Saltar al contenido

Esencialismo

Hay modas intelectuales que terminan configurando el guion de una secta. Quienes las profesan acaban ingresando en cofradías en donde alcanzan un nivel de confort mínimo, reciben reconocimiento y sus supuestos gozan de una seguridad incólume. Se arman de una jerga altisonante sobre la que construyen una atalaya de superioridad moral. Desde allí disparan a diestro y siniestro, descomulgan al personal y, me imagino, satisfacen su incuestionada autoestima.

A estas alturas de mi vida me he topado con unas cuantas y he tenido tiempo para verlas languidecer hasta alcanzar la irrelevancia plena. Solo unas pocas mantuvieron en su marginación cierto decoro, ciñéndose a aspectos muy particulares del conocimiento y relajando su pretensión universalista de querer explicar y dar sentido a la vida de principio a fin. Me refiero al sanedrín de ese campo tan florido que representan los estudios poscoloniales.

Escuché una intervención radical y supuestamente crítica en un seminario internacional a alguien joven cuya nacionalidad ni su procedencia académica importan al caso. Su parlamento militante estuvo lleno de una veintena de palabras que repitió una y otra vez en orden diferente para articular su posición. Su propósito era transmitir a la audiencia una visión del estado de las cosas apegada a su disciplina con una ponencia que leía y que llevaba por título “pensar la comunicación”. Nunca hubo una contextualización de lo que expuso, ni la más mínima referencia a algo concreto. Las palabras se sucedieron sin que yo lograse captar ningún hilo conductor.

Colonial, occidental, deconstruir, eurocéntrico, nosotros, hegemonías, decolonización, epistemología, resignificar, subalternidad, otredad, plurinacionalismo, hechos sociales, patriarcalismo, pensamiento crítico… fueron los términos que se encadenaron en una soflama estéril que se enredó sin solución de continuidad. Los gurús, los habituales: Derrida, Mignolo, Spivak, Dussel, Boaventura. Culminó con la que a mi juicio fue la joya del elenco para definir que quienes no estaban en su iglesia padecían de ¡soberbia epistémica! Broche con el que calificaba a buena parte de los denominados positivistas que habíamos hecho presentaciones antes. El resultado de aquella palabrería para mí fue devastador, no solo recibí la excomunión, sino que lo poco que capté me incomodó por su verborrea sesgada y, sobre todo, su simplismo dualista de buenos y malos.

Al finalizar la exposición en el turno de ruegos y preguntas intervine. Más que inquirir a quien hizo la exposición me dirigí al medio centenar de asistentes silentes a quienes interrogué para que levantasen la mano quienes no llevaran consigo un teléfono móvil. Únicamente dos personas lo hicieron. Entonces requerí al auditorio: “¿nadie aquí estudia el significado hoy de este tipo de colonización universal?”, una pregunta retórica que recibió el silencio por respuesta. Mis pasos de regreso al hotel los hice junto con alguien mayor que yo que rompió el silencio para compartir conmigo su decepción: “llevan cuarenta años diciendo lo mismo”, sentenció con expresión turbada, y añadió con pesadumbre: “lo increíble es que capten a gente tan joven que no se cuestionen nada y abracen sin más ese esencialismo vacío”.

Por ello no me resulta raro que, sabiendo lo que pienso, mi amiga insista en que debo acompañarla a una sesión. Ella me dice que una sola vez bastará para convencerme y que todas mis incertidumbres vitales se verán reconducidas. No se trata de un ejercicio más de yoga dirigido por alguien experto en nuevas técnicas que acaban de llegar a la ciudad, tampoco tiene que ver con prácticas vinculadas con respirar mejorar, menos aun con esa pijería de moda del mindfulness. Es algo especial que según ella cambiará mi vida, una enseñanza a medio camino de principios anclados en la sabiduría oriental integrados con experiencias de sanación ancestrales de comunidades originarias que llevan más de quinientos años resistiendo. Según ella ha encontrado el equilibrio que sigue en la línea del legendario “ho’oponopono”, trascendiéndolo: “lo siento, perdóname, gracias, te amo”.

Por otra parte, un amigo que en otro tiempo fue cercano llevaba días queriendo tener conmigo una conversación “en profundidad”, como dice. Últimamente le había perdido la pista. Pensaba que, una vez más, estaría de viaje afanado en sus negocios. Pero no, resulta que está vinculado con una comunidad religiosa. En ella hay retiros frecuentes con actividades que van desde la lectura conjunta de textos sagrados a oraciones grupales tras la escucha atenta de sermones inspiradores. Todo ello va unido con algún activismo social. Siente que ha cambiado radicalmente su vida para bien y quiere que lo piense y que vaya con él a la actividad del sábado para evaluar mi posible incorporación. “Vuelve a tus raíces”, me dice con una sonrisa enigmática, “llevas mucho tiempo descarriado”.

