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Fotos

Desde hace cuatro años en mi teléfono se almacenan 3.800 fotos. Se han acumulado casi mil fotografías al año. No me hago a la idea si comparativamente con otros móviles son muchas. Pero sé que es una cifra elevada. Estoy seguro de que desde que hice mi primera foto, posiblemente cuando tenía doce años, hasta que cayó en mis manos este aparato llamado inteligente no había hecho tal cantidad. Seguro. En cuatro años he realizado más fotos que en 55 y, además, algo que me impresiona sobremanera, ahora están guardadas, ordenadas por fechas y etiquetadas en función del sitio donde fueron tomadas. Fundamentalmente se trata de paisajes, de objetos, apenas hay rostros. Una especie de álbum personal que rivaliza con los tradicionales superándolos, aunque aquellos tuvieran el oropel de lo encuadernado y el hálito entrañable del círculo familiar o el de las amistades.

Todo ello sale a colación cuando busco en mi casa unas fotos de hace más de cuarenta años que recuerden una efeméride a cuya conmemoración he sido invitado. Después de tantear en balde primero estanterías y luego cajones en donde pensaba que podría encontrarlas reparo en la existencia de un archivador metálico arrinconado en el garaje depositario de un sinfín de evidencias estériles de un pasado ya remoto. Sí, allí están desordenadamente alojadas en una carpeta. Hay un par de centenares, pero pronto me doy cuenta de que no están todas las que difusamente configuran mis remembranzas. Es posible que las que faltan estén en el “baúl de los recuerdos”, una figura nada metafórica sino bien real que constituye una maleta arrinconada en el sótano que me niego a abrir porque sé que allí puedo encontrar demonios del pasado que no deseo soliviantar.

Las fotos ahora en mis manos desfilan una tras otra suscitando una secuela de evocaciones que me confunden. Su súbita aparición desata imágenes paralelas en mi mente que complementan el escueto enunciado de los retratos. Algunas tienen anotaciones en el dorso del lugar, la fecha, los nombres de las personas sacadas. Hay situaciones que recuerdo bien, otras son un misterio pues los individuos que aparecen construyen escenas insondables; gente cuyos gestos de pronto interpreto de manera diferente a la exposición canónica e incluso descubro la doblez en su mirada, la sonrisa mezquina, el matiz irónico. Pienso en la necesidad de expurgar aquello, de dejar una pequeña muestra, pero no lo hago. Apenas si cambio de lugar la carpeta retirándola del archivador para colocarla en un mueble más entrañable.

Ha pasado un rato y la cabeza no deja de bullir máxime cuando sé que frente a todo ese cúmulo hoy existe tecnología por la que puede ser reproducido configurando relatos fotográficos al gusto y a la medida de las querencias de cada uno. No es solo la simple falsificación de lo que fue sino la invención de lo que nunca se dio con personas que tuvieron un papel real y que estuvieron en el escenario capturado en un lapso u otro. Es la amenaza de la invención de ese pasado que parecía adquirir un valor notarial. No obstante, no es eso lo que comienza a agobiarme. Por el contrario, son dos emociones complementarias. La primera está provocada por la ausencia de imágenes de personas que deberían estar y no es así. La segunda, al contrario, la suscita la gente cuya presencia me obnubila y cuya imagen se alza poderosa frente a mi mirada reivindicando que una vez significaron algo en mi vida aunque yo quisiera cancelarlos.

Aprehender la realidad, encapsularla en dispositivos que han ido evolucionando vertiginosamente a lo largo del tiempo por un goce estético, una pulsión que desea guardar el momento, evidenciar lo que pasó. Todo el mundo lo ha hecho siempre aunque hoy sea diferente por la sencillez en su ejercicio, la economía en su desarrollo y la facilidad con que se comparte haciendo de su uso un mecanismo de comunicación permanente insoslayable. Por ello esas fotos en blanco y negro o en color desleído arrinconadas en la gaveta constituyen evidencias de naturaleza diferente. El paso del tiempo traza sobre ellas una marca que termina haciéndolas una mezcla rara de testimonios falsarios, promesas quebradas y, también, recuerdos entrañables. Todo un argumentario para encauzar la melancolía, la reivindicación del olvido y seguir dejando en suspenso, pendiente de un hilo cada vez más frágil, la supuesta historia personal de uno.

Los tiempos cambian y acorde con ellos las fotos en la actualidad tienen un contenido con un sujeto que obsesivamente se reproduce día y noche, con distintas posturas, en diferentes perfiles, adecuadas a una vestimenta cambiante, a un maquillaje en su caso distinto, a la intensidad de la luz del día, a la pulsión del instante. Existe una obsesión permanente por capturar el momento único en que la persona aislada da testimonio de una vivencia exclusiva que de inmediato hace llegar a los demás. Inmersa en una soledad que no desea que sea lacerante la imagen que constituye el denominado selfie pretende trascender definiendo una pose de supuesta autenticidad donde la alegre autosatisfacción sea la nota dominante.

El verbo que se utiliza es el de compartir; algo nada más lejos de la realidad pues de lo que se trata es de llevar a cabo una exhibición unilateral. Una muestra que será fugaz, que no tendrá el componente viejuno de aquellas imágenes en papel aun amarillentas que el tiempo respeta razonablemente y que uno, cuando las descubre, queda perplejo. Ahora todo se desvanece en un fluir constante de imágenes que desfilan ante nuestros ojos mostrando algo que nos ha llegado sin pedirlo y que en el fondo y sinceramente nos da lo mismo. La retina pronto se desinhibirá y apenas si quedará un guiño, un espasmo que impedirá cualquier atisbo de emoción. Aunque se diga que la palabra resulta humillada por la imagen siempre nos quedará aquella. ¿Seguro?