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La estrategia de la araña

Es el título de una memorable película de Bernardo Bertolucci de 1970, mucho menos conocida que otras de sus obras aunque fue premiada por la Espiga de Oro del Festival de Cine de Valladolid, pero que para mi generación supuso un hito muy relevante por dos circunstancias: desarrollaba una idea basada en el cuento de Jorge Luís Borges Tema del traidor y del héroe y era puro cine político, algo de lo que estábamos ávidos. Ese mismo año el director italiano realizó El conformista cuyo guion, también de alto contenido político, fue nominado al Óscar de 1970. Dos años más tarde El último tango en París abriría su deslumbrante carrera frente al gran público. El argumento de La estrategia de la araña gira en torno a un joven investigador, que a petición de la amante de su padre, asesinado según ella por un fascista en 1936 antes de que él naciera, regresa al pueblo. El recuerdo del padre, de idéntico nombre y con el mismo aspecto que el hijo, es rememorado por una estatua en el pueblo y por la memoria de sus habitantes. A medida que el hijo desenreda la red de mentiras a partir de la cual se construye esta historia, se encuentra atrapado en la misma red que se urdió en torno al padre. Verdad y responsabilidad se enmarañan con el trasfondo de la apariencia.

No estoy seguro de si aquella trama me sirve para entender el presente cuyo devenir hoy es una caricatura distante de algo que pasó en Salamanca hace casi quince años y que tanto alteró mi vida y la de muchas otras personas. Pero en la vaguedad del recuerdo de la película hay cuestiones recurrentes y aspectos íntimos que hacen que una situación aparentemente muy distinta goce de ciertos paralelismos, al menos en lo que concierne al esclarecimiento de los hechos, a su mitificación y a la siempre ausencia de algún tipo de rendición de cuentas.

En Salamanca, una ciudad en la que la principal empresa es la Universidad, lo que acontece en la institución decana de las españolas tiene una trascendencia sobresaliente. Si siempre se dice que la política es el nicho en el que se desatan pasiones al albur de intentar querer que las cosas mejoren para que la vida resulte a la ciudadanía más satisfactoria lo que suceda en la Universidad no está muy lejos de ello. Asimismo, el necesario elemento ejemplarizante que conlleva la acción de todo responsable público afecta a ambos mundos. Por consiguiente, que el rector en Salamanca vuelva a dimitir y que interrumpa el mandato para el que fue elegido, de manera que en los últimos 17 años en que ha habido tres rectores dos de ellos no cumplieran su periodo para el que fueron elegidos, la anormalidad se hace rutina. ¿Hay una razón poderosa que justifique no satisfacer lo comprometido?, ¿un capricho?, ¿una cuestión de fuerza mayor?, ¿un problema de salud?, ¿una estrategia para ocultar algo?, ¿una oportunidad de ascenso profesional en otro ámbito satisfaciendo una ambición lícita aunque desaforada?

En el rosario de cuestiones desatadas me pregunto por cuántas universidades españolas han sido testigo de una situación similar, tan relativamente frecuente en el universo político, en que sus máximas autoridades no concluyeran el periodo para el que fueron elegidas (al que voluntariamente se presentaron). La frivolidad supina que acompaña a la levedad del mandato supone la constatación de que en la vida universitaria, muy contaminada con la lógica de la política con campañas electorales, personalismo y escaso ejercicio de la responsabilidad, las lacras de la política están también presentes. Megalomanía, inestabilidad, improvisación y desaborida petulancia se entremezclan con un estilo de hacer las cosas en el que la autocrítica está ausente, así como la justificación de las acciones y ya no digamos la oportuna clara comunicación de ellas y de sus propósitos. Vivimos un momento de particular desprestigio de la clase política, los focos se centran en ella, y su quehacer, así como sus actitudes, son causa de la desafección de la gente con respecto a la democracia. Ello se refleja en la desconfianza rampante, en el incremento de la abstención o en el voto a candidaturas que confrontan al sistema. La sociedad está cansada y la democracia en consecuencia está fatigada.

Pero lo acaecido en la Universidad de Salamanca en lo atinente a su máxima autoridad, un cargo público en el mismo nivel simbólico que otro de origen político-partidista, es de la misma guisa: informalidad, antojo, insensatez, inmadurez. Colegas especialistas en la materia analizarán en su momento el balance de algo más de seis años de gobierno y entonces se conocerá la ejecutoria real llevada a cabo que invalidará, o no, los cantos de sirena que los (pocos) palmeros habituales prodigan en estos días. Sin embargo, mientras eso ocurra, hay que expresar rotundamente que, salvo causa de fuerza mayor -no expresada hasta el momento-, la dejación de una responsabilidad voluntariamente asumida no es de recibo y la comunidad universitaria no lo merece. Esta al menos debe conocer las razones existentes para tomar una decisión de cariz tan relevante en el engranaje de lo que pudiera ser un símil de la estrategia de la araña, una estrategia teatral, donde la verdad siempre se revela compleja por la especial gravedad que la embarga.