Así las cosas, mi otra amiga con la que hace años solía quedar para participar juntos en aquellas primerizas carreras populares, sigue corriendo todas las semanas no menos de 50km. Normalmente lo hace seis días en los que durante una hora como mínimo bate las calles de la ciudad rodeándola gracias a las nuevas sendas abiertas para las bicicletas o llega a pueblos vecinos. Con una infusión en sus manos me dice que debo volver a correr. Cree que mis quebraderos existenciales se esfumarían si así lo hiciera, que recuperaría el necesario tono muscular, la alegría en la mirada y que, además, encontraría inspiración para abordar los problemas del trabajo o de la convivencia cotidiana. “Correr despeja muchas dudas, el ejercicio me abre horizontes. Cuando regreso a casa siento que he cargado las pilas”, expresa.

La salvación es un asunto viejo. Algo que afecta a la humanidad desde sus albores. Quizá porque tenga que ver con la trascendencia o, simplemente, con la búsqueda de cierto equilibrio que permita sentirnos bien. Casi siempre las recetas para conseguirla han sido patrocinio de profesionales del amparo movidos por el lucro, la vocación o, eventualmente, por azar; en otros, las guías de autoayuda han imperado. A veces se ha impuesto con sangre, otras mediante el convencimiento, incluso a través de la especulación individual. Mi más viejo amigo me dice con la vista perdida no sé dónde que no quiere salvarse, que hace muchos años que dejó el avatar de la superación, que relegó a un rincón la importancia de su vida.

En esta línea, no me extraña que mi amiga me escriba alucinada porque acaba de hacer algo que nunca pensó que haría. A resultas de haber sido nombrada por el partido en que milita Vocal Vecina, un cargo muy poco conocido pero relevante y de vital importancia para hacer que la democracia tenga un sentido más ciudadano, la semana pasada tuvo que prometer lealtad al rey. Ella, que nació justo después de la muerte de Franco, ha vivido prácticamente toda su vida bajo el paraguas de la Constitución de 1978, pero la práctica administrativa se le hizo extraña. No solo es cuestión de su íntimo credo republicano, es algo que tiene que ver con la fórmula inscrita en un procedimiento que, dada su vocación literaria, le retrotrajo ni más ni menos a la jura de Santa Gadea. Allí y hace casi mil años, me recuerda, el Cid Campeador hizo jurar al rey Alfonso VI de León que no había tenido que ver con el asesinato de su hermano Sancho II de Castilla.

Ahora bien, me pregunto si en su fuero interno lo que pesa es que pudieran repetirse en ella las consecuencias que se dieron para con el Cid y que son bien conocidas pues terminaron con su exilio gestándose así un cantar fundamental en el desarrollo del castellano. De esta manera, el rito se asocia al mito, consolidándolo, de modo que conforman una pareja de indudable vigor. Aunque no se debe olvidar que muchos rituales se basan en la más pura ficción.

En un sentido parecido, mi amigo, que es de mi quinta, desde 1975 antes de abrir la botella de vino que acompaña a la cena escucha en directo el discurso del rey de todas las nochebuenas. Sé que no se ha perdido ninguno a pesar de haber vivido situaciones sociales bien diferentes en lo atinente no solo a su estado civil sino al tipo de personas que lo acompañaban dado que esa noche nunca ha estado solo. Él no tiene especial interés en la política y tampoco se define como monárquico, ni lo contrario; por ello no sabe a ciencia cierta qué votaría si se convocara un referéndum sobre el futuro de la monarquía. Cuando le pregunto por la razón de ello me responde que ama contribuir al asentamiento de un ritual cívico. El hecho de que el nuevo jefe del estado dejara de lado la nochevieja, que era cuando desde 1937 hablaba el anterior, lo animó para sentirse partícipe de algo nuevo que había que consolidar.

Su militancia me fascina y más aún porque este cuadro requiere de la sintonía con mucha más gente. De nada serviría el gesto si solo fueran él y un puñado quienes lo acometieran. Mientras mi amiga Vocal Vecina se confronta con un pequeño drama personal donde afloran las contradicciones del ser humano, él pretende sentirse a gusto con un acto en mayor o menor medida multitudinario para asentar una tradición que vincula con su vida. Como él mismo reconoce ¿Por qué no antes del diluvio hacer un brindis al sol?