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Ha pasado ya tanto tiempo

De todo ha transcurrido mucho tiempo. Las referencias de lo que me importa y de lo que configura el marco en el que habitualmente me muevo superan raudales de años, de décadas. Mi memoria quebradiza puede recordar que han pasado más de 60 años desde que los abuelos eran los seres más maravillosos con quien uno se podía topar, desde que la Casa de Campo no era el frente de la guerra civil sino el paraíso de la infancia, desde que el tranvía renqueante subía por el Paseo con el traqueteo que avisaba de su llegada, desde que el colegio era un lugar próximo al que se iba a pie, desde que vi la primera película de cine, desde que el ruido del caer del cierre metálico de la tienda era la señal de que el día terminaba. Años en que la radio permanecía encendida todo el día en la casa y en que vi por primera vez el mar en Cataluña, cuando el silencio se imponía sobre temas que no entendía y fui por primera vez a la feria del libro y a ver un partido de fútbol con mi padre, en que la gente se dividía en “rojos” y en “nacionales”, en que dejé la casa donde había nacido. Hace muchos años desde que escuché las palabras currete o mocito.

Han sucedido más de 40 años desde que mis abuelos y mis padres murieron, desde que te encontré, desde que tuve la convicción de que la amistad era imperecedera, desde que conocí a Antonio, desde que por primera vez pisé el continente americano en Buenos Aires, desde que nacieron dos seres maravillosos, mis hijos, desde que estuve en los juegos olímpicos de Moscú, desde que tuve mi primer coche -un SEAT 127-, desde que llegué a vivir a la casa en la sierra. Años en que me equivoqué, en que entré a trabajar en el Banco y supe qué era aquello y que no era lo mío, en que me doctoré sin saber para qué, en que dejé de verte. Años desde que fui consciente de que no podría hacer otra cosa que dar clases, desde que, erróneamente, y, vez tras vez, quise que las relaciones de trabajo supusieran vínculos de amistad.

Han pasado más de 20 años desde que te vi por primera vez, desde que llegué a vivir en la casa del río, desde que dejé de verte y hablarte, desde que visité la mayoría de los países del otro lado del mar, desde que comprendí que no había salida, desde que intenté terminar el maratón algo de lo que finalmente desistí, desde que me engañaste, desde que supe que la universidad era el peor sitio de trabajo con excepción de los otros, desde que escribí aquel libro, desde que el correo electrónico reemplazó la correspondencia epistolar, desde que te engañé, desde que comprendí que el individualismo se imponía al espíritu de equipo.

Han corrido muchos años y la memoria falsea o imposta lo vivido. Comenzando por las fechas hasta llegar a las caras, desde los nombres hasta los instantes; a partir de las palabras hasta los silencios, desde las imágenes en color hasta las sombras en blanco y negro. Recuerdos que se engrandecen y mitifican, recuerdos que se solapan, recuerdos huidizos, recuerdos definitivamente olvidados que sólo existen en las memorias de otros que desconoces y que sólo de tarde en tarde se muestran reivindicativas. Rencores, traiciones y enojos frente a lealtades, conmiseraciones y afectos. Ha pasado mucho tiempo, tanto.

Según se sucede el tiempo se engrandece su legado y el énfasis en las décadas transcurridas certifica la solera de sus efectos. Pero todo se diluye y solo quedan líneas maestras que me equiparan con el resto de la gente. Nada es excepcional. Cualquiera puede replicar saltos similares cambiando un nombre por otro. En lugar de Antonio, Federico, en lugar de la Casa de Campo, el Retiro, en lugar de Buenos Aires, Londres. Todo configura una huella en pro de cierta trascendencia que se hace necesaria para dar un sentido al relato de lo vivido, pues si no el horror al vacío resulta insoportable. La tendencia a validar “los mejores años de nuestra vida” resulta, así, un ejercicio imponderable a la hora de señalar los momentos importantes, de suerte que siempre estén definidos por la raigambre que deja el paso de los años. Pero ¿cuáles son esos mejores años? ¿con qué criterio definirlos? ¿vale la pena? Un legado que, por otra parte, en ocasiones deprime por no haber logrado encontrar las claves fundamentales de la vida, aquellas que explican el sentido de la felicidad o las razones de la maldad.

Sin embargo, hay excepciones y no siempre los márgenes deben extenderse tanto para lograr que el transcurso del tiempo genere la huella que ahora hace mella para inspirar la demanda. Dos años puede ser, asimismo, un lapso en el que la reivindicación del paso del tiempo logre ser validada, aunque su mayor brevedad pudiera pretender restarle trascendencia. Tener, de este modo, la posibilidad de afirmar que también me importa lo acontecido, precisamente, desde entonces. Porque han pasado dos años desde que una mirada escudriña mis ojos como yo los suyos, desde que una mano trenza sus dedos con los míos, desde que una voz me llama con ilusión y afecto y unos oídos escuchan atentos mis reclamos y mis historias, desde que alguien está pendiente de mi existencia como yo de la suya, de mis desvelos y de los suyos. Dos años y toda la vida por delante.