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Escribir

Las razones de la escritura, o de su ausencia, son numerosas y, muchas veces, complejas. Cada ser humano tiene la suya. Los escritores consagrados en algún momento de su vida las explicitan. Un amigo que lleva escribiendo treinta años es un apasionado de las memorias de novelistas y sabe mucho de sus motivos. Escribir como desahogo existencial, para dar sentido a lo que se hace, para comunicarse, como una forma de expresar belleza, para acusar o para defenderse, para explicar el porqué de las cosas, como una manera de llenar el tiempo, de dejar volar la imaginación, como el ejercicio prosaico de una profesión mediante la que ganarse la vida. Escribir a mano, en una vieja máquina, en un ordenador, en el móvil. Dictar.

Lectura en el trópico

Si las palabras se las lleva el viento, la escritura todo lo aguanta. “Dígamelo por escrito” conminó el empleado al jefe que le daba la instrucción. La humanidad se ha desarrollado en función de cómo lo ha hecho la escritura. Si saber leer supuso un gran avance saber escribir fue más allá. Dejar de depender del amanuense, del escribidor de oficio de cartas y de documentos para hacerlo uno mismo fue el paso decisivo en la conquista del libre albedrío.

Algunos pueden leer en diferentes idiomas, incluso comunicarse mediante el habla en un mundo Babel; otra cosa es escribir en lenguas que no son la materna. Hoy se escribe más que nunca, aunque sea de un modo diferente, adaptado a soportes tecnológicos que condicionan el tamaño de lo escrito e incluso la grafía y la sintaxis. Los puristas se quejan, pero entiendo que se acomoda a los nuevos tiempos.

La inteligencia artificial tiene como reto la escritura creativa. Se dice que estamos muy cerca de que seamos incapaces de distinguir una obra de ficción realizada por una máquina. Cuando eso ocurra algo muy importante se habrá quebrado en la evolución humana.

No obstante, hoy no quiero agobiarme con esa certera posibilidad. Deseo felicitarme por escribir y en ese gesto egocéntrico incluyo a todos los que lo hacen cotidiana o esporádicamente, dando testimonio o mediante la invención de la realidad, algo que molesta a muchos, pues solo esperan que esta sea única, oficial, siendo toda fábula un despojo para momentos triviales, de asueto. Lo serio en detrimento de lo ligero.

Escribir ha llevado a la hoguera, o al paredón. La tortura, la desaparición, han sido la respuesta de los modernos Torquemada a quienes transgredieron ciertos límites. Más banalmente, la escritura ha confundido hasta llegar a la ruptura a amantes que encontraron en los escritos de su pareja una vida atormentada, ajena a la plácida que anhelaban, o un rosario de fingidas aventuras que rompían el equilibrio de la fidelidad amorosa exigida. Frases que configuran relatos que se escapaban del control del ser amado. Vidas paralelas insoportables por su procacidad libertaria o, simplemente, por su imaginación desbordante superpuesta sobre los hábitos cotidianos, vulgares, insípidos. Fuera de verse la escritura como liberación se percibe como una ofensa. Entonces no hay relación posible.

Escribir titulares es una tarea prolija. Se trata de condensar en un puñado de palabras algo que se ha redactado describiendo lo acontecido. Sucesos complejos que integran numerosos detalles e interpretaciones variopintas. A veces se desea edulcorar lo sucedido para proyectar la imagen de un mundo feliz, otras la intención es aviesa.

San José de Costa Rica

“Castigadas por dar agua al sediento. Un juez federal condena a cuatro mujeres por dejar agua en el desierto de Arizona para los inmigrantes”. “Cambiar de nombre no sirve para borrar el pasado”. “El día que desapareció la realidad nadie se dio cuenta”. “Estados Unidos aprueba un nuevo antidepresivo en forma de spray nasal”. “Los feminicidios y el aborto son emergencias nacionales”. “El joven que se rebeló contra su madre anti vacunas explica su caso en el Senado”. “Hallan sin vida a diputado“. “¿Sí o no? La disyuntiva peligrosa de las consultas populares”. “El futuro de los desaparecidos”. “Si no recuperamos el control sobre el sector financiero nada va a cambiar”. “¿Varían los objetivos de la investigación cuando hay más mujeres en los equipos?” “El agotamiento del excedente externo”. “Frente al ruido, más datos”. “(un banco) contrata una agencia experta en gestionar crisis”. “¿Hay personas mejor dotadas para tener un matrimonio feliz?”

Una retahíla de frases en un párrafo que no dan sentido al contenido. Sin embargo, cada una encierra un universo. Han sido escritas para encabezar historias narradas en un texto o configurando una viñeta que podría ser el relato de la existencia cotidiana. De hecho, se puede hacer una bitácora de un día cualquiera. Algunas son como el chasquido del látigo, otras pueden dar fe de la ignominia de la vida, a veces la poesía está presente, en ocasiones la banalidad más abyecta. Es distinto leerlas a escucharlas, el soporte donde se exponen también marca una diferencia.

Acapulco

El titular a varias columnas impacta más que el que aparece en el celular. La deslocalización de lo acontecido, en algunas, confunde más en un principio, aunque luego ayuda a dar gravedad a lo contado, o lo contrario. Cuando se designa a un país las filias y fobias se activan y todo parece tener sentido. Ninguna contiene el nombre de quien la protagoniza, por ello parecen anónimas sin serlo. Vuelva a leerlas. Cebe su perplejidad.

Una selección al azar permite interpretar la vida y plantearse el derrotero que sigue. Posibilita un ejercicio escrito de configuración de un periódico a la medida de cada cual, de un telediario imaginario en el que los hechos tienen un primer apunte. La quimera del menú a la carta. No hay enfado posible con los contenidos como a tanta gente acaece a diario o, lo contrario, hay satisfacción plena por coincidir los deseos con lo sucedido.

Ser redactor del acontecer sobre la base de una mera pista que por muy lúgubre que parezca siempre puede reconvertir el final. Por ejemplo, vuelva a releer los tres primeros: las activistas en la frontera mexicana lo que pretendían dejando el agua era esclavizar a los desamparados inmigrantes; ¿es posible que el pasado sea tan atávico y que la realidad haya dejado de ser incombustible? La pulsión por erigir nuestro particular mundo feliz no debe desatenderse y por ello solo hay que fijarse en los titulares y dejar que las buenas vibraciones con que comenzó el día hagan el resto.

Paris, un río, una leyenda

La escritura también tiene sus formatos icónicos. Las revistas lo son. Después de 74 años y tras 700 números dejó de salir a la calle en 2019 la revista Les Temps Modernes, titulada así como un guiño a la película de Charles Chaplin. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir fueron sus fundadores y primeros longevos directores. El tercero, hasta su muerte en 2018, fue Claude Lanzmann, director del impresionante e imprescindible documental Shoah (1985) y autor de su magnífica autobiografía, La liebre de la Patagonia (2012). En sus páginas escribieron gigantes: Albert Camus, quien protagonizó en ellas su ruptura con el propio Sartre, Raymond Aron, Maurice Merlau-Ponty, Samuel Beckett, Jean Genet, Richard Wright y Boris Vian, al principio, y más tarde Ernest Mandel, André Gorz y Rossana Rossanda. Allí Beauvoir sacó a la luz las primeras galeradas de El segundo sexo. Gallimard fue su casa editorial al inicio y al final de su andadura y entre medias lo fueron Julliard (1949-65) y Presses d’aujourd’hui (1965-1985).

No fui un lector habitual de esta revista de combate que fue un referente sincopado del mundo intelectual durante mucho tiempo. Una publicación, al inicio mensual, que se meció al albur de peregrinajes ideológicos, de modas y de los avatares que acontecieron, muchas veces dramáticos, nunca superfluos. En ocasiones cayeron en mis manos números sueltos en la biblioteca del Colegio de España en París y seguí con interés alguno de sus artículos dejando de lado los habituales referidos al legado de Sartre, bien fueran panegíricos o críticos.

Paris, un café, una esquina, una historia

Pero, ciertamente, su desaparición constituye el fin de lo que Bernard-Henri Lévy definió como “el siglo de Sartre”, dando titular al libro con el que realizó su particular ajuste de cuentas “con quién hizo del error un régimen de vida intelectual”. Si Eric Hobsbawm bautizó con el término de “siglo corto” al lapso 1914-1989, Lévy usó el nombre del filósofo militante, en su libro de 2002, para definir de otra manera el convulso periodo iniciado tras la liberación de París y que culminó con la llegada a la presidencia de Mitterrand, justo un año después de la muerte de Sartre.

Sin embargo, pareciera que Les Temps Modernes lo hubieran prolongado, pero los nuevos tiempos hacían difícil soportar la edición, ahora trimestral, en papel. Se diría que los lectores seguían la máxima del propio Sartre, no solo con relación a la misma revista sino a cualquier medio impreso. En efecto, interrogado una vez sobre por qué no tenía biblioteca en su departamento de Montparnasse, contestó: “Para mí un libro leído es un cadáver. No hay nada que hacer con él más que tirarlo”. ¿Era un anticipo visionario de la actual cultura de la lectura en formato electrónico que avizora la amenaza al libro tradicional? En el inicio del primer artículo de la revista escribió: “Todos los escritores de origen burgués han conocido la tentación de la irresponsabilidad: desde hace un siglo, esta tiene tradición en la carrera de las letras”. ¿Un epitafio para avalar con cinismo los tiempos de post verdad?