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La imaginación sobrevive

Durante milenios los seres humanos han vivido en una tensión permanente entre la búsqueda de la comunicación y el reforzamiento de las señas de identidad del grupo de pertenencia. El lenguaje oral y escrito es el instrumento intermediador por excelencia que propicia esa tirantez. Por supuesto que hay otras armas mediante las que satisfacer sendas pretensiones como la religión en donde los iconos, los ritos y las creencias establecen vínculos, y diferencian a la feligresía. También la voluntad política de configurar “comunidades organizadas”. Son cuestiones antiguas que han sembrado la tierra de dolor y de cadáveres y que mientras los efectos de la religión solo en una parte del mundo parecen superados el fanatismo identitario comunitario mantiene su componente destructivo.

Sin embargo, pareciera que el empeño superador resultara más difícil con relación a las palabras. Quizá se deba a su función de intermediación por excelencia. No es solamente el manejo que de este asunto hacen los nacionalismos pues es bien sabido cómo las denominadas políticas de inmersión lingüística contribuyen a segregar y a integrar simultáneamente. Obligan a hablar una única y oficial lengua a la vez que generan un efecto diferenciador radical con respecto al vecino. Es algo más sutil que lleva al paroxismo.

Hace algo más de treinta años existía un país que contaba con un tipo especial de sistema político surgido de la descomposición del imperio austrohúngaro hace un siglo. Yugoslavia logró articular un régimen federal en el que con gran esfuerzo se irguió una sociedad que logró establecer pautas de convivencia loables, y entre ellas una lengua común para asegurar un entendimiento y por ende una coexistencia razonable. Su desintegración a comienzos de la década de 1990 propició la configuración de nuevos estados homologados por los organismos internacionales y la revalidación de idiomas propios con la pretensión de acentuar las diferencias. En dicho proceso podía darse un elemento aun mayor de diferenciación como era la distinción de las letras gracias al uso de alfabetos distintos y así se hizo. Los serbios emprendieron un lento camino de sustitución de los caracteres latinos, que habían ido expandiéndose durante el periodo yugoslavo, por los cirílicos como símbolo de su búsqueda de raíces en el mundo eslavo. Así, la separación con respeto a los croatas, sus antagonistas principales, era más visible.

Mis colegas me ilustran de estas cuestiones y de otros avatares acerca de lo ocurrido en los Balcanes. Una región encrucijada de la humanidad en esta parte concreta del planeta que acumula una serie tan larga de conflictos apenas resueltos y mal sedimentados que su legado no permite una fácil convivencia. El espacio parece mantener un nivel mínimo de paz y de entendimiento aunque Ucrania no esté lejos y las mafias de la delincuencia internacional junto con la incapacidad de alguno de los estados limítrofes de ejercer sus funciones mínimas de salvaguarda del derecho y de monopolio de la violencia legítima estén en entredicho. Una de mis colegas me cuenta que nació hace cincuenta años en un pueblo en la región de Voivodina en Serbia (que antes perteneció al imperio austrohúngaro y no al imperio turco como la mayor parte del país), que su madre era croata y su padre serbiobosnio. Siempre que puede ella dice que es yugoslava, pero esa nacionalidad que pretende congelar en el tiempo no existe y cuando muestra su pasaporte la cuestión no admite duda para el policía de inmigración de turno. ¿Cómo puedo renegar de mi origen? Me dice. Pero, además, ¿es posible ser de un lugar que no existe?, añade.

Después de dar una deliciosa caminata por el paseo que transcurre a lo largo de la ribera del Danubio, ensimismado y tratando de recordar algún pasaje del libro de Claudio Magris que tanto me emocionó, regreso al hotel. No estoy cansado, pero sí perplejo porque me invade cierta confusión con relación al lugar en que me encuentro. ¿Medellín, Madrid, Granada? No, Novi Sad, una ciudad que me abruma por el contexto. En mi libreta he anotado muchas cuestiones que han surgido en las conversaciones mantenidas con colegas los días pasados que ahora fijan mi atención, pero resalto dos.

La primera se refiere a la relación de Yugoslavia con México durante el gobierno del mariscal Tito y sobre todo durante la década de 1950 cuando las rancheras y el cine mexicano se popularizaron en un país que había roto lazos con la Unión Soviética a la vez que se mantenía alejado de la sombra proyectada en buen parte de Europa por los Estados Unidos. Una opción que empataba con la participación de Tito en la guerra civil española en el bando republicano y con la decisión de dar aire al movimiento de los no alineados que tanta fuerza adquiriría a partir de finales de aquella década.

La segunda, mucho más actual, tiene que ver con lo que me contaron en relación con la pregunta formulada en el último censo realizado en Serbia. Allí se posibilitaba a la gente que se autoidentificara en términos de nacionalidad. Resultó que algo más de 25.000 de las personas entrevistadas señalaron que se consideraban de nacionalidad yugoslava, una cifra que se había incrementado de acuerdo con el censo anterior. Si como reza la famosa afirmación de Benedict Anderson de que las naciones son comunidades imaginadas, pareciera que el señuelo imaginario de la oportuna invención de Yugoslavia ha logrado sobrevivir con languidez y de forma minoritaria a pesar de sus dramáticas acechanzas, pero a la vez mostrando su carácter promisorio. Una imaginación que ahora no soy capaz de que ilumine mi vida donde los hechos tozudos se imponen a cualquier mística.