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Frases hechas

La mayoría silenciosa

Hay términos que repentinamente dejan de ser usados. Las razones de ello no solo están en las modas que dominan el mundo intelectual. En ocasiones hay plena justificación. Ambas cosas me parece que ocurre con esa fórmula acuñada en el momento álgido de la sociedad de masas, del imperio de la democracia electoral y de sus concomitantes sondeos para conocer la opinión pública. La mayoría silenciosa era también la proyección del votante mediano en una política de grandes consensos y de equilibrios que tejían una malla de seguridad con relación al progreso, al mercado y al bien común.

No obstante, ese marco se devaluó poco a poco por motivos inherentes a la desvertebración de las mayorías que terminaron gestando grupos diversos, a veces antagónicos, pero, en buen número de casos escasamente dispuestos a colaborar. Además, el silencio se quebró por los diapasones de las redes sociales, del activismo virtual, de manera que si algo no sobraba eran las palabras. Ello condujo a hacer obsoleto la susodicha soflama.

Ivan Krastev en su libro de 2019 con S. Holmes La luz que se apaga: Cómo Occidente ganó la Guerra Fría pero perdió la paz realiza un trabajo significativo para entender la presente situación en la que el sujeto principal es el ciudadano paranoico agobiado por distintas teorías de la conspiración que desempeñan el papel que antes tenía la ideología. En ese sentido, ahora aparecen dos constricciones de enorme calado que giran en torno a la tensión configurada entre el orden global que se resiste a consolidarse y el orden nacional que aguanta más de lo que parecía. Ello se da en un ámbito político que “se ha metido en una realidad virtual en la que nadie responde de sus actos, la gente cree que todo el mundo miente, existe una especie de cinismo generalizado, y esto hace que Trump funcione y que la gente le vote independientemente de lo que diga. Eso no funcionaría si tuviera que responder por no haber hecho honor a la verdad”.

La restauración de las fronteras, algo a lo que la crisis del coronavirus contribuyó momentáneamente hasta un nivel poco predecible con anterioridad, según Krastev y Holmes, puede suponer que hay dos opciones para que funcione la utopía liberal clásica: “o se abren [las fronteras] y la gente puede moverse, lo cual significa que hay una comunidad política sólida, o bien todos los Estados del mundo van a ser unos lugares tan fantásticos que nadie va a querer salir de su país”. Lo cual significa un nuevo golpe a la gestación de un consenso mayoritario que, además, enturbia el propio concepto de ciudadanía, pilar básico sobre el que debería construirse aquella. Como el autor búlgaro y su colega señalan, “la decisión más importante que toda comunidad política tiene que tomar es quién es de los nuestros y quién no lo es”, esto es “el derecho más importante en toda democracia es el derecho a excluir, a decidir quién no puede ser miembro de tu comunidad”. Así las cosas, se entiende por qué hoy no se habla de mayorías silenciosas y cuando se habla es con un claro sentimiento excluyente.

Guardar la distancia

¡Cómo no recordar esta vieja expresión! Tan anclada en nuestro más funesto acervo, tan parecida a aquel “usted no sabe con quién está hablando”. Había distancia porque se sabía claramente quién estaba encima, reducirla era una actitud imposible. Se guardaba con la mirada, – “¿qué mira usted?”-; con la palabra, – “tráteme de usted”; con el gesto sumiso. También había distancia entre personas iguales: se pedía que existiera entre las jóvenes parejas en el paseo o en el baile –“¡que corra el aire!”-. El aprendizaje en la familia era consecuente con el complementario adoctrinamiento en la iglesia y en la escuela.

No era una cuestión de respeto, se trataba de educar en la obligación de mantener una clara separación para que no hubiera equívoco acerca del lugar en el que uno no solamente estaba ubicado sino del que debía permanecer sin aspiración de cambio. Solo para el común, en el caso del paso por el matrimonio, los cuerpos podrían juntarse. Luego las cosas fueron cambiando lentamente. El tuteo se impuso al menos en las formas, los cuerpos se acercaron y la denominada democratización social se extendió por doquier. La ingenua igualdad traspasó los viejos convencionalismos y de pronto la democratización de los usos y costumbres estaba aquí.

Soy consciente de que juego con un dicho que descontextualizo. Durante la pandemia la distancia a guardar conllevó una dimensión diferente: profiláctica, urgente, necesaria. Se dijo que temporal, aunque otros advirtiesen que dejaría secuelas en los comportamientos. Era extraña a la supuestamente añeja divisoria social, a la segregación como pauta de vida. A primera vista pareciera que se trata de una treta tramposa en mi argumento. No es eso. Son resabios pretéritos. Las palabras acumulan significados que son legados del tiempo. Tardamos en reacoplarlas al presente, pero su pasado siempre permanece.

