Por qué no ejercitarlas? Me dices que cultivas tu derecho a ser tú y que ello es incompatible con mi petición. No te planteas pasos al frente. Insistes en que mis asuntos son solo míos y que cualquier intervención tuya sería una trapacería no solo improcedente sino, lo que reconoces sentir más, lamentable. ¿Dónde estamos?”

Ignoro la cara, los gestos, la imagen que proyecta de quien así se expresa y por cierta timidez, o quizá por sentido de la discreción, del pudor, no volteo mi cabeza para identificar al personaje aunque solo sea mediante un esbozo. Debió subir al autobús en la última parada antes de que amaneciera y por tanto no reparé en su semblante. Por consiguiente no hay sesgo alguno producto de los prejuicios preestablecidos que uno tiene con respecto a sus semejantes en función de una larga serie de criterios. Juego a que su papel se integre en la novela de Dorfman pero no funciona el intento. Continúa.

“No puedo entender que no quieras acompañarme a la subasta de orquídeas que organiza el club al que pertenezco desde hace años. Se trata de los seres vivos más adorables que conozco y cuya mera presencia dignifica el lugar donde se encuentren. Además, su diversidad es fascinante. Que la puja pueda llegar a 200 euros por un ejemplar no debe condicionar tu opinión pequeñoburguesa de recalcitrante defensor de no sé qué tipo de derechos o de valores que quieres contraponer con mi afición. ¿Por qué eres tan obsesivamente dialéctico?”.

Las frases son lapidarias y apenas hay intervalos de silencio. La interlocución resulta así prácticamente un monólogo. Al otro lado debe haber respuestas lacónicas, aquiescencias o cuestionamientos enunciados lacónicamente. No sé en qué medida habrá perplejidad, enfado o, simplemente, tedio, rutina, desinterés. Pienso que si quisiera participar en la peculiar conversación no tendría nada que decir porque desconozco todo acerca de las orquídeas. Quizá sea porque el clima castellano no es buen compañero para su desarrollo y eso las dota de un indudable carácter exótico, pero he vivido en países tropicales donde su presencia es un hecho y no he tenido curiosidad en indagar sobre su naturaleza. De pronto, la conversación o, mejor debería decir, el soliloquio, ha dado un giro brusco. Posiblemente una palabra neutra dicha desde la distancia e intercalada en algún momento ha sido el detonante.

“De verdad que ahora sí que no te entiendo y, más aún, tu posición me enfada. Tanto es así que deberíamos dar por concluida esta conversación. No he querido ofenderte y tú sí que lo has logrado. Prefiero conversar de todo esto cara a cara, aunque sé que como tantas veces haces evitarás mirarme, hablarás a la pared. Tus frases entrecortadas serán bofetadas que podré esgrimir con dificultad pero las prefiero al silencio. Solo voy a poder recuperar mi equilibrio y mi paz interior cuando cortemos esta comunicación, algo que voy a hacer ahora mismo, pensando en mis orquídeas”.

El silencio se adueñó del autobús y unas luces de una estación de servicio que se aproximaba me dieron la posibilidad de voltear levemente mi cabeza para identificar mínimamente a quien había revuelto mis elucubraciones y enrevesado mis inquietudes. A la vez había despertado mi curiosidad por esas plantas desconocidas que se distinguen por la complejidad de sus flores y por sus interacciones ecológicas con sus agentes polinizadores ahora expuestas en mi imaginación como promesas de equilibrio, proveedoras de una paz interior que llevaba tiempo buscando. ¿Se habría una oportunidad para informarme dando inicio a una conversación improvisada? Sin embargo, el asiento de mi vera estaba vacío.