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La demanda de reconocimiento

Vivimos tiempos en los que las heridas sociales que se producen en el rifirrafe de la vida tienen que ser paliadas en un clima ríspido definido por el individualismo y el egotismo que diseñan los patrones a seguir. Por un lado, hay un rosario de expectativas defraudadas ante las que es indiferente que en muy pocas ocasiones se asuma la culpa de las fantasías pergeñadas y en las más se responsabilice al otro, o al pasado, al entorno, al infortunio. Tampoco es más favorable la gama variada de promesas incumplidas que se registra como aquellas altisonantes pronunciadas en la tribuna pública o las que se intercambian íntimamente en la quietud de la alcoba.

Sobre ese galimatías planean unas condiciones de existencia reales que se miden obsesivamente y que tienen como resultado miseria, injusticia, desigualdad y depresión. La consecuencia de ello es sabida: una profunda decepción alentadora de una sensación crispada que lleva el marchamo del vacío. La antesala de la desconfianza, del desdén y de la confusión.

La vieja práctica del linchamiento, término moderno que suavizó el de lapidación, sigue siendo la antitética réplica a quienes buscan reconocimiento y reciben por respuesta el oprobio, cuando no la violencia. Si bien hay países donde hay una cierta institucionalización de ese tipo de ejecución bárbara, en nuestros pagos su uso es más errático, aunque continúa estando vigente. Su práctica se centra básicamente en el terreno sexual.

Los perpetradores son machos que, posesos de un sentir identitario excluyente y auto concebido como superior -de ahí su supremacismo-, agreden, violan y matan. Concitan un sentido de identidad grupal, manadas, en los que un tipo de reconocimiento espurio ejerce una poderosa labor de integración. Entre muchos otros, Stanley Kubrick, supo captar el fenómeno y trasladó en imágenes demoledoras en La naranja mecánica el texto de Anthony Burgess. La violencia del grupo de los “drugos” contra la mujer, el escritor y el indigente es la expresión máxima de exclusión.

La agresión es antónima a la tolerancia que constituye el cimiento sobre el que se yergue el reconocimiento; además, el uso de la violencia que desprende el fanatismo hace mella en aspectos cotidianos dibujando límites de clara segregación. Esta situación se vive diariamente en el ámbito religioso de manera explícita en Arabia Saudí, China, Irán, Israel, Myanmar, entre muchos otros países. En el terreno de las relaciones de género su práctica es más difusa, pero está más generalizada ya que se encuentra en diferentes estratos de casi todas las sociedades, si bien, ciertamente, hay países en los que se encuentra institucionalizada de diferentes formas.

Si el reconocimiento a la libre conciencia ha abierto desde hace mucho tiempo las puertas a la libertad religiosa, el relativo a la identidad sexual individual siguiendo pautas de igualdad no binarias ni permanentes avanza muy lentamente. Un asesinato por una turba enarbolando el grito de “¡maricón”! fue hace poco tiempo la evidencia de lo que se vive aquí, aunque no debe ignorarse lo mucho que se ha avanzado al reconocer la diferencia y la propia libertad sexual.

Pero hay escenarios que giran en contextos de mayor intimidad. Mi amiga tuvo una pareja hace años con la que rompió en silencio; antes había pasado por una situación similar, pero entonces el ruido ganó la partida. Hoy reconoce que el resentimiento domina el recuerdo del desenlace supuestamente civilizado. Siente que un rencor difuso no le abandona y cree que es consecuencia de la manera en que se desarrolló la relación en la que según ella nunca fue reconocida por su pareja. Al preguntarle en qué sentido esperaba tener reconocimiento titubea antes de decirme que no lo sabe, aunque a reglón seguido proclama literalmente: “No sé, no es que no me valorara, es que no apreciaba lo que realmente soy”. Disimulo mi perplejidad y, aprovechando la distensión del momento enmarcado en la placidez que brinda la caída del sol, le señalo que es muy difícil conocer cabalmente a cualquier persona, además de que existen rasgos de nuestra intimidad que a veces no trascienden al resto. Calla mientras pierde sus ojos no sé dónde.

La demanda de reconocimiento es un motor poderoso para dar sentido a la vida. Nutre canales diferentes que, en un primer momento, confortan aspiraciones secretas para poco después integrar propósitos dispersos que logran un esbozo mínimo de solidaridad. Pero posee una notoria limitación que tiene que ver con su carácter discreto. La parquedad de la demanda es un requisito indispensable. No hacer explícito lo requerido es consustancial con la pulsión recóndita de quien desea. No es una cuestión de (falsa) vanidad ni de (pacato) narcisismo.

