Saltar al contenido

Identidad-ambigüedad

«El concepto ambigüedad siempre lo había dado por sabido y, sin embargo, en los últimos tiempos cada vez se me había ido volviendo más oscuro» Enrique Vila-Matas. Montevideo

Tapia del cementerio de San José (Costa Rica)

I. ¿Quién dices que soy?

Francis Fukuyama en su último libro, Identidad, sostiene que “la demanda de reconocimiento de la identidad es un concepto maestro que unifica gran parte de lo que está sucediendo en la política mundial en nuestros días” para concluir rotundamente que “el aumento de la política de la identidad en las democracias liberales modernas es una de las principales amenazas a las que se enfrentan”.

El reconocimiento es el mecanismo activador por excelencia de la identidad de una persona en la búsqueda primordial de la dignidad de todo ser humano, mucho antes que otras formas desafiantes de reconocimiento parciales basadas en la nación, religión, secta, origen étnico o sexo, o de individuos que simplemente quieren ser reconocidos como superiores. También supone un acicate a la hora de soportar la angustia de la existencia.

Recibir el reconocimiento es algo diferente a ser conocido pues se contabiliza un añadido que efunde un aroma particular. Satisface la búsqueda de la dignidad que supone un equilibrio entre el verdadero yo interno y el mundo exterior de reglas y convenciones sociales. Este no reconoce debidamente el valor o la dignidad de ese yo interno generándose un conflicto de dimensiones ambiguas.

Además, los otros fijan un modo de actuación donde se mueven, condenando a quién se rebela al más duro ostracismo. Los límites quedan definidos, del otro lado, por la renuncia a aspiración alguna de quien se siente el apestado de la tribu, pues su forma de ser diferente lo expulsa inexorablemente de lo que alguna vez fue su comunidad. No importa que su voz sea humana, ni incluso que su mirada demande piedad, tampoco que su ademán sea pacífico; la evaluación confirma la decisión inicial, aquella que sucumbe al más impune de los juicios. Sin apelación, sin considerar ningún atenuante, ni de carácter psicológico, ni, menos aún, de ámbito económico; apenas un hueco para lo cultural que está de moda.

El hombre con el torso al aire está echado en posición fetal sobre el cartón debajo del primer tramo de escalones de la pasarela peatonal. Ignoro si es un desplazado interno o si cruzó la frontera hace unos días. También pudiera tratarse de alguien enajenado o que la fortuna se le hubiera torcido. Tampoco sé ni su edad ni su estado de salud. ¿Por qué sé que está vivo? Lo he visto las dos mañanas anteriores a la ida al trabajo, pero en la primera estaba recostado y parecía fumar mientras que en la segunda rebuscaba en una de las bolsas de basura que debía haber recolectado de un contenedor próximo.

Pero hoy yace quieto, con un trapo que le tapa la cara. Estúpidamente me pregunto si en algún momento él se habrá cuestionado acerca de su identidad, si se habrá preguntado quién es, si habrá habido respuestas o el silencio más feroz se habrá adueñado de su ser. ¿Supone alguna diferencia? Después de alejarme de él cincuenta metros vuelvo la vista atrás y me pasmo con una interrogación: ¿a quién importa todo esto?


II. Toda una vida

En los tiempos que transcurren de predominio de la identidad hay resquicios que suponen un alivio frente a tamaño atosigamiento. Pero no es fácil. En primer lugar, hay que tener en cuenta que contestar a la cuestión de quién es uno o aceptar el encasillamiento que hacen los demás de uno es complejo. Más complicado aun es mantener cierta coherencia, hacer que el sambenito con el que nos movemos sea perdurable por un lapso no demasiado corto.

No son tiempos más arduos que otros. De hecho, esta cuestión del esclarecimiento de donde se está parado o del alineamiento con determinadas manías, sectas o grupos trascendentales es un asunto viejo. Se vincula con el origen de la humanidad. Posiblemente lo que sí es novedoso es el ruido que conlleva el proceso, consecuencia inevitable del mayor número de gentes que habitamos el planeta y del incremento abrumador de los altavoces comunicacionales al uso.

También es reciente la conciencia de la multiplicidad, es decir, del hecho de que hoy se tiene claro que se puede ser varias cosas a la vez, que las identidades no tienen por qué ser excluyentes. Sin embargo, hay cofradías que están empeñadas en defender la trascendencia, cuando no supremacía, de una única fórmula identitaria. Sea la raza, la religión, la lengua, la nación, el sexo -o la orientación sexual-, además de otras formas mucho más particulares del devenir humano.

Pero hay, así mismo, una inveterada tradición a vivir en el equívoco, en el terreno de lo indefinido. Se trata de existencias entre aguas donde la vaguedad se adueña de su sentido. Reivindican la imprecisión sin que signifique caer en la confusión. Hay congéneres que se sienten nerviosos ante ello, otros que tienen miedo, los más desean hacer borrón y cuenta nueva eliminando de raíz la anomalía que supone esa especie de disidencia. Los menos, aceptan la ambigüedad y callan o loan.

