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Leer

Libros

Hay gente que vive entre libros. Por profesión o por vocación. Manejándolos en una biblioteca o haciendo de ellos una mercancía. Escribiéndolos o editándolos. Imprimiéndolos o corrigiéndolos. Analizándolos o estudiándolos. Leyéndolos sin parar o solazándose ante la biblioteca familiar que inició el abuelo. Hay personas que no pueden vivir sin ellos, otras cuya ausencia no significa desazón alguna, una minoría quemaría cierto número. Hay individuos que solo regalan libros y muchos los que al recibirlos los colocan en estanterías hasta que el polvo no permite leer el título.

Hay quienes hablan con ellos, quienes los subrayan; quienes anotan ocurrencias; quienes dejan recuerdos entre sus páginas; quienes incorporan al final el juicio crítico tras su lectura; quienes escriben libros de libros, pero también quienes los dejan impolutos, aunque su contenido los haya penetrado hasta lo más íntimo; quienes los dejan abandonados en cualquier sitio; quienes se niegan a prestarlos ni a su ser más querido.

Hay libros de muchas clases. El formato, pero sobre todo el contenido, son criterios de clasificación. Así mismo lo son la autoría, el lugar o la fecha de edición. Todos ellos configuran pistas de su naturaleza individual contribuyendo a que cada ejemplar sea único. Su engarce con el devenir de la humanidad es total: “tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro”, es el mantra definitorio de un patrón de vida, una guía civilizatoria.

El libro como producto humano y como trascendencia, pero también cabe decir como acumulación del saber y como recipiente de belleza. El libro en su papel contradictorio como aclaración de las incertidumbres y como provocación de nuevas dudas, como cúmulo de razones para vivir y, a la vez, de cuestionamientos del sentido de la existencia. El libro para dar fe y para quitarla, para sufrir y para gozar, para dar la vida y la muerte. Aunque la polémica permanece abierta y la militancia por una causa o la otra sea acérrima es indiferente el soporte: papel o digital, leído o escuchado, me resulta igual, cada época tiene su afán.

Leo con fruición y desorden. Compro libros cuya lectura queda pendiente para momentos que nunca encuentro. A veces es un tema obsesivo el que me conduce a ellos, otras es una venturosa recomendación, algunas es el azar, en la mayoría de los casos persigo al autor. Jamás dejo sin terminar un libro empezado, aunque me pese.

Me gusta hablar de libros, pero sobre todo escuchar a quienes saben de ellos, percibir la relación que los vincula, la forma en que afecta a su valoración. Me encanta leer reseñas y crítica literaria para comprender la dimensión escondida para un profano de lo que no es aparente, conocer la historia que hay detrás, el contexto de quien lo escribió, la técnica que se utilizó, saber algo más. Escuchar, perplejo a la vez que fascinado, de un profesional la afirmación con convicción y con una sonrisa que me parece enigmática que nunca lee novelas porque “la fantasía y la ficción las lleva uno dentro”.

Ferias del libro

Leo que Francis Bacon dio este consejo: “No leáis para contradecir o impugnar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o discurso, sino para sopesar y reflexionar”. Me pregunto, cuando prosigo la lectura laboriosa de Las memorias de ultratumba de Chateaubriand, si efectivamente los placeres de la lectura son más egoístas que sociales puesto que uno no puede mejorar directamente la vida de nadie leyendo más profundamente. Pero este es un egoísmo extraño: aprendo poco y la fascinación de lo que leo es relativa. Quizá sea únicamente ensimismamiento. Solo a veces encuentro algo que subrayar, entonces se produce un destello que ilumina mi cara sombría. ¿Es justo lo que debe ser?

Un viajero impenitente, testigo de un tiempo muy convulso -¿cuál no lo es?-, que camina hacia la muerte plenamente consciente, pero que tiene la obsesión de dejarlo todo anotado. Leer ajeno a una realidad que cambia cada día. Me imagino a Chateaubriand cruzando el Atlántico o atravesando los Alpes dictando sus pensamientos y recogiendo hechos e imágenes. Hacía lo que hicieron los clásicos, como Virgilio o en el Renacimiento su amado Tasso, incluso hasta cualquiera de los escritores contemporáneos, pero ¿no está esto cambiando hacia un terreno que soy incapaz de imaginar? No tiene que ver que las hoy tan afamadas ferias del libro de Guadalajara, de Buenos Aires, de Bogotá, de Lima, de Madrid sean multitudinarias manifestaciones rebosantes de fervor; como el éxito de los Hay Festival es incuestionable. Cientos de miles de personas abarrotan los escenarios y las casetas; participan en encuentros con escritores, les adulan, recogen sus firmas y se fascinan momentáneamente ante sus palabras, ¿los leen?, o ¿son simplemente unos iconos necesarios para un relato galante?

