Saltar al contenido

Marcharse

En la película La mamá y la puta rodada en 1973 por Jean Eustache el personaje interpretado por el actor fetiche de François Truffaut, Jean-Pierre Léaud, proclama en uno de sus múltiples monólogos: “Hay dos cosas que faltan en los derechos del hombre: El derecho a contradecirse y el derecho a marcharse”. La invectiva no puede ser más apropiada para nuestro cerebro que nos invita a vagabundear permanentemente ya que casi la mitad del tiempo se sumerge en un estado errático que hace que nos sintamos a la deriva.

Aunque Unamuno decía que se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte, hay gente que nunca se expone a ese dilema porque están los que se van y están los que se quedan. Los que dicen que se van y nunca terminan de irse. Los que en la vida se van, pero que parece que jamás están. Hay formas de irse que son fugas y otras que resultan de un acuerdo. Hay separaciones traumáticas y alejamientos dolorosos. Hay retiradas estratégicas y marchas necesarias.  Puede hacerse en silencio o con mucho ruido, en secreto o públicamente, temporal o definitivamente. La mayor parte de las veces es resultado del propio acontecer de la vida. Los chicos se hacen mayores. Se queman etapas. La vida requiere acomodarse a los nuevos tiempos. El cambio es necesario.

Diáspora, obra de Carlos Simón

En ocasiones hay personas que son como peonzas que si dejan de moverse se caen. Pero hay momentos históricos en los que la diáspora es masiva, voluntaria o forzadamente las masas se trasladan de un sitio a otro; también la gente emigra individualmente huyendo de la hambruna, la persecución política o religiosa, la falta de trabajo. El movimiento es constante.

La hora de irse es una muletilla que está incorporada al acervo coloquial cotidiano.  Hay gente que nunca encuentra esa hora, pero otros saben perfectamente cuando llega el momento. No siempre es sencillo. La estudiante que finalizada su tesis remolonea en la universidad donde pasó cinco años de su vida por temor al futuro inmediato. La visita en la tarde dominical que no tiene prisa porque sabe del infierno que le espera en su casa. Los amigos a los que el empleado echa del bar de copas porque nunca encuentran esa hora.

Escenas frecuentes que contrastan con quienes son plenamente conscientes de cuando llega el momento de partir. Tras el hartazgo; por el imperio del deber; por la propia pulsión de la huida; por miedo… Una barahúnda de situaciones que tienen su lógica interna y que se acoplan a los personajes, a sus frustraciones y a sus expectativas. Nunca el momento de irse es el mismo, ni lo son sus motivos, ni sus efectos.

Cuando se aproxima el fin del año es siempre una buena época para mirar alrededor y estar al tanto de quién se fue, incluso si es uno mismo el que lo hizo. Evaluar las estrategias seguidas y las razones explicativas –si es que se saben- o imaginarlas en caso contrario. Conocer los cambios producidos, el gradiente de felicidad o de malestar registrado después, o cualquier otro indicador que señale el impacto del salto dado. Es una contabilidad mínima para reconfortarse tanto por parte de los que se quedaron como de los que se fueron.

Sin embargo, hay un buen número de casos en que esta introspección es superflua porque no resuelve el profundo significado de la ausencia de quien estaba y dejó de estar. El impacto del vacío de las rutinas afectivas, el peso de los onerosos silencios, la ausencia de las miradas cómplices, la orfandad de las palabras que significan lo contrario de lo que quieren decir, la misma usura de la compañía impostada.

Camino de ida… y también de vuelta

¿Uno no se va nunca de los sitios y siempre puede volver? El titular lo dio el expresidente Rajoy en su despedida en Santa Pola, pero no me interesa la circunstancia concreta ni, ahora, el propio personaje, ni siquiera el supuesto gracejo gallego que el estereotipo, acerca de si el personaje subo o baja una escalera, podría fácilmente motivar su sentido. Desde que lo leí me quedé con la mosca detrás de la oreja. ¿Son ciertas ambas afirmaciones por separado? Si lo son ¿es incontestable la nueva aserción que conlleva la ilación? Soy consciente, además, de penetrar en un terreno movedizo y también oscuro que alienta al comportamiento humano. La pura subjetividad se adueña de toda elucubración al respecto.

¿Nunca me he ido del hogar donde me críe, del colegio, del cuartel, de la universidad, del mundo del hockey, de Brujas, del banco, de Madrid, de la casa donde impulsé una familia, de Salamanca? Los sitios que jalonan mi existencia y que en su mayoría permanecen de una u otra manera en pie. La aseveración se refiere a espacios físicos concretos que hoy no considero en sentido estricto escenarios de relaciones especificas con otras personas ni tampoco conecto con el universo de los sentimientos. Aquellos territorios apenas si suponen mojones en el calendario de la vida. Sirven para remembrar la existencia de uno. Son útiles para exponerla, a veces con pereza otras en plena excitación, a personas ante las que se justifica lo injustificable o que pudieran estar ávidas de conocimiento. Regresar recurrentemente en el recuerdo es un trampantojo nostálgico que resulta impropio al carecer de la evidencia necesaria ante los demás.