Lleva allí toda su vida. Conoce a los nietos, a los hijos, de aquellas parejas que llegaron hace 40 años al inmueble de quince viviendas. Apenas si ha habido cambios entre los inquilinos. Cultiva modales educados que amparan su actitud de servicio. Aunque hay unas ordenanzas municipales, su predisposición es permanente. A cualquier hora está disponible y tampoco suele tomar vacaciones. Todo parece explícito. Decenas de roles se entremezclan en el afán cotidiano. Él observa. Hace sus cábalas y su composición de lugar de quién es quién y qué pequeñas circunstancias modifican hábitos, introducen penas o alegrías.

Sabe que por mucho que pretenda conocer de aquellas andanzas todo permanece en el reino de lo ambiguo; sus vidas, la suya. Habida cuenta de su mutismo amable y de la coraza que fue construyendo a lo largo del tiempo, dejaron de preguntarle hace mucho cualquier cosa que no tuviera que ver con su quehacer preciso. Aunque cada mañana se viste con el uniforme, él siente que no es el portero, pero no sabe responderse a sí mismo quién es. Tampoco ellos saben que está en otro sitio.


III. Pureza de sangre

Es sabido que la historia se asienta en hechos fiables y cuyo nivel de constatación es incuestionable. Por el contrario, la memoria es algo distinto. En primer lugar, es individual, nada que ver con esa obtusa tendencia a hablar de memoria colectiva. Está vinculada con los afectos y las emociones. La historia aparece como inamovible, de manera que pocas veces se cambia salvo cuando hay evidencias sólidas.

Por el contrario, la memoria es voluble y siempre habla desde el presente y usa la primera persona del singular: “me acuerdo”. Aquella es el reino de las certezas, esta de la ambigüedad. Por otra parte, hay dimensiones radicalmente contrarias que empatan una con el mundo de lo oficial y la otra con el universo de los mitos. Algunos se imponen la tarea de conciliarlos, de construir un relato común que integre y que de forma a un proceso colectivo que, con fortuna, termine en un proyecto exitoso.

El sentimiento nacional es indispensable para entender la historia de, al menos, los dos últimos siglos de buena parte del mundo. Cómo se construye y qué efectos trae consigo es el tema de investigación de brillantes intelectuales como Pepe Álvarez Junco o Ramón Máiz. Los símbolos y sus relatos explicativos sacralizan determinadas ideas, primero simples, luego cada vez más elaboradas.

Aunar a individuos sueltos con historias dispares, sujetos anclados a un medio familiar más o menos extenso y a un entorno que crecía poco a poco e incrementaba su complejidad. Había que dar el salto hacia lo grupal estructurado de manera diferente a como habían sido las cosas hasta entonces. Pasar de la responsabilidad de uno solo a otra de carácter colectivo, de la dignidad de la persona a la de la colectividad. Del reconocimiento de una persona al derivado de su profesión, su estatus social.

Tiene 17 años y piensa que no podría vivir sin ese grupo con quien pasa todas las tardes. Aquí se llama pandilla, aunque en otros sitios se denomina cuadrilla o peña. Una actividad ambigua los reúne asiduamente. Su padre le cuenta que en su juventud lo que le unía con los suyos era el equipo de fútbol. Por el contrario, la madre dice que era el paseo y la charla con las amigas. En cualquier caso, ambos están contentos porque no se quede sin salir de casa como la hija del vecino.

Aunque sus amistades hacen bromas sobre su forma de ser y su opinión nunca cuente, entiende que tiene un espacio y que a la postre recibe un reconocimiento ajeno que no sabe precisar bien, pero que valora. Hoy le han pedido que haga algo cuya finalidad no comprende y que en su fuero interno le parece que está mal, pero sabe que no puede defraudarles. El riesgo de quedarse fuera y lo que ello supone es algo que no se plantea asumir. Tampoco es consciente, todavía, de que hay cosas que permanecerán indelebles toda la vida a partir de ese simple hecho de esta tarde.


IV. Hoja de vida

La nostalgia lo llevó a recordar su pasado, pero enseguida sintió que debía abandonar esa senda, pues era consciente que muchas de aquellas visiones eran simples manipulaciones. Nunca lo había vivido, pero se lo habían contado montones de veces. Habían insistido en ello frente a cualquier titubeo, a cualquier pregunta insidiosa.

Notó el abrumador peso de la duda que se abría siempre que evocaba aquel suceso, a pesar de tratarse de un hecho narrado sin fisuras, con una secuela lógica incuestionable y un final asumible, ejemplificador. No había discrepancia en torno al sujeto, al momento y a las consecuencias, pese a ello la ambigüedad que lo dominaba le obligaba a permanecer en silencio, incluso a no proyectar un solo ápice de asombro en su mirada.

Cree que ya no quedan testigos, pero eso no importa porque la verdad está asentada. Impertérrita. Dominante. Esclarecedora. No se trata de que haya un historiador que sea el amo del pasado. No es eso. Ni tampoco de la existencia de un escriba al que dictar su biografía autorizada. Su vida no da para tanto. No tiene que ver con ninguna historia oficial al uso. Es todo más simple puesto que se vincula con una hoja de vida que ha dejado de ser impersonal porque es un personaje público que solo da explicaciones cuando le apetece.

A nadie le importa el sentido profundo que tiene de su identidad ya que goza de aquella que los demás le dan y es favorable. Asimismo, le parece que el país, en pleno declive, puede estar iniciando el proceso de su desaparición. Los esfuerzos en pro de su construcción intelectual, y al alimón material, a lo largo de un par de siglos resultan ahora infructuosos. Por eso, más que nunca, era necesario fijar la imagen, sin duda alguna, sin matices.

Juega con un guiñapo de trapos que convierte en una muñeca o con un pedazo de madera deformada que siente que es un proyectil. Su espacio es un trozo de acera limitado por dos esquinas y una hilera de coches aparcados. Cuando se cansa se acomoda en una esterilla modesta donde siempre está sentada su madre con su hermano pequeño que todavía no anda. No es consciente del paso del tiempo, aunque distingue que durante buena parte de la mañana le da el sol y que algunas veces antes de oscurecer llueve.

No sabe si es feliz porque eso nunca se lo ha planteado, pero nota que pasa por momentos de tristeza que dejan atrás otros de alegría. Desearía que alguno de los niños que salen de la tienda de la mano de sus mayores se quedara un rato compartiendo sus juegos, ignora por qué sus miradas son fugaces. Hoy se ha dado cuenta de que en el platillo metálico que tiene su madre al lado de sus pies cruzados hay más monedas que otros días y piensa que eso es bueno. Nadie le ha dicho todavía que tiene una nacionalidad y lo que eso significa.


V. La identidad en un pañuelo

Los grandes cónclaves internacionales son atractivos mediáticamente. Concitan a los primeros mandatarios y provocan acciones de protesta de quienes se sienten completamente excluidos y discrepan de lo que aquellos representan. Por otra parte, su desarrollo se vincula con la complejidad del proceso de globalización en el que aceleradamente estamos inmersos. Las cumbres mundiales, sectoriales o de un limitado número de países, suponen puntos de inflexión en lo cotidiano al agregar tensiones entre los intervinientes. Al anfitrión le ponen a prueba su capacidad organizativa debiendo confrontar dificultades logísticas en su gestión; el mantenimiento del orden público, procurando que las protestas no sobrepasen umbrales mínimos de civismo, es sin duda la más relevante.

El denominado G20 es uno de estos avatares que celebró hace tiempo su encuentro en Buenos Aires. Mientras la ciudad se aprestaba a ser fortificada, el gobierno declaró festivo un viernes, cerró el puerto dos días antes y el Congreso aprobó una ley provisoria “de derribo aéreo”; los grupos anti globalización que en cuentagotas fueron llegando al país exhibieron músculo. Por su lado, intelectuales y académicos presentes en un foro latinoamericano celebrado simultáneamente al que por entonces asistí debatían sobre la urgencia para crear una internacional de los pueblos, proclamando la perentoria necesidad de orquestar propuestas contra hegemónicas a la vez que se denunciaba el carácter elitista y hermético de una cumbre alejada del pueblo.

El activismo en las denominadas redes sociales agita la conciencia de bien pensantes y de gente convencida de que hay que hacer algo frente al desastre del entorno, aunque no sepan qué. El calentamiento global, la transformación energética, los movimientos migratorios, las amenazas al comercio mundial, los flujos irrestrictos del capitalismo financiero, el papel desempeñado por la llamada economía de la materia oscura donde predomina lo intangible y lo simbólico, entre otros asuntos, configuran un dietario complejo que requiere atención. En frente, líderes políticos de cuño antagónico y representando a países con intereses nacionales prevalecientes sobre las cuestiones globales se dan cita para escenificar una obra con un guion confuso.

En la calle, donde los jacarandás florecían por doquier, sin embargo y aparentemente ajenas, muchas mujeres portaban pañuelos anudados a sus bolsos o a sus mochilas. Rara vez los traían en el cuello y nunca en la cabeza como las Madres de la Plaza de Mayo los llevaban blancos, reclamando saber dónde estaban sus allegados y también el fin de la impunidad.

Desde que estalló el clamor por la despenalización del aborto los pañuelos de color verde supusieron una señal pública de apoyo a la medida. La contrarréplica cristiana la dieron las portadoras de pañuelos azul celeste. Luego la floración cromática se adueñó de otras reivindicaciones. Al final, un colorido variopinto se ha hecho presente en las avenidas reivindicando un reclamo con que identificarse las más comprometidas.

Entonces, frente a los grandes desafíos de la Cumbre se exhibían como pequeños guiños identidades fluctuantes depositadas en la humildad de un trozo de tela cuyo color expresaba un deseo y una demanda de reconocimiento.