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Miedo

¿Qué es? ¿Cuál es su significado para la vida de la gente? Todo el mundo tiene una respuesta de un sino u otro, mejor elaborada o más simplona, producida de la propia experiencia o de un cúmulo de relatos escuchados en boca de otras personas o en las acciones atrabiliarias de unos pocos. Se trata de algo enormemente próximo al ser humano, consustancial, imbricado en lo cotidiano, recurrente. Basta preguntar al derrotero para encontrar historias muy diferentes que lo llegan a tener como común denominador. Nadie está libre de él, de su servidumbre y de su utilización como arma para dominar a los demás. Hay situaciones en que se puede producir con una mirada aviesa, sin ruidos ni aspavientos. Otras, por el contrario, requieren de una concatenación de sucesos a cuál más pavoroso.

El miedo es una emoción primaria y necesaria para la supervivencia. Se dice que en la vida corriente es el factor que constriñe comportamientos inadecuados y que supone un elemento fundamental en la lógica de la conservación. El miedo a caerse del bebé en sus primeros pasos, a tomar alimentos o bebidas de origen desconocido o en estado dudoso, a tratar con personas extrañas, a la soledad, a la oscuridad, a la maldad. En muchas ocasiones es inducido en la medida en que la especie humana es comunicativa e imaginativa mientras que en otras es consustancial. El miedo ha forjado la personalidad de los individuos y siempre ha estado presente en la representación de la vida desde las primeras formas de teatro hasta las más recientes producciones siendo un canal de atracción. Desde lo más profundo hasta el divertimento puro. ¿Quién no recuerda Macbeth o alguna película “de miedo”?

En el mundo político el miedo es la argamasa con la que se cimenta el poder porque en definitiva este depende de aquel. Seguramente Thomas Hobbes, como enseña John Gray en su trabajo The New Leviathans, fue capital para asentar esa idea y su consiguiente de que el control de la violencia es un elemento básico del orden político. Como dos siglos y medio más tarde diría Max Weber, el estado no sería sino la capacidad de monopolizar la violencia por una determinada vía, fuera basándose en la tradición, en el carisma o en la razón kantiana. Gray sostiene que el miedo se expande en la medida en que “la guerra de todos contra todos comienza en cada ser humano y nunca termina”.

En una dirección paralela Robert Peckham en su reciente libro Fear: An Alternative History of the World argumenta que los tiempos turbulentos de la Reforma y la Contrarreforma se debieron en parte a la pérdida por parte de la Iglesia católica de su «monopolio del miedo» en Europa occidental. Durante los mil años anteriores había convencido a la gente de que solo ella tenía las claves de la vida después de la muerte. Además, convertía el miedo de la gente al fuego eterno en dinero vendiendo indulgencias. Un vendedor ambulante de estas para «salir del purgatorio», Johann Tetzel, solía asustar a las multitudes para que pagaran «conjurando visiones de sus padres muertos llorando por misericordia» mientras eran torturados por demonios. En aquellos tiempos convulsos que se extendieron a lo largo de buena parte de los siglos XVI y XVII un incentivo adicional para los reyes que se convirtieron al protestantismo fue que entonces podrían deshacerse de la autoridad temporal del papa y manejar algunas de sus increíbles herramientas para apoyar el desarrollo de sus propios estados.

Todo eso lo sabe bien mi amigo quien a pesar de que siempre me recuerda que un antídoto muy eficaz al miedo es el humor no pasa por una buena racha porque sé que el miedo lo atenaza. Opositor a la dictadura dio con sus huesos en la cárcel en un par de ocasiones siendo torturado en una de ellas. Entonces supo lo que significaba cambiar con frecuencia de domicilio, usar diferentes identidades y controlar en lo posible aquel feroz sentimiento. Pero ahora es distinto, me señala.

Entiendo que está agobiado por el devenir de las cosas en el panorama internacional donde la guerra se enseñorea poco a poco del escenario sin que nadie parezca capaz de detenerla; que la democracia hace aguas en regímenes que hasta hace poco eran supuestos modelos y hoy son pura quincalla, pero también en lugares próximos en los que la tentación caudillista obnubila a la gente; que un poderoso factor como es el crimen organizado esté alcanzando cotas inimaginables de poder frente a estados a la defensiva; que la xenofobia al emigrante se extienda de manera inmisericorde.

También, no me cabe duda, que le asusta el avance irrestricto de las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información donde la punta de lanza hoy es la inteligencia artificial generativa y la necesidad de descargarse indefectiblemente cada semana un par de nuevas aplicaciones para manejarse en la cotidianeidad. A pesar de ser alguien que siempre estuvo en la avanzadilla en estos temas hoy sé que está azorado. La semana pasada, me dice, un colega más joven al que ha venido pasando una revista internacional de cierto prestigio que recibe por estar suscrito le comentó que ya no lo hiciera pues se le hacía cuesta arriba leer en papel.

Sin embargo, sé que hay algo más que oculta su semblante sombrío. Es el lento desgaste del paso del tiempo, la esclerosis de las ideas, además de la que afecta a su cuerpo. Es la incomprensión de que lo que fue no deja huella, la pérdida no solo de las ilusiones que quizá nunca tuvo como otros, el vacío a la vuelta de la esquina. Sabedor de la imposibilidad de rebobinar su vida y como no se atreve a pronunciar la palabra utiliza aquel término castizo que popularizó el cantautor de fama: la parca. “Sabes -me confiesa con una sonrisa entrecortada y una voz quebradiza- a quien tengo miedo es a la parca”.