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La memoria infinita

¿Te acuerdas de cuándo nos conocimos?, ¿del nombre del amigo de toda tu vida que te acompañaba?, ¿del tono de la luz del atardecer?, ¿de las palabras que pronuncié?, ¿del vestido que llevabas?, ¿de las razones que me diste para que entendiera tu apremio?, ¿del libro que te regalé un mes después? No, no es necesario que hagas el esfuerzo, no voy a tener en cuenta tu posible silencio porque sé que prefieres callar a inventar un escenario que pudo ser y que sin duda podría asumir como factible. He olvidado casi todo y, sin embargo, sé que aquello pasó. El tiempo no perdona, se dice, pero su transcurso deja huellas a las que siempre puedes agarrarte para no perder definitivamente el hilo de tu existencia. Son pistas necesarias que determinan los bordes de la senda andada y que siempre quedan vigentes sin que interpongan reclamo alguno.

Hoy has sido incapaz de encontrar la palabra precisa con la que querías reivindicar el momento decisivo de aquel suceso de hace medio siglo que tantas otras veces explicaste como fundamental en el decurso de aquel país. Un término que te lleva a un nombre propio que también se ha escapado de tus labios. No es lo peor la frustración del momento, el temblor mental de la duda que se enrosca en una espiral sin límite aparente, sino la evidencia del vacío que enuncia otro de dimensiones colosales. Ni siquiera es paliativo el hecho de que tu veteranía te haya sacado del embrollo mediante un rodeo nada elegante. La inexactitud todo lo pervierte y termina resultando cómplice de una situación que cada vez se repite más. No importa que nadie se haya dado cuenta, o eso quizá ingenuamente piensas, lo sabes tú y es más que suficiente. La duda se impone como un acertijo esquilmado.

El recuerdo de tu madre te ha emocionado hasta tal punto que te ha hecho saltar lágrimas, pero no se trata de una nostalgia en torno a un pasado feliz en el mítico paraíso que siempre se dice que es la infancia. No resulta algo frecuente. Por eso estás más preocupada. Es la soledad brutal la que te ha confrontado y la necesidad física imperiosa no solo de un cálido abrazo sino de una mirada comprensiva que te advirtiera que puedes con todo. Al final, has sabido que solo se trataba de un susto, de una consecuencia de una imaginación desbordada, fruto de algún tipo de déficit en no sabes qué hormona o, a lo mejor, de un desencuentro al inicio de la jornada con aquella persona que te resulta tóxica y que nunca sabes cómo evitar. Caminas dando traspiés hasta un rincón donde evades todo sentimiento de culpa al no comprender de qué puedes ser culpable.

Por un momento olvidaste tu nombre mientras recordabas perfectamente a quienes te rodeaban, tu relación con ellos. Sin embargo, de pronto el tono de su voz se hizo demasiado duro. Llegaste a tener miedo porque te parecieron agresivos y te recluiste en ti mismo. Tus recuerdos salieron a borbotones y no quisiste compartirlos. Por un instante fuiste feliz, pero nadie lo supo. Entendiste que era necesario lavarte los dientes porque desde hacía tiempo no lo hacías, pero te detuviste un instante ya que, desconcertado, no tenías claro en qué lugar de la casa se encontraba el lavabo. Murmuraste unas palabras que nadie siguió y sentiste de inmediato que era necesario salir deprisa de la habitación. ¿Por qué te agarró tu hija del brazo? ¿Qué quiso decirte con aquella larga frase construida con palabras que desconocías? ¿Por qué mantenía aquella cara hipócritamente bondadosa?

Te dicen que has dormido muy bien, pero tú no estás segura. Recuerdas perfectamente qué significan los sueños y distingues entre lo que piensas y lo que sueñas. Por eso sabes que estás más tiempo despierta pensando que dormida soñando. El balance es más favorable a lo primero. La consecuencia, por tanto, es que el rato que pasas en la cama dedicada a pensar es mayor que el que pasas soñando. Ese balance te da lo mismo porque el resultado en términos de descanso es indiferente. Al menos eso crees. Durante el día no te encuentras especialmente cansada. Duermes sola desde hace mucho tiempo y no das razón a nadie del rato que estás en la cama. Te importa llevarte al lecho cada noche un libro cuyas tapas hueles con fruición pues es la forma que tienes de vincularlo con el pasado de tu biblioteca y el tiempo acumulado en su gestación.

Son imágenes inventadas – ¿quién sabe? – que se superponen en mi cabeza mientras veo La memoria infinita que ganó el premio Goya a la mejor película iberoamericana de 2024 dirigida por la chilena Maite Alberdi. A veces siento escalofríos y otras las lágrimas se asoman al compás de las imágenes y de los diálogos que componen una pieza magistral. No importa que sean actores o que se trate de personajes que muestran su vida. La intensidad de lo representado tiene tal entereza que la vida se funde con la ficción y al contrario. Poco a poco el papel de la memoria se enseñorea de todo, de manera que cada secuencia constituye una pieza de un rompecabezas que se va deshaciendo. Si, como se señala en un pasaje determinado, sin memoria no hay identidad, el corolario inmediato se haría presente de manera majestuosa: sin memoria no hay vida que valga la pena vivirse. Pero Augusto Góngora y Paulina Urrutia, los personajes sobre los que gira la película, deambulan por los vericuetos de su existencia como pareja apagándose paulatinamente la de Augusto, secuestrado por el Alzheimer que padece desde hace ocho años, haciendo de Paulina un recorrido que tiende al infinito. El plazo imposible que mortifica el sinvivir de ella.