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Gente

Seis grados de separación

Hay una sólida evidencia empírica desde las matemáticas de que basta con cinco relaciones para estar conectado con cualquier otra persona del mundo. Una cadena, por consiguiente, de seis personas es suficiente para abrazar al globo, para confirmar la tesis en la sorprendente ciencia de la conexión social de la vigencia de las redes y del reducido tamaño del número de nodos de éstas como articuladores de la feria humana. La idea, que data de hace más de medio siglo, alumbró la ficción y fue asumida en el teatro y luego adaptada al cine con el mismo título de Seis grados de separación en una película de 1993 con Will Smith y Donald Sutherland, entre otros. También estuvo en el origen de otras películas algo más recientes como Crash (1996) de Cronenberg, Magnolia (1999) de Anderson con Tom Cruise, o Babel (2006) de González Iñárritu, subyaciendo también en la serie televisiva Perdidos (2004-10). Ello, sin duda, avala que se trata de una idea feliz.

La globalización que ha llegado para quedarse, pese al repudio que levanta en amplios sectores sociales que lo expresan de muy diferente manera, ha trastocado también el sentido coloquial del uso de la expresión “de los seis grados”. Ahora resulta que esa magnitud es menor. Investigadores de Facebook en 2016 señalaron que los 1.590 millones de personas que compartían entonces dicha red social estaban separadas una de otra por una cifra que no era de 6 sino alrededor de 3,5 encontrándose en claro descenso por cuanto que cinco años antes, cuando el tamaño de usuarios era de la mitad, se situaba en 3,74. Es decir, hay un indudable efecto de aceleración del proceso de achique del mundo a pesar de que éste cuenta con mayor número de habitantes. Se me dirá, con acierto, que la conectividad existente es espuria, pero, replico, no más que la que pudiera darse antes. Apenas es cuestión de matices.

Este asunto combina muy bien con interpretaciones de la realidad sociopolítica que insisten en poner el acento en el peso del sentido de esas conexiones. En la facilidad con que, desde determinadas posiciones iniciales, se puede alcanzar el óptimo contacto deseado con la menor pérdida de energía posible y, no solo eso, con el mayor nivel de simpatía asequible que engrase el proceso de conectividad. Pongamos que hablamos de la trama. Sí hemos estado unos años buscando el significante vacío para terminar encontrándolo en una frase corta, pero lapidaria: “¡Es el poder, estúpido!”

Gente conocida

Hace poco leía un resumen de una investigación que sostenía que el promedio de personas que un individuo conoce a lo largo de su vida es de cinco mil. Era un estudio que tomaba en consideración la población mundial y cuyo resultado más llamativo lo constituía esa cifra. No obstante, en un apartado a mi juicio más interesante, el análisis abordaba el enclaustramiento de ese conjunto de relaciones bajo parámetros definitorios de un determinado estatus social, económico y cultural.

Romper el círculo de lo predecible para dar el salto y conocer a personas de diferente nivel económico, de otra religión, o que tienen gustos o hábitos distintos a los nuestros, es algo estadísticamente raro. Las afinidades electivas vienen de esta manera predeterminadas. Un fenómeno que no deja de ser ajeno a los cambios de casa que acometemos a lo largo de la vida. Aparentemente, pasar de un hogar a otro sigue un patrón de movilidad que respeta cierta previsibilidad en consonancia con el grupo matriz de procedencia.

Soy consciente de ser un outlier, es decir, alguien atípico que resulta de una observación que se aleja del resto de los datos. Quienes nos dedicamos a la enseñanza tenemos cierto sesgo pues tratamos con bastante gente y muchos participamos en programas aquí y acullá que traen consigo incrementar el número de personas conocidas. Además, los viajes habituales potencian las posibilidades de aumentar el elenco. Por otra parte, si se cruza el océano crece la incertidumbre, algo que dinamiza nuestra entropía. Hacerlo frecuentemente acrecienta el paroxismo pues se eleva exponencialmente el número de sitios donde residir y termina confundiendo también el propio sentido de la existencia. De esta forma, y como señalaba Joseph Conrad, el mar, como superficie que atravesar, “nunca ha sido amigo del hombre, como máximo ha sido cómplice de su inquietud”. Un desasosiego que conozco bien, pero que no afecta a mi supervivencia.

