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Estaciones equívocas

No es una cuestión de grados de temperatura en relación con el promedio anual, ni de persistencia de la intensidad de las nevadas o de la presencia de las nieblas. Tampoco tiene que ver con el calendario, sea este el que rija según qué hemisferio o de acuerdo con la proximidad a los trópicos. Menos aún con la laboriosidad que trastruecan determinadas especies pasando de un estado de hiperactividad a otro de quietud casi plena, o de cambiar la naturaleza de los quehaceres saltando de los caseros a aquellos que se desarrollan en el exterior. No. Es algo más complejo lo que me acontece cuando pienso en el invierno, ahora que, al menos en el hemisferio norte, nos encontramos técnicamente cerca de esa estación aunque el calor no deje de asolar los días. Porque las estaciones, con independencia de atender a pautas astrológicas explicativas de la relación entre el planeta en que vivimos y el resto del universo, son también producto de una construcción cultural.

El legado de siglos y de millones de experiencias humanas destila una manera de entender el entorno y de dar significado a las cosas que acontecen. Pero así mismo cada uno lo filtra de conformidad con el desarrollo de su vida de modo que configura su peculiar calendario, con su significado y sus hitos particulares no siempre parejos al desenvolvimiento del clima. Se trata de una ordenación secuenciada del tiempo que fija sus avatares al buscar cierta previsibilidad, una orientación en la maraña del acaecer. Los hábitos se amoldan a lo que toca. Las expectativas se validan como debe ser. A veces la anomalía se ve justificada explicando el sorprendente acontecer. ¿Por qué una tormenta en enero? ¿Por qué días de octubre con más de 30º? Además, en su peculiaridad, el invierno configura el postrer estadio, la etapa de lo que pareciera estar a punto de su final. Aquella estación terminal de la que ya no hay regreso donde la primavera es una quimera.

Sin embargo, eso no es así para quienes la calle es su único espacio haciendo del paso subterráneo o del portal de la casa el lugar donde guarecerse; en busca de futuro se lanzaron al océano en pateras sin que algunas llegaran a su destino; habitan en viviendas precarias donde se interrumpe el suministro de la luz. El invierno es también equívoco para aquellos mayores ingresados en residencias que nunca reciben visitas y a quienes el frío recluye día tras día.

Es frecuente encontrarse desde hace apenas un puñado de años con la expresión “zona de confort”, que alude al entorno en que individual o grupalmente las personas hallan equilibrio y seguridad, satisfaciendo sus expectativas. Durante mucho tiempo el invierno en ciertas regiones del globo terrestre no formaba parte de ese tipo de espacios. Al contrario, la inclemencia del clima, la falta de luz, la parálisis de la vida vegetal, hacían de esos meses un periodo inhóspito que debía quedar rápidamente atrás pues de lo contrario era el imperio de la muerte. El éxito de las políticas de bienestar mitigó esta situación, primero, y, seguidamente, la trastocó convirtiéndola en una estación vivible. Una gran mayoría entró en una zona de semi confort.

Hace un cuarto de siglo se expuso que la tecnología en la comunicación conseguiría que la localización fuera cada vez menos relevante para la vida laboral y las relaciones personales. La promesa supuso un señuelo para mitigar los efectos de ese desamparo invernal o de la inclemencia de las estaciones lluviosas. Una visión lejos de cualquier consideración futurista repleta de escenarios distópicos y apegada a una realidad que, sin embargo, no terminó de avanzar; posiblemente porque el grueso de la actividad económica estaba concentrado en ciudades exitosas que atraían la aglomeración de trabajadores con talento. Los contactos productivos entre ese tipo de personas crecían exponencialmente gracias al grado elevado de conocimiento habido en cada plaza. Todo ello se nutría además por la rica oferta cultural y de servicios que anidaba en urbes como San Francisco, Nueva York, Londres, Tokio o Sídney.

Bastó un virus moviéndose aceleradamente por el mundo para que el escenario cambiase y la estigmatización del trabajo en casa desapareciese, así como que las reuniones familiares y de amigos remotas cobraran un cariz peculiar con brindis a través de la pantalla del ordenador y largas charlas entre abuelos y nietos. El invierno y el verano así mismo quedaron relegados; en la indiferencia del hogar no había estaciones.

De pronto, también los viajes aéreos quedaron apartados como una antigualla en la que vivía gente neurótica ansiosa de hacer el contacto oportuno que le condujera al negocio del siglo o de gozar una experiencia única en un supuesto paraíso a punto de ser esquilmado por la voracidad consumista. Las horas de atasco en las entradas de las ciudades embutida la gente en el coche escuchando las noticias por la radio se trastocaron; el tiempo transcurrido en el tren suburbano mal leyendo la última novela de la escritora favorita, cuando no interactuando febrilmente con el teléfono, se eclipsaron. Todo se convirtió en momentos de trasiego en ropa deportiva de una habitación a otra de la casa, con la taza de café en la mano mientras se desarrollaba la reunión del equipo de trabajo en la que se diseñaba la próxima campaña.

Las consultas se sucedieron, las entrevistas dieron paso a nuevas reuniones y estas a búsqueda de datos en archivos que se recibían escrupulosamente cada cierto tiempo. La enseñanza incentivó nuevas formas de interacción entre docentes y discentes, así como entre estos últimos al configurar pequeños grupos de estudio. Las estaciones perdieron su rutinario significado y, sobre todo, la extremidad del invierno y la del verano se desvaneció.

En un lapso de medio año las cosas cambiaron radicalmente para cierta parte de la humanidad mediante mecanismos que estaban ahí y que muy pocos eran conscientes de su vigencia. El impacto en lo gestual proyectado en numerosas pantallas fue enorme. Los nuevos hábitos construyeron formas de vida y de relación inopinadas. Algunas personas quedaron atrás. No solo la edad constituyó la razón del corte. El colapso de la distancia fue momentáneamente el ocaso de una determinada forma de vida pues era muy probable que ciertos trabajos fueran a desaparecer definitivamente, así como formas de relación, y en el fondo de existencia, cuya ejecutoria dejaba de tener sentido.

La desaparición del trecho que separaba a la gente, pero que en sí mismo suponía un lazo de unión parecía ser también el fin de un mundo, el desvanecimiento de sólidos patrones de acción, el ocaso de una manera de entender las relaciones humanas y su sustitución por pautas de vida configuradas por burbujas asépticas, ingenuamente autosuficientes y engañosamente soberanas. Cuando las estaciones a fin de cuentas volvieron a recobrar su significado canónico la confusión climática, latente e ignorada, despertó un nuevo equívoco. Además, las cosas nunca volverían a ser como antes, como siempre se dijo.