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La hija

Ella apenas llegó a vivir las dos terceras partes de un siglo que, como un historiador célebre señaló, comenzó cuando estalló la primera guerra mundial. Salvo un breve periodo durante su adolescencia que pasó interna en un colegio de monjas de provincias y los largos mil días que duró la guerra civil su existencia de hija única la compartió con sus padres a los que acompañó hasta su muerte en edad avanzada. Su apego a ellos fue tal que apenas sobrevivió seis años al fallecimiento de su madre. Un breve lapso del que apenas fue consciente cuando pasó de ser hija para convertirse en abuela.

Si bien su formación fue la de una joven republicana repleta de las ilusiones de cambio del momento y armada del espíritu de modernidad de la época, su suerte quedó echada cuando estalló la guerra y las banderas victoriosas marcaron el triste devenir subsiguiente. Casada con un hombre de su generación que tenía su misma titulación dejó su carrera profesional de maestra para cuidar a sus dos hijos y enseguida a sus progenitores. Mientras los demás hacían sus vidas fuera del reducto que configuraba su casa ella trabajó en la sombra del comercio familiar que promovió su padre y cubrió todo tipo de contratiempos que acaecían en los avatares diarios de un país miserable. En tiempos recientes algunas fervorosas militantes en el feminismo radical podrían denunciar su existencia como alienante.

Vivía con sus padres, su marido y sus dos hijos en una vivienda arrendada de un barrio periférico de la capital. Tenía tres habitaciones, un cuarto de baño y una cocina de leña. En su cuarto ella conservaba sus muy modestos anaqueles donde colocaba los volúmenes de una de las primeras colecciones de bolsillo del país. Adosadas a la casa, una parra, una morera, dos acacias y matas de geranios y de dalias a las que se unían un gallinero configuraban un entorno solariego menestral. Aquello que denominaban “el jardín” era el espacio donde su padre se sentaba en el sillón de mimbre y tenían lugar las tertulias con los vecinos en las calurosas noches de verano.

Aunque ambas tareas no eran de su especial interés, los domingos por la mañana acompañaba a su madre a la misa y por la tarde se unía a la partida de cartas que organizaba su padre en la que también se integraba su marido y dos parejas de amigos del barrio. Ni la iglesia ni el juego eran su pasión, pero su presencia se justificaba por su papel de comparsa. El mismo que también libraba cuando su madre le conminaba a seguirla en las periódicas y obligadas visitas que realizaba a familiares que vivían en el centro de la ciudad. Lo que más le agraviaba era tener que soportar las críticas de su padre y de su marido por su falta de picardía, malicia también decían, en el juego. Mientras la partida se desarrollaba los niños trasteaban entre las piernas de los jugadores sentados en torno de la mesa camilla.

Cuando su esposo cayó fulminado por un infarto cinco años después de la muerte de su padre tuvo conciencia de que su condición de hija adquiría una connotación diferente. Sola, con una madre que cada vez requería más cuidados por su sordera y por el deterioro de su salud, buscó refugio en la iglesia del barrio donde vivió una epifanía muy personal. Sin caer en la beatería al uso un día fue consciente de que se sentía invadida por una fuerza muy exclusiva que llamaba fe. La nueva energía que irrumpía en su espíritu le permitió sobrellevar el desquiciamiento del deterioro de su madre, el alejamiento de sus hijos y la tenebrosa oscuridad en la que se fueron introduciendo sus solitarios días.

En cierta ocasión contó a una de sus escasas amigas lo apenada que se sentía porque al confrontar la muerte que percibía próxima no podría legar nada a sus nietos ya que nada tenía salvo aquel mísero ajuar que recibiera de sus padres y que incrementó en ropa, recuerdos turísticos de los tres viajes que había realizado y sus libros; todo lo cual cabía en un arcón. El traspaso de la tienda de su padre le había generado unos ingresos que se esfumaron tras invertirlos en bolsa en los prolegómenos de la crisis de 1973. Su amiga, tras guardar un rato de silencio, le respondió que su legado era su sonrisa permanente que siempre acentuó su melena pelirroja.

Al final de sus años se vinculó con su cuñada cuando esta enviudó con la que pasó momentos de solaz compañía. Pudo contrastar opiniones y estilos de vivir diferentes. Asumir la peculiaridad de sus trayectorias siendo consciente de que todas tienen algo de singularidad. Pero supo a ciencia cierta que su condición permanente de hija le había marcado profundamente. No sintió pena, ni vacío. Ni siquiera se planteó que su presencia en el mundo había sido una pérdida. Todo lo contrario. Cuando de tarde en tarde hacía un rápido repaso a su andadura sentía que habían sido luminosos aquellos mil días en que con poco más de veinte años supo del gozo que le generaba la dedicación a su quehacer profesional y de la dulzura de la brisa marina. Sin embargo, el recuerdo del tiempo pasado a la vera de sus padres con frecuencia hacía que unas lágrimas de emoción y amor humedecieran sus ojos.