Ella ha entrado abrumada en mi oficina. Su aire de afectación me intriga. En diez minutos de tribulación me ha puesto al día. Procede de una sociedad donde la violencia lleva años arraigada. Allí la gente se conoce y sabe de sus avatares económicos, por ello todos conocían que acababa de vender la casa de su padre aventurando unos ingresos jugosos. Tras una nota demandando una suma importante siguieron llamadas que le advertían dónde estaban sus hijos y la ropa que vestían.

Un día en que regresaba del trabajo dos motocicletas se pusieron a su altura en un semáforo. La que se situó a su derecha estaba conducida por una mujer que le hizo un gesto simulando que disparaba. La que se colocó a su izquierda llevaba a dos hombres, el que viajaba en la parte trasera le mostró una pistola mientras que el conductor le recordaba que tenía hasta el lunes para la entrega del dinero. El domingo tomaron el vuelo que les sacó del país. Me dice que no desea conocer a nadie, vivir de incógnito, culminar el doctorado. Su edad ronda los cuarenta.

La pesadez de los leves

Farinelli espera todas las tardes a su ama para subir en el ascensor. Entra feliz en el piso donde Lu lo recibe con alborozo. Es una historia curiosa. Ella adora a los gatos y lo ha acogido haciendo arrumacos ante las protestas de su esposo que cree que dos son muchos. Viene de pasar buena parte de la jornada en el parque zoológico, un lugar modesto con el que el edificio linda. Cuando desea regresar, una vez en la casa, el guarda del inmueble abre la puerta del ascensor y pulsa el botón del quinto piso a la par que avisa por el timbre interno que el gato sube. Su ejercicio de salida es similar, cuando lo desea, entra al ascensor, se pulsa para descender y baja solo, con la suerte de que puede salir a la calle por una puerta con barrotes. Allí se encuentra a sus anchas y compadrea con los mapaches. El nombre se lo puso mi amigo porque al parecer estaba castrado, algo que ahora resulta incierto pues la gata Lu está preñada.

El embajador volvió a tocar la campanilla porque, durante la cena, Pulgarcito afilaba con fruición sus uñas en las patas del mueble de caoba que había traído de Indonesia. Se trataba de pedir discretamente al mayordomo que lo sacara de allí. El protocolo impedía que él mismo lo hiciera. La velada era particularmente interesante ya que había invitado a tres prominentes intelectuales del país con quienes quería intercambiar algunas ideas acerca de publicar en una editorial universitaria local el libro que acababa de terminar sobre relicarios del siglo XVII, periodo en el que se decía experto. El taimado investigador de la Universidad pública con el que venía negociando la publicación se resistía a ello y solo el apoyo de los comensales de esa noche podía torcer la decisión. Pulgarcito no solo podía arruinar su arcón sino evidenciar ante los invitados su falta de esmero por permitirle campar a sus anchas entre tanta reliquia.

Farinelli, Lu y Pulgarcito se ven de vez en cuando asomados a sendos ventanales que comparten frente por frente uno de los patios del edificio donde viven mis amigos y el embajador. La indiferencia define una escena que, sin embargo, inquieta al plenipotenciario que llama cada dos por tres a mis amigos reclamando que sus gatos hostigan al suyo. Falto de otro cometido en la embajada y terminada su ardua investigación que era determinante para su permanente vanidad, vigilar a los gatos vecinos y reprimirles es la tarea que más encono le produce. Más todavía por el hecho de que algún día al esperar al ascensor para subir a su piso se ha encontrado con Farinelli saliendo. Esa actitud contra natura de un gato díscolo que se ausenta del hogar a su antojo le provoca un enfado mayúsculo. No obstante, fiel a la obligada templanza diplomática no es sino al llegar a su apartamento que reclama al mayordomo que ponga orden en la casa.