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No me dejes solo

El modelo Robinson no fue sin más el epítome durante mucho tiempo de la novela de aventuras por excelencia, significó también la validación del individualismo tal y como se estaba empezando a configurar hace tres siglos. Como señala Christopher Lasch en La cultura del narcisismo (1979), “la búsqueda del interés propio… se ha convertido en una búsqueda del placer y de supervivencia psicológica”, aspectos ambos que Daniel Defoe supo insuflar en el relato de Crusoe, el tipo ideal de hombre económico, el héroe de la sociedad burguesa en ascenso. Pero el aislamiento ególatra, que tan certeramente casa con la reivindicación de un determinado tipo de soledad, conlleva características que evaden la mera casuística economicista. Algo que me interesa abordar aquí.

¿Quién no ha pronunciado alguna vez en su vida esas cuatro palabras en lo que puede considerarse una soflama de naturaleza variopinta? ¿Quién no las ha escuchado en boca de un ser próximo, dirigidas con tan diferentes tonalidades de énfasis que el receptor no pudo por menos sentir un nudo en la garganta o simplemente pensar que se trataba de una broma pesada? No-me-dejes-solo. Una sentencia breve que irónicamente parte de una premisa para alcanzar el nivel de dramatismo que se le confiere: dar por hecho que no se está solo siempre.

La coyuntura, el grado de familiaridad establecido entre las personas, el peso del pasado, el mayor o menor nivel de empatía existente entre los interlocutores, la gravedad de la situación, en fin, el lenguaje verbal que acompaña a la frase. Son aspectos que se alzan y que como una puerta entreabierta configuran una retahíla de numerosas posibilidades. Lo dice el niño pequeño a quien lo cuida al sentir la añagaza de la oscuridad; el alpinista en un vivac al compañero de cordada; el joven conductor que maneja un coche por primera vez a su instructor; la anciana que va a cruzar una calle con tráfico intenso a su acompañante; el reo a su abogada; la mujer a su pareja; el soldado en el paredón a su amigo del alma; la estudiante a su compañera ante el examen oral; la paciente a su médico; los amantes un día sí y otro no.

Pero ¿qué sucede cuándo se dice, o cuándo se escucha, por última vez? Posiblemente quien lo dijo no era consciente de ello, pero ¿y quién lo escuchó? ¿Cuánto supone el peso en la conciencia de quién dejó solo a quién le pidió que no lo hiciese si es que después llegó a saber que se trataba del postrero exabrupto? Entiendo que es difícil plantear una postura universal y que la ética no dejará de tener diferentes posicionamientos, pero sí tiendo a creer que quien lo oyó y no permaneció a la vera en el caso en que sobreviniera una catástrofe llevará consigo una pesada carga salvo que su conciencia estuviera en posición de sólidos argumentos que avalaran su decisión.

Del otro lado, ¿qué sabor de boca quedó en quién lo pidió y le fue denegada su demanda confrontando la más ríspida soledad? ¿Era su ruego un espasmo en una carrera desesperada hacia el vacío o apenas se trataba de una prédica banal carente de cualquier sentido de urgencia? Si lo primero, es posible que la ruina se abatiera enseguida de manera irreversible no dando lugar a reivindicación postrera alguna. Si lo segundo, un ápice más de rencor sin duda se sumara a la relación que mantuvieran sendos personajes. Ahora bien, quien lo pide debe ser siempre consciente de que su posición es de debilidad manifiesta y que la solicitud es un lamento de palmaria desesperanza que puede ocasionar más que atención desprecio.

Todo este galimatías no termina de aclararme la cuestión que estimo que es central con respecto a las cuatro palabras de marras y que ya esbocé más arriba. Por encima de todas las consideraciones que se quieran hacer a la situación y al carácter de sus protagonistas insisto en preguntar si es posible formular esa petición. Demandar que no nos dejen solos cuando ya lo estamos es una ironía. Clamar por algo que nadie puede atender habida cuenta de la irreductible condición humana construida laboriosamente a lo largo de su evolución es un sarcasmo. Además, ¿no resulta insensato implorar con voz a veces desgarradora en pro de revertir el hecho trascendental de nuestra existencia? Sí, la soledad, la oscura y seductora realidad.