Se trata de un impulso vital que conjuga el yo con el nosotros y que, a la vez, marca la diferencia con los demás. Supone un hálito inspirador aparentemente imprescindible que, sin embargo, oculta un costado oscuro: su relativamente fácil manipulación. Su puesta en escena se mueve entre la avidez en el reclamo y las coordenadas que fijan lo reconocido. Uno entonces no sabe si escucha un melifluo canto de sirena que satisface anhelos propios o ajenos o un avance de la sentencia del juicio final.

Una aliada eficaz del reconocimiento es la empatía. La capacidad de ponerse en la piel del otro, de hacer de uno sus cuitas y de entenderlas, contribuye a trazar el puente necesario. La empatía es un artificio que facilita la valoración espontánea requerida por la persona afectada en el momento adecuado. Pero ello no deja de tener su lado menos confortable pues se hace descansar en el hecho de poseer ese don ya que el menor desarrollo de las neuronas espejo debilita la propensión a la empatía quedando el sujeto prisionero de su falencia.

Por ello, mi amiga sabe que debe buscar aquella compañía que sea portadora de ella. Solo así dice encontrar un estado reconfortador en su relación. El problema, respondo con aire distraído, es la tenue línea divisoria que me parece que existe con la sumisión. En otras palabras, ella confunde el reconocimiento con cierta forma de adulación, busca sobre todo una lisonja que apacigüe sus demonios interiores.

Una dimensión instrumental frecuente del reconocimiento tiene forma colectiva. El desarrollo del derecho internacional muestra cuanto los estados requerían de él para que su existencia fuera efectiva. La paz de Westfalia constituyó un hito histórico en ese proceso en el marco europeo. Algo similar ocurre en otros niveles referidos a grupos originados por distintos motivos como su quehacer laboral, compartir una afición o un estilo de vida; tener una misma creencia religiosa o militar políticamente. Todos pueden estar articulados por pautas institucionales escritas o ser resultado de prácticas informales.

En cualquier caso, lo que resulta relevante es el pegamento que mantiene estable la unión. Su carácter para lograr garantizar el éxito del propósito es fundamental, pero la argamasa que une a quienes se cobijan bajo un determinado régimen político tiene poco que ver con la que concita a aquellas personas que practican un deporte.

El éxito de la integración en un propósito común es una garantía del futuro del colectivo frente a los avatares que rigen la coexistencia con otros. El resto tiende a dar su reconocimiento a quienes su existencia es firme. Sin embargo, hay tres consideraciones que vale la pena valorar por constituir sendas limitaciones.

La primera tiene que ver con la definición de la identidad que equilibra cuestiones emocionales con otras racionales. Un ciudadano de un país lo es con independencia de que lo ame o lo denueste, mientras que alguien vinculado con una iglesia lo es por un acto de fe. Quienes se identifican con su profesión mezclan a veces la ocasión con la manera de ganarse la vida.

La segunda se refiere a la intensidad del sentido de pertenencia que lleva a asumir que hay personas cuyo grado de compromiso es diferente. Las afiliadas a un partido político no son igual que sus votantes. Los aficionados a un deporte se diferencian de quienes lo practican o de quienes integran las barras bravas.

La tercera concierne al hecho de que las identidades que articulan la adscripción a distintos grupos son múltiples y en esa multiplicidad puede haber vetos inquebrantables por parte de algunos: hay quienes dicen que son catalanes y españoles a la vez, y quienes repudian esa posibilidad.

Pero todo ello ha sufrido una enorme dislocación debido a la revolución digital y a sus efectos de cambio exponencial en extensión y en velocidad en la vida de la mayoría. No solo se trata del peso de la hiperconectividad y de la hiperestimulación que roban la atención de la gente y cambian su vida de maneras muy variadas, hay además una evidencia de que se es reconocido por lo que parece. De hecho, las redes animan a experimentar con un muestrario de identidades posibles y, realizada la selección, a observar cómo reaccionan los demás.

Las personas, algunas de las cuales se escudan en el anonimato o en una imagen falsa, presentan distintas identidades y cultivan las que les confieren una sensación de mayor reconocimiento. Se da entonces una sutil estrategia de demanda de reconocimiento a la carta. Esta circunstancia en los grupos es más difícil porque el arte de la simulación colectiva cuesta lograrlo, aunque es cierto que la historia enseña que existen procesos de encantamiento social que embelesan a las multitudes arreboladas por el supremacismo y hoy en día por la cultura de la cancelación.