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Incertidumbre

Expectativas

Leo en Sillitoe, nacido en 1928, “en los primeros diez años mi padre estuvo trabajando un total de seis meses. El hecho era que no le gustaba trabajar. Solitario, melancólico y analfabeto se encontraba en desventaja con cualquiera y, obviamente, lo estaba… Vivíamos en una casa que estaba dividida en una sala de estar con una despensa aneja, un dormitorio arriba y un ático bajo el tejado donde nosotros, los cinco niños, dormíamos todos hacinados en la misma cama… cocinaban con fuego de carbón iluminados por una lámpara sobre la mesa, iban por agua con un yugo al pozo común…. La gente se mostraba intranquila ante la perspectiva de la paz, porque los días de paro previos a la guerra podían volver y no todos serían capaces de encontrar trabajo en la reconstrucción”.

Le Clézio nació en 1940 y ahora escribe: “he vivido el hambre. Estábamos en una parte desdichada de Francia, el sur, donde ahora acuden los ricos, pero en aquella época no había nada que comer. Esperábamos algo para comer y no había nada. Mi abuela cocinaba la piel de las patatas y recogía hierbas para engañar nuestra hambre. Tuvimos que vivir luego, tras la guerra, al ritmo de las cartillas de racionamiento, esos folletos donde te asignaban ciertas cantidades de grasa y de harina. No sé si es un dolor, pero es una experiencia”.

Hablan de su infancia y de lo que entonces había. Son dos testimonios sacados arbitrariamente referidos a Inglaterra y a Francia, países que, en el imaginario español del momento, pero creo que también en el actual, suponían, suponen, dos referencias envidiables. No se trata de recordar cómo se veía en el pasado el futuro, son solo fotos fijas clavadas en algún lugar de la memoria. Cuando cumplen los ochenta años ambos coinciden a la hora de reconocer su afortunada vida que, incluso, consideran privilegiada. Han pasado tres cuartos de siglo. Toda una vida o apenas un episodio mínimo en la historia de la humanidad, depende. Relatos que se reiteran a lo largo de los tiempos. No obstante, un interrogante me asalta: ¿cuáles eran entonces sus expectativas? ¿Esperaban llegar a ser los escritores de éxito que fueron?

Charlo con un pequeño grupo de estudiantes que frisan la treintena y que acaban de terminar su doctorado o están por culminarlo. Han viajado con frecuencia para participar en congresos y realizar estancias de investigación por al menos media docena de países. Son brillantes, trabajadores, plasman sus ideas con facilidad en cualquier medio ya sea analógico o digital. Mantienen redes internacionales en las que se mueven con facilidad por su conocimiento de idiomas. Sin embargo, están bajo el imperio de la frustración. Escuchan constantemente que su nivel de vida será peor que el de sus padres, que el ascenso social es una engañifa de otros tiempos que no volverá. La vulnerabilidad los embarga con unos tentáculos viscosos que, dicen, les genera un profundo sentimiento de ausencia de expectativas. Me tienta hablarles del pasado, no del mío sino del de otra gente, pero sé que es inútil.

Más preguntas

Cuando sabíamos las respuestas nos cambiaron las preguntas. Sí, es la historia de nunca acabar. Una relación que se muerde la cola o una espiral infinita. La gente vive en un mar de dudas que se renuevan, aunque algunas personas crean que están en posesión de verdades incólumes. La dialéctica ya contribuyó a dibujar este escenario creando una lógica endemoniada. El asunto nunca se detiene. Si para él no hay nada nuevo bajo el sol para ella la perplejidad es un motivo de asombro. La curiosidad de la naturaleza humana se encuentra en la base de todo y lo inconmensurable de la vida es la trampa que mantiene la saciedad o el escepticismo. Más preguntas.

La mayoría del estudiantado parece respirar satisfecha porque primero encontró la aparente solución definitiva que aportaban los apuntes manufacturados en internet de todas las materias que se sumaba a la más oprobiosa de los trabajos a la carta, luego ha llegado el producto ahora estrella de la inteligencia artificial, ChatGPT. Las preguntas terminan estando limitadas en un temario que reúne lo que se debe saber, hay poco margen para la sorpresa y raras veces la originalidad se premia; por eso las respuestas son ristras de salchichas que se confeccionan según patrones bien definidos y cada vez mejor elaborados. Las contestaciones configuran un ritual que supone la verdad oficial. Hay poco que añadir.