Pienso en mi trabajo, algo próximo a este escenario, y en el sentido que tiene el impacto de otros canales que compiten con lo que vengo haciendo desde hace 40 años. De forma muy clara y en breves cápsulas, normalmente alguien joven explica en YouTube con claridad y cierto gracejo desde el sistema electoral estadounidense, al “Brexit”, pasando por las razones de la impopularidad del político de turno. ¿En qué consiste después de eso, pues, mi tarea? Si esta gente consigue llegar a una audiencia de decenas de miles de personas en pocas semanas con contenidos relevantes, ¿qué hago yo alentando lecturas que raramente superan el millar de visualizaciones o incluso escribiendo artículos con aun menor alcance?

El valor de lo simbólico es una antigualla, porque lo es su manejo por una autoridad intelectual investida de un determinado estatus mediante los mecanismos habituales de la sociedad. Esa tarea arcana que ocupa mi tiempo va camino de la irrelevancia, de una reclusión en circuitos de especialistas absortos en elucubraciones que solo importan a ellos, enlatadas en los formatos de siempre: libros colectivos, revistas indexadas, ponencias en congresos disciplinares, conferencias magistrales. Grupos sin conciencia de su pequeñez, pensándose importantes de manera onanista, mientras vamos quedando en la más pura marginalidad, aunque las ferias del libro intenten rescatarnos.

La biblioteca vacía

Biblioteca histórica de la Universidad de Salamanca

Una de las visitas que tiene el éxito asegurado entre quienes vienen a Salamanca a participar en seminarios y congresos, a dar clase o a investigar, es la de la biblioteca histórica. La entrada en el recinto traspasando la actual puerta de cristal introduce a los visitantes en un mundo mágico en el que pareciera que el tiempo se ha detenido y donde el descanso de los libros en los estantes de madera primorosamente labrados invita a la sosegada consulta. La exposición detallada por parte del bibliotecario de tomos de diferentes épocas y temáticas hace exclamar comentarios de sorpresa cuando no de júbilo a los colegas ensimismados; y ya no se diga del efecto logrado cuando se entra en el sancta sanctorum, refugio de los incunables, cuya visión desencadena mayor gozo aún. Un lugar de ensueño.

Pero las bibliotecas no son solo espacios públicos donde se reúnen libros y documentos y se ofrece una posibilidad para la lectura silenciosa y el pensamiento que puede dar paso a la escritura, son también modestas librerías insertas en muchos hogares. Anaqueles donde se atesora el pequeño botín de libros heredados de los mayores, las magras y primeras compras de la juventud, los regalos iniciáticos recibidos de los amigos de entonces, de los amores nacientes. Baldas improvisadas que se fueron allegando, construyendo figuras caprichosas tapizando las paredes; estanterías precarias que, sin embargo, aguantan el peso de los volúmenes con apenas un leve arqueo que el paso del tiempo ha moldeado. Criterios confusos en la colocación contribuyen al pequeño caos que hace difícil encontrar el libro preciso en el momento que se requiere.

Las bibliotecas personales pueden llegar a enmarcar toda una vida, de manera que alguien de existencia itinerante me respondió una vez, a la pregunta que le formulé a propósito de donde vivía, que su domicilio se encontraba donde estaba su biblioteca. En ocasiones, cuando me invitan a alguna casa particular, mis anfitriones me enseñan con orgullo sus bibliotecas, pero también me sucede que voy a viviendas donde la ausencia de libros es la nota dominante. Entre medias están aquellos que, de forma evidente, y casi diría insultante, muestran en el salón una estilizada selección de libros cuya presencia es puramente decorativa.

Mi amiga se acaba de separar por segunda vez después de una relación de siete años, como la anterior. El lapso justo para reinventar la vida, nos decimos con una ironía que sabemos cómplice. Ella me cuenta con entereza sus avatares a lo largo de una tarde que languidece sin apremio; su locuacidad pasa de relatarme pasajes tristes a historias entretenidas de su vida. Su voz es firme, sus ojos brillan. Conoce además los matices de los silencios breves. Es una profesional competente, moderadamente ambiciosa, inteligente. Cuando estamos a punto de despedirnos, cuando la plática ya ha agotado todo lo que parecía que había que hablar, su gesto se tuerce, su mirada se hace vidriosa, su voz se quiebra. ¿Sabes?, me dice, tras mi separación solo lloré al darme cuenta de que mi biblioteca había quedado semi vacía.