Sin quererlo, surge el recuerdo de otra expresión, ¿infausta?: la de “malas hierbas”. Aplicada a las que estropean el armónico perfil dibujado del jardín ideal, del parque racionalizado que repudia lo agreste, que rechaza lo que crece anómalo a la visión ordenada del jardinero o del público ilustrado exigente. Proyectos que requieren de manos diestras expurgatorias que saben a conciencia qué herbaje eliminar o del siniestro herbicida que asola indiscriminadamente. Sentencia tan propia, por otra parte, de épocas en las que lo que se quiere extirpar son aquellos elementos incómodos del orden social que por su especial dinamismo son ajenos a la norma.

Las malas hierbas ignoran que deben guardar la distancia de aquellas que definen el sentido del parterre. Es la cercanía que mantienen con las titulares, su promiscuidad a la hora de solapar el espacio perfectamente acotado, su desordenada atemporalidad, lo que define su carácter pernicioso. Ignorantes de su afán, crecen sin límite año tras año, conscientes de que “hierba mala nunca muere”, para desazón del jardinero; como le ocurre al ingeniero social con el colectivo de los asociales, aquellos que se inmiscuyen donde no deben, que no reparan en que el lugar que les corresponde requiere guardar distancia.

No eres de aquí

De vez en cuando me vienen a la memoria frases evocadoras de enigmas que tardé tiempo en resolver. Una de mis favoritas la profería de vez en cuando mi madre tras despedir a las visitas dominicales de los parientes del pueblo de la abuela: “estos han entrado en Madrid, pero Madrid no ha entrado en ellos”, sentenciaba.

Con la emigración interior iniciada a mediados del siglo pasado se fue transformando la brecha que dividía a la gente de las ciudades de quienes procedían del mundo rural. En Madrid era más aguda pues los isidros confrontaban al resto con el denuesto genérico de paleto. La razón estribaba en la supuesta superioridad citadina por el goce de comodidades y el acceso a determinadas actividades que no se daban en los pueblos. Existía también el efecto del goteo del centralismo con sus prebendas y oportunidades, así como el acceso a la información que generaba la sensación de estar más al loro.

Esta es una situación nada particular. Todo lo contrario, su universalidad es elocuente. Se encuentra en el nivel grupal más reducido como es la familia o el grupo de amigos donde los límites definitorios son meridianos y los lazos de pertenencia son tan diferentes como la consanguinidad o el afecto. También se registra en comunidades definidas por propósitos bien distintos en torno al trabajo, la religión o el ocio y los subgrupos que puede permitir su desarrollo.

De modo más artificial, pero sin que ello quiera decir que sea menos eficiente, se da en formas políticas establecidas a lo largo de longevos y complejos procesos que tienen el apelativo de históricos. Repúblicas, consulados, monarquías, imperios, estados, …, configuran el variopinto elenco. Todas son funcionales para alcanzar determinados objetivos sin dejar de lado condicionantes como la geografía concreta, el clima, el número de individuos, el acceso a los alimentos, …, cuestiones todas que han ido evolucionando e interactuando paulatinamente.

Sin embargo, en todas las circunstancias hay un elemento que está presente y sobre el que se sustenta cualquiera de dichas construcciones. Se trata de la definición precisa de la pertenencia en virtud de tener muy claro quién es de afuera. Hay un mecanismo ancestral de gestión del miedo que resulta definitivo para entender el espanto que genera la presencia del foráneo. Diferente al que pudiera producir el asesino que habita en la tribu, el vecino mentiroso compulsivo que trastoca la convivencia o la usurera que medra sobre el débil.

Ser de afuera conlleva mantener un estigma de por vida en innumerables situaciones. Se puede llegar a domesticar el acento, apropiarse de los hábitos más vernáculos en las festividades, las comidas y el comportamiento general. Asumir, en fin, la forma de pensar, los valores del sitio. En un determinado momento de la vida, se logra confundir a los demás, pero quien es de afuera está al corriente y en la oscuridad de la noche sabe muy bien que la ciudad no ha entrado en él y que es el virus del otro. Es la irresoluble contradicción que todos acarreamos por cuanto que no podemos definir nuestra identidad hasta que no la confrontamos con otras.