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Noches y sentidos

Acaba de anochecer. Ve una luz prendida al borde del bosque. Un atisbo aparente de vida. Al caminante todavía le cuesta distinguir su naturaleza, ¿una casa? Ha pasado antes varias veces por ese camino, pero siempre de día y nunca ha reparado en la existencia de construcción alguna. Una farola es impensable y menos un vehículo pues la altura no es al ras del suelo. Esta vez se ha entretenido en la caminata además de haber salido algo más tarde habitualmente. No le importa moverse en la penumbra pues conoce el camino que además tiene un buen firme. Solo una improbable rama caída atravesada podría generarle algún percance. La luz va quedando a su derecha según avanza. No tiene intención de aproximarse para confirmar la existencia de la vivienda. Un súbito temor le ha invadido. Se dice que la próxima vez cuando vuelva a pasar de día pondrá más cuidado para fijarse y salir de la duda. Sí, lo que acaba de ver le produce miedo.

Escucha el lejano sonido intermitente que no logra identificar. En algún momento parece humano, en otro piensa que es el maullido de un gato, tampoco descarta que se trate de un ave nocturna. Acostumbrado al más completo silencio pasa de la curiosidad al fastidio antes de caer en una profunda desazón que sabe que puede ser un preludio de una irritación insoportable que le arruine por completo el sueño. Recuerda aquella ocasión en que se averió un motor con el que funcionaba un regadío cercano y el ruido generado le llevó al borde de una crisis nerviosa. No entiende que la gente pueda ser tan descuidada de manera que se exprese con un tono tan alto a esas horas de la noche, pero duda de que sean voces. Una vez más echa mano de sus tapones de oídos que sabe, sin embargo, que no paliarán la zozobra que le envuelve porque el ruido está ya en su interior y no le abandonará hasta que amanezca.

Huele mal. No le cabe en la cabeza haberse ido a acostar sin haber sacado la basura al contenedor de la calle. Máxime habiendo pasado ya tres días desde la última vez. Ahora el hedor es insoportable. Aquellos restos de comida han fermentado por el calor y la pestilencia llega hasta su habitación. Está lloviendo y desestima la posibilidad de volverse a vestir para salir a la calle. Es cuestión de aguantar. Piensa que el perfumado aerosol anti-insectos hará su función y diluirá la fetidez. Recuerda a su madre que no tenía olfato. Nunca se paró entonces a pensar qué incomodidades debería confrontar en su vida cotidiana. La situación le lleva a imaginar un mundo sin olores y pronto cae dormida. Sin embargo, apenas unos minutos más tarde se despierta. Molesta, empapada en sudor, no huele nada, escucha que alguien a su vera a quien le pregunta le dice que es así porque está muerta. Las pesadillas no tienen olor.

Le cuesta diferenciar los sabores. Siempre le dijeron que no tenía paladar, aunque luego alguien le señaló que era la lengua el pabellón donde se encuentran las papilas gustativas. Distinguir entre dulce, salado, ácido, agrio, amargo o umami, era tarea de esos órganos sensoriales. Por eso quemarse la lengua inhabilitaba al gusto. Lo peor era ser incapaz de apreciar el último, el umami, porque es el sabor agradable. Le divierte recordar que en una ocasión intervino en una competición entre amigos en que había que degustar diferentes salsas para clasificarlas. Para neutralizar la vista se tuvieron que tapar los ojos y él no logró acertar ninguna de las muestras a pesar de que alguien le aconsejó que a veces usando el olfato podría tener una pista. Un craso error. Además tampoco era cierto que la oscuridad eliminara los olores. ¿o ya no recordaba al del jazmín en la noche, o al de la tierra mojada tras la tormenta?

Está sentado en el sillón de mimbre como todos los días al caer la tarde. Ya es de noche. Ella trastea en los fuegos de la cocina preparando la cena. El nieto juega con sus cosas sentado en el suelo. El hombre mira a ambos con dulzura. Las imágenes de su mujer y del mocito le conmueven. Configuran una rara armonía que refleja una placidez que le transporta al pasado cuando aquella embolia terminó costándole la pierna que acabó amputada. Ahora camina mal acostumbrado con muletas. Piensa que, como cada jornada, es el momento de liar el último pitillo del día. Guarda siempre el tabaco en el bolsillo de la chaqueta a donde lleva su mano, pero no logra encontrar nada a pesar de los reiterados esfuerzos que devienen en un gesto torpe al sentir que no tiene tacto. Con ojos brillantes, invadido por el pánico, alza la voz y dice: “Lola, no siento nada”. El mocito advierte la escena incomprensible, pero pronto sabrá que supuso el inicio del final de su abuelo.

Se habla de la Nochebuena como algo único, especial en el año. Sin embargo, hay tantas noches en que los sentidos del ser humano sumergidos en la oscuridad han percibido situaciones inéditas, tan mágicas como aquella, según se dice. Noches en las que los sentidos que las enmarcaron hicieron de ellas momentos irrepetibles y prodigiosos. Lapsos perdurables de por vida que quedaron grabados en la memoria de quienes los sintieron y que lograron definir su existencia.