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Gatos

Desde que tengo uso de razón siempre ha habido un gato rondando la casa en la que he vivido. Sin duda alguna es el animal con el que más rato he convivido ya que mi relación con los perros se limita a las dos últimas décadas. La excepción han sido los momentos en que he estado alojado en un piso o fuera del país. En las casas del Paseo de Extremadura, de Galapagar y de Villagonzalo la presencia de los gatos fue una constante. Cierto que en muy pocas ocasiones durmieron dentro de las viviendas, porque las amas de casa de aquellos tiempos eran reacias a ello por razones vinculadas con la salubridad, pero su dependencia alimenticia, su deambular por el jardín, su zalameo entre las piernas, sus siestas en el sillón de mimbre, su maullido extemporáneo que no atiende a razones, su mirada con los ojos entreabiertos desde cualquier ventana, su ronroneo al aproximarse a la gente, fueron permanente compañía.

Según tengo entendido, en la actual era digital las imágenes de gatos constituyen uno de los principales reclamos en las redes sociales con millones de seguidores que gozan de los gestos, las poses y los atuendos con que son fotografiados, pero más aun de las escenas curiosas, también jocosas, de ternura ilimitada, de imaginación desbordada, de ironía capciosa. Los gatos asimismo tienen una presencia enorme en la literatura como protagonistas y no solo en el ámbito de la narrativa infantil donde cuentos como ”El gato con botas” gozan de gran solera o el papel estelar del gato de Cheshire en Alicia en el país de las maravillas. En el cine infantil Los aristogatos, como antes el drama de La gata en el tejado de zinc o las breves secuencias que constituyen auténticos hilos policiales que protagoniza el gato en El tercer hombre son memorables. Son ejemplos muy ricos de su deambular en el contexto cultural en el que nos movemos.

En su papel como animales de compañía los gatos lo son por excelencia desde tiempos inmemoriales en todas las culturas. Su antagonismo con los perros es proverbial dividiendo a la gente según su preferencia, pero creo que el debate está saldado porque si se habla con frecuencia de “un día de perros” para definir un mal escenario no se dice algo similar a propósito de los mininos. Solo su carácter impredecible y supuestamente traicionero que los lleva a usar sobre todo las uñas, cuando no sus afilados colmillos, en situaciones imprevistas los hace tener mala prensa. Se dice entonces que no son de fiar, que son ariscos, que no atienden haciendo una lesa malinterpretación de una de sus características más relevantes: su independencia. También su carácter solitario, su individualismo, los hace perder puntos frente a la ensalzada lealtad perruna que se invoca en la siempre presente loa al “animal más amigo del ser humano”. El errático comportamiento en sus costumbres los hace imprevisibles pues no tienen horarios de sueño ni hábitos permanentes. La noche es su momento perfecto, la depredación de todo bicho que se mueve cuando “todos los gatos son pardos” es su conducta imperecedera.

Observo a la gata tumbada en el sofá. Duerme profundamente, pero si me levanto seguirá mis pasos. Ignoro cómo se acostumbra a mi vida errática, a los largos periodos de soledad en los que solo el vecino aparece una vez al día para echarla de comer. Cuando estoy en Villagonzalo siempre procura estar cerca de mí o, al menos, tenerme controlado. Sentado en la mesa donde suelo trabajar ella ocupa una silla al lado donde tapada por la mesa que la cubre goza de largos sueños. Desde la pandemia entra en la casa, pero por la noche la encierro en una galería o en el garaje en función de la temperatura exterior. Nunca la he dejado que duerma conmigo. Raras veces la hablo salvo cuando le doy los buenos días y no juego con ella por lo que no puedo confirmar el dicho de Montaigne que señalaba que cuando jugaba con su gata se preguntaba “¿cómo sé que ella no juega conmigo?” Así las cosas, ¿cómo me soporta? Tengo amistades que me han dicho que se la llevarían consigo incluso hasta el otro lado del Atlántico, pero no lo acepto. Está en su casa e intuyo que es feliz. Pero ¿qué significa ese término aplicado a un animal? Desbarro, mejor dejarlo estar.

Leo en algún sito a guisa de interrogación si un escritor sin gato es un ciego sin lazarillo. La pregunta me deja pensativo porque pareciera que el carácter solitario e individualista de los felinos hiciera que los escritores se sintieran identificados con ellos gestándose una especie de alianza entre seres completamente libres. No sé si es mi caso. Tampoco estoy seguro de ser un escritor, pero sí alguien con sendas características personales. Recuerdo que Julio Cortázar y muchos otros tenían muy presente a su gato. No había pensado en esa condición de camaradería pues más bien lo que mayor perplejidad me causa es lo que mi nieto puede construir en su imaginación al evocar a este animal. Sin embargo, hoy siento una necesidad ineludible de rendir homenaje a esta compañera de fatigas que es Kumiko que ayer sin ir más lejos hizo de anfitriona en un acto social celebrado en mi casa comportándose como tal entre quienes vinieron, mostrándose afable, curiosa y atenta. Evidenció que su porte, que no dejó de ser el centro de conversación durante un rato, va más allá de su condición gatuna genérica para configurar la evidencia de una existencia real que no es efímera y cuyo sentido va mucho más allá de estas palabras.