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Me gustas cuando callas

Camino por la ciudad ensimismado. A diferencia de cuando lo hago por el campo las posibilidades de alejarme de todo lo que me rodea son menores. Quizá debiera decir que son diferentes, pero es cierto que me cuesta más encerrarme en el marco que construyen mis fantasías, seguir los cauces que generan mis obsesiones. Soy consciente de que sin duda un factor decisivo que compone la diferencia es la gente. La edad, el sexo, el color de su piel. Sus cuerpos, sus semblantes, sus gestos, sus voces son instrumentos de distracción permanente. En su ir y venir penetran mis sentidos y alteran los intentos de encapsularme.

El campo es otra cosa. Diría que las propuestas de la naturaleza tienen una connotación que, al contrario, conducen a la introspección. Aunque se de personas que dirían lo contrario. Sin embargo, en mi caso es diferente porque se produce una confabulación relajante. Los sentidos se mecen entre variadas tonalidades de la luz, los matices en los colores; el golpeteo de los pasos se añade al rumor del viento, a los ladridos del perro lejano que tapan el grito del pastor; los movimientos de las bandadas en sus vuelos caprichosos compiten con el de las copas de los árboles agitadas sin descanso; incluso los rebaños díscolos configuran notas discordantes de sonidos y movimientos sumisos. Pero todo constituye una armonía que me cobija.

La calle me distrae, si bien igualmente me enerva cuando tengo que esquivar a gente distraída que camina con parsimonia mirando a su celular, pero sobre todo me introduce en preámbulos de historias que me animan a imaginar sus secuencias. Es el gesto adusto de alguien que se cruza, es la semblanza de la persona atrabiliaria que me confunde, es la madre que regaña al niño, la pareja que discute en voz alta, son las palabras que se vuelven misteriosas de la frase entrecortada que alguien dice a su acompañante preñadas de misterio aunque se monten en lugares comunes y que cazo al albur.

Todo ello me viene a la cabeza en el seno de una reunión académica en la que participo cuando en un momento dado, harto de una verborrea huera, reivindico mentalmente el valor del silencio. Algo que es un completo sinsentido habida cuenta de que la finalidad de la cita es precisamente articular la palabra para dar cabalidad a la convocatoria. Una contradicción inútil más en el deambular cotidiano que no me debería distraer más. Pero los pensamientos son caprichosos y sin saber la razón y después de tantos años me llevan al poema número 15 de Pablo Neruda en sus 20 poemas de amor y una canción desesperada. Ahí encuentro solaz durante un breve lapso.

La cuestión no es baladí, sin embargo. La demanda de mutismo no es en favor de una sobrevaloración de la quietud total ni supone el desprecio a la palabra porque el propio hecho de cerrar la boca es una forma de hablar. La callada por respuesta es una vieja expresión que todo lo dice. Al igual que aquellas soflamas que enfatizan que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras o que en boca cerrada no entran moscas. No. Ahora pienso en otra dimensión. En aquella que lleva consigo una expresión estética, un hálito de emotividad, una formulación de un momento sublime en que emana la belleza del ser humano silente.

Pienso en la comparación con el sueño, un estado diferente por mucho que la quietud pudiera igualarlos. En el significado del semblante de una persona dormida sea en la intimidad o en el vagón del metro a la ida al trabajo cada mañana. Me cuestiono si existirá una economía del silencio como ahora sé que existe una creciente economía del sueño. He leído hace poco que la misma mueve miles de millones de dólares, a medida que nuevos dispositivos, colchones, rastreadores y despertadores inundan el mercado. Colchones con sensores, mantas con peso y almohadas ajustables que se ajustan a la anotomía de uno luces temporizadas, antifaces, el consumo antes de ir a la cama de ciertas infusiones, constituyen un ajuar que al parecer se hace cada vez más indispensable. Me pregunto si la Harvard Business School que en 2022 obtuvo ingresos por 966 millones de dólares recaudó algo que tuviera que ver con esa lucrativa economía. Pero también hay una curiosa patología ya que según un biólogo “nuestra almohada desprende cantidades enormes de microplásticos que podemos inhalar”.

¿Se mueve el silencio en otro ámbito? ¿Cómo valorar su sentido tras la nevada que asola a la gran ciudad que en otras circunstancias siempre se muestra bulliciosa brindándola un hálito de ultratumba? Mi amiga conoce todo eso y más. Es consciente, según me dijo un día, que cuando nieva no es que las palabras se congelen, ni siquiera que los copos actúen como inhibidores del ruido en su suave caída, sino que el universo se detiene y entonces las peroratas sobran. También sabe, porque se lo han dicho muchas veces, que su rostro se ilumina con el resplandor de la nieve hasta alcanzar una tonalidad difícil de no deslumbrar a quien le contempla. Entonces enmudece de una manera sutil e interpreta un sencillo papel que embelesa. Adopta un rictus misterioso que llena el ambiente de promesas que sé que serán incumplidas y que, no obstante, no dejan de evitar que me guste tanto cuando calla.