Sin embargo, hay interrogaciones imperecederas. Algunas son de carácter más íntimo y subjetivo. Otras, aparentemente, se relacionan con pautas más externas y objetivables. Quién has sido, quién eres, qué te gustaría llegar a ser, definen un orden de parámetros vinculados con las primeras, mientras que de qué y cómo vives o has vivido o esperas hacerlo, lo están con las segundas. Frente a la procelosa cuestión de la identidad se alza otra más prosaica que no sé muy bien cómo definir. Si bien se pensó que las profesiones solventaban el problema trazando un puente, puesto que se era algo y se vivía de ello, no se cayó que había una dimensión más allá al cuestionarse el para qué y el por qué se vivía.

Hoy es el tiempo de la identidad hasta llegar al paroxismo. Tal es su vigencia que la fragmentación y el pluralismo en donde nos movemos definen el orbe político como nunca, de ahí la abrumadora presencia de relatos que intentan aunar lo que se ha sido o lo que se pretende ser desmembrando poco a poco la existencia hasta configurar islotes de soledad. Obsesionados por saber quiénes somos, hemos cambiado viejas y simples coordenadas en torno al cuerpo (desde el color de la piel hasta el sexo), al grupo social en el que nos movemos (desde la familia a la nación) o al credo de principios transcendentales que procesamos en torno a la secta religiosa para entrar en sendas turbulentas que nos llevan a un mundo nuevo. Me viene a la memoria la anécdota de Josep Plá que, fascinado ante el espectáculo nocturno que le brindaba la ciudad de Nueva York con las luces prendidas de los rascacielos, se preguntaba: “¿Quién paga todo esto?”

País de nómadas

Hay pasajes recurrentes en la historia de la humanidad. Aunque a veces parece que son asuntos que quedaron atrás no es así. Si bien la agricultura supuso un salto relevante en la evolución, el nomadismo no desapareció, simplemente adquirió otro carácter. Nomadland, una extraordinaria película de Chloé Zhao, así lo muestra al abordar una faceta dual de la vida actual que resulta indisoluble. Lejos de dar continuación a la tradición norteamericana de los peregrinos o de quienes marchan hacia el oeste como reivindica una personaje -yo si acaso más bien lo situaría en el legado de Thoreau o de Whitman- denuncia la precariedad y la profunda descomposición social a las que ha conducido el capitalismo neoliberal a la vez que reivindica a quien a la postre renuncia a tener una casa, pero no un hogar. Esta doble y simultánea lectura se enmarca en los paisajes fascinantes de Dakota del Sur, Nevada, Arizona y California donde la comunión con la naturaleza es insoslayable.

La protagonista, Fern, abandona Empire la ciudad donde ha vivido los últimos años, hoy ya desaparecida, porque la crisis de hace tres lustros ha liquidado a la principal empresa local. La muerte de su esposo contribuye a agudizar su desarraigo. Un día decide echarse a la carretera con una furgoneta en la que lleva enseres personales que suponen una atadura mínima con su pasado. En el camino encuentra a una comunidad heterogénea de personas, la mayoría de edad, que viven una situación parecida. Mujeres que tras una ardua vida laboral cobran una pensión mensual de 500 dólares o que machacadas por un cáncer terminal han decidido vivir sus últimos meses como desean. Individuos que han perdido a sus hijos. Son los despojos de las múltiples reconversiones, de la precariedad laboral, de la inestabilidad personal y emocional, del carrusel de la vida. No son parásitos sino supervivientes que han optado por una existencia libre y aislada en un país cuyos bordes están delimitados por sus vehículos y que termina resultándoles suficiente.

La maestría de Zhao en esta que es su tercera película le lleva a ironizar con el hecho de que uno de los trabajos temporales de Fern, enmarcado en el extremado individualismo del momento, es en un gran almacén de empaquetado de Amazon, el paradigma del eficiente consumismo presente. Ella rechaza la invitación de su hermana o de su compañero en el camino, Dave, porque es consciente que su hogar es su furgoneta donde prefiere dormir antes que en cualquier cama de ambas casas que, por otra parte, son el epítome clásico del idílico sueño americano. Repudia, por tanto, ser un despojo del sistema en su andadura hacia no se sabe dónde. Vive. Es una existencia en la más profunda soledad que se entrevera cada vez más con la naturaleza y que los espectadores sabemos dónde va a terminar, pero ¿no es igual para todo el mundo? Cuando finaliza la película vienen a mi memoria los versos de León Felipe: “ser en la vida romero”.