Clemente Fernández, nº 9 (Paseo de Extremadura, Madrid)

A algunos sitios no puedo retornar porque desaparecieron, como la casa de mi niñez o el cuartel donde hice la mili; a otros regreso con frecuencia irregular, pero ¿quién es el que regresa? Su denominación puede señalarme que estoy donde ya estuve; sin embargo ¿qué hay hoy en aquel lugar que no estaba ayer, o, qué había que hoy ya no está? No estoy seguro de que yo fuera el mismo de entonces, por tanto, ¿de verdad regreso? ¿A dónde lo hago? No obstante, lo que más me inquieta es pensar en si siempre que quisiera podría hacerlo. Suponer a la voluntad un falso poder de demiurgo. Un afán que venciera cualquier limitación física o coyuntural habida cuenta de las vueltas que da la vida.

Pero es la ilación de ambas sentencias la que más zozobra me produce. Uno no se va nunca de los sitios y siempre puede volver. Envuelve una sutileza de que alguien nunca se va, porque, precisamente, puede volver cuando quiera, o ¿no es que el hecho de poder regresar amortiza per se la posibilidad de la ausencia que se convierte en algo que nunca será definitivo? No me refiero a la presencia indeleble del que se fue en los corazones de quienes quedaron en el lugar, ni de permanecer vinculado a un sitio por los recuerdos que incluso se pueden convertir en obsesiones. Lo que me desazona es la relación entre la ida y la vuelta, el proceloso imperio del eterno retorno donde marcharse carece de sentido, una peligrosa falacia religiosa de arrepentidos.

Hay escenas suficientemente explícitas que preludian largarse de casa como aquella que se suscita cuando agoniza un día que ha sido agotador. El pequeño no fue al colegio porque había vomitado varias veces durante la noche. La mediana olvidó el bañador y tuvo que salir deprisa hacia la piscina cuando recibió el mensaje agónico de ayuda porque perder la clase de natación ese día de pruebas le supondría un suspenso. La mayor le había encargado que fuera al museo a comprar un par de litografías que necesitaría para completar su trabajo escolar. Al mediodía, su padre, desde la residencia, le echó la consabida bronca porque, según él, hacía más de diez días que no lo visitaba, cuando, en realidad había estado el lunes y hoy era jueves. Por la tarde, al salir del colegio llevó a una de las niñas al baloncesto y en seguida a la otra a piano. Llovía y hacía frío. El pequeño quiso ser partícipe del aventón, pero no dejó de protestar durante todo el rato en que hizo la compra mientras las niñas estaban ocupadas con sus tareas. Todo fue un auténtico calvario.

Concurren días penosos, aunque sabe que, en el fondo, todos son iguales. Jornadas duras que no permiten pararse a pensar, apenas dedicar unas horas agrias para hacer algo del trabajo mecánico, insustancial, y que no requiera ni un ápice de atención: responder mensajes, hacer listados, anotar incumplimientos. Es la manera de satisfacer la obligación laboral por la que recibe un sueldo con el que llegar a fin de mes. Aun así, es consciente de que está lejos de desempeñar el oficio como quisiera y en función de las exigencias del entorno profesional. Sabe que no va a tener promoción alguna y que solo el chollo de haber encontrado ese tipo de laburo garantiza su estabilidad. El curro no es substancial en su vida, que hoy enmarca en la foto que le ha mandado su hermana de una vecina del bloque de enfrente yaciendo en la calle cubierta con un paño rojo tras haberse lanzado al vacío desde un noveno piso.

Marcharse de casa

Es consciente del universo en que viven los niños. De los caprichos insoportables del pequeño convertido en un principito, de los problemas de hiperactividad que padece la mediana, de la permanente desidia de la mayor. Sabe del mundo competitivo donde se mueven porque las reuniones del colegio a las que nunca deja de asistir son insistentemente reveladoras. Siempre hay que hacer más actividades extraescolares, inscribirse en cursos novedosos, acudir a campamentos de verano. Pero no le llega el tiempo, ni las fuerzas, incluso el dinero escasea. Quiere estar a la altura, que por ella no quede, hacer como hicieron con ella sus mayores, aunque fueran otros tiempos. No obstante, un recuerdo vago ha comenzado a fustigar su ansiedad. Se ve de adolescente en una imagen borrosa que ahora se superpone con la de sus hijos. Si ella no cejaba de pensar en salir cuanto antes de aquel infierno largándose de casa, ahora entiende qué pasa por la cabeza de las mayores cuando a veces la miran en silencio.