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¿La última vez?

Una expresión que en ocasiones es lapidaria y que, no obstante, también tiene un evidente sentido cronológico. Fuera del más drástico significado que encierra su carácter irreversible o su dramática apelación al punto final, en muchas circunstancias es, simplemente, un punto de referencia en el transcurrir de la vida, cuando no se trata de la formulación de un propósito. Frente a decir “esta es la última vez que hemos estado juntos”, siempre existe “la última vez que fuimos al cine juntos fue muy agradable”, o, “es la última vez que hago esto”. La riqueza del lenguaje lo permite sin que se trate de ningún juego de palabras.

Algo de esto ocurre con relación a las elecciones a rector de la Universidad de Salamanca. Cuando emití mi voto hace dos años y medio, como lo hice en siete ocasiones anteriores por esa suerte de discutible imperativo legal existente en el ordenamiento universitario español, pensé que era la última vez que lo hacía. Mi jubilación en septiembre de 2022 y el periodo de gracia de tres años como emérito no alcanzaban para que pudiera volver a ser elector. ¡Claro!, salvo sorpresas en el marco de una inesperada convocatoria anticipada, escenario poco transparente ahora presente. Pude entonces pensar de nuevo en que se hiciera plausible la posibilidad de una última vez. Sin embargo, venía siendo tal mi desazón que la decisión de no acudir a la inmediata cita con la urna planeaba sobre mi cabeza, por lo que ¿cuándo decir que es(fue) la última vez?

Socializado en una época de la vida española donde el voto no era una práctica al uso, y que cuando se daba su factura era no competitiva, después de 1975 siempre pensé que no podía defraudar al nuevo sistema urdido renunciando a la participación electoral. De hecho, creo no equivocarme si afirmo que de todos los comicios en los que en distintos ámbitos he sido convocado solamente he fallado en dos ocasiones: unas elecciones municipales y otras de corte sindical. De todas esas citas, posiblemente las que siempre he encontrado con menos enjundia son las elecciones universitarias. Soy de la opinión, que mucha gente no comparte, de que el orden democrático en su vertiente electoral con respecto a los cargos de responsabilidad y/o de representación no necesariamente casa bien con la lógica de la universidad. Esta se debería mover en otro escenario, pero eso es harina de otro costal cuya discusión dejo ahora de lado.

La Universidad de Salamanca está inmersa en una esperpéntica situación en la que la puesta en marcha de un ejercicio sucesorio por parte de su camarilla dirigente requiere de la convocatoria de unas elecciones. Esta circunstancia, legalmente imprescindible, ha resultado ser un ejercicio banal. El sainete se inició con la todavía no aclarada dimisión del rector que no respetó el compromiso adquirido de asumir el cargo por cuatro años para el que libremente se volvió a presentar y que se esfumó del escenario sin rendición de cuentas de ningún tipo. A ello se añadió la sumaria retirada de la vicerrectora que institucionalmente reemplazó al rector dimisionario durante cinco días porque su salud se quebrantó sin que hubiera explicación alguna a la comunidad universitaria. Entremedias, un miembro del equipo de gobierno, que lleva una década larga haciendo campaña para ser rector, ha sido objeto de serias acusaciones de malas prácticas académicas por uno de los principales, y más reputados, grupos mediáticos del país, sin que ello haya suscitado ningún tipo de aclaración al respecto. Para mayor desolación, ha sido el único candidato de unas elecciones que se dice que son de continuidad, pues se mantiene un tercio del equipo anterior, y que se inscriben en el engranaje de una oscura estrategia de la araña, pero que, en todo caso, se pueden tildar de no competitivas.

El origen de la crisis de la Universidad de Salamanca de 2009, de la que lamentablemente fui testigo directo, y, en cierto sentido, actor, tuvo una naturaleza muy diferente a la de estos días. Si bien es cierto que esta afirmación es pura especulación porque, como señalé más arriba, la raíz de la actual se desconoce por completo. Entonces se asumió una vía de resolución en la que primó conceder un plazo suficiente a la comunidad universitaria para que pudiera superar el propio trauma que siempre supone una interrupción de mandato. De esta manera, en lugar de convocar las elecciones en el lapso mínimo establecido en los estatutos (en torno a dos meses), se optó por demorar la cita al máximo tiempo estatutario. Consiguientemente, se dio un plazo razonable de seis meses para que pudieran conformarse opciones diferentes al siempre lícito continuismo. Así fue y resultó, además, vencedora la candidatura alternativa frente al incumbente.

Sí, mi última vez como elector universitario fueron y serán los comicios de 2021. Aunque, ¿quién sabe si no habrá otras elecciones antes de agosto de 2025 cuando dejaré de ser emérito? A pesar del señuelo de la inteligencia artificial, Oriente Medio está más próximo que nunca y no todo trae el aroma de la primavera. Si en esta ocasión ya había decido quedarme fuera del proceso, no sé qué podrá ocurrir en la eventual próxima elección adquiriendo o no su condición de última vez.