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Emociones

Tristeza

Este es un tiempo confuso en el que uno no sabe a ciencia cierta qué tipo de lógica es la que lo gobierna. Las declaraciones de personas prominentes en el ámbito público, sea desde el mundo académico, empresarial, social, artístico, en fin, político, embrollan más que aclaran el acontecer. Me ocurre, por ejemplo, con el término “neoliberalismo”, para muchos su crisis es terminal, para otros ha triunfado irrestrictamente. Algo similar sucede con la vinculación entre la izquierda política y el internacionalismo que ahora, inexplicablemente para mí, a este lo sustituye el nacionalismo.

En otro ámbito, como es el de la neurología, se debate cada vez más sobre la pulsión entre las razones y las emociones, ¿dónde se originan?, ¿qué las diferencia?, ¿cómo se retroalimentan? Ello ha llegado hasta el terreno de la comunicación y, por ende, a las ciencias sociales. De lo que se trata es de que el relato seduzca más que convenza. Se dice que si la discusión en torno al acontecer se sitúa en el seno de la política o de la economía la pregunta que domina el escenario es ¿qué piensas? Por el contrario, si el parámetro de referencia es la cultura, la cuestión es ¿quién eres? Diferentes interrogantes para distintos enfoques de la vida.

Dentro del complejo universo de las emociones la tristeza ha sido durante siglos uno de los grandes motores que ha tenido salida en muy variadas expresiones artísticas. Siempre ha sido un tipo de turbación desordenada que podía trascender a los demás y generada por alguien que hacía de ella una expresión inequívoca de belleza. No era plausible que su enunciado se trasladara al mundo social como un rasgo de una época, de un grupo humano. Solo en el uso de una metáfora se podía hablar de “tiempos tristes” o de “naciones tristes”. El calificativo perdía todo tipo de rigor y se repudiaba como inaceptable.

En el filme sueco Sobre lo infinito, que ganó el León de Plata del festival de Venecia de 2019 dirigido por el fabuloso Roy Andersson, en un determinado momento, uno de los personajes se cuestiona “¿Ya no se puede estar triste?”, recibiendo como escueta respuesta, tras un gélido lapso silencioso, “si, pero cada uno en su casa”. No hay una evidencia más certera, una soflama más determinante, a la vez que angustiosa, de una situación que en ocasiones bien podría recibir algún tipo de tratamiento médico, pero invariablemente en la más infranqueable intimidad.

Los sentimientos, las emociones, son individuales y como tales pertenecen al mundo de lo privado, pero cuando adquieren trascendencia porque son objeto de aceptación pública se abre una puerta para su consideración y, seguidamente, su gestión. Si cuestionarse quiénes somos se pone por delante de otras preguntas entonces el estado de ánimo adquiere una inusitada relevancia. La tristeza se configura en un factor explicativo para tener en cuenta. Algo que siempre se supo de sus efectos en el comportamiento humano ahora cobra cabal significado, reconocimiento inequívoco de su presencia. Si estás triste dilo.

Risas

Reír es un signo evidente del ser humano. La neurología y la psicología advierten de los mecanismos complejos que producen la risa y de sus efectos para mantener una existencia equilibrada. Es un acto que se vincula al lenguaje corporal y también al fluir de hormonas que inciden en otras funciones vitales. En último término, Umberto Eco articuló sobre la risa su gran novela El nombre de la rosa. El protagonista Guillermo de Baskerville, resuelve el caso de unos frailes asesinados que, presumiblemente, habían tenido acceso a la escondida comedia griega (y reían). Un peligroso descubrimiento que podía trastocar el severo orden monástico medieval.

La risa proyecta diversas facetas que se vinculan con distintos estados de ánimo y con papeles diferentes que desempeñan en el comportamiento humano. Desde la inocente que acompaña a los juegos infantiles a la risotada gamberra en el grupo de adolescentes, desde la que proyecta la sutil ironía a la que viste disfrazada a la maldad, desde la sincera carcajada a la hipócrita risa floja. Sonreír con servilismo o con arrogancia. Esbozar una sonrisa de satisfacción o de pena.

Hay lucidos profesionales cuyo oficio tiene que ver con generarla, con independencia de su estado de ánimo, de modo que a veces producen una especie de gran prostíbulo del humor, donde el payaso de circo es una figura muchas veces evocada, como también lo es, en el silencio íntimo, el dibujante que escribe su viñeta humorística bajo un estado de ánimo depresivo.

Venezuela, el país con mayores reservas de petróleo del mundo y que lo explota desde hace justo un siglo, siendo el principal rubro de su economía, aunque en decadencia, vive una penosa situación de desabastecimiento y de penuria. Para casi una tercera parte de su población el principal problema es la escasez de alimentos, y la inflación anual ha llegado a escalar hasta los cuatro dígitos. Por otra parte, la salida de sus gentes del país no cesa.

La escena se produjo en 2017, un año especialmente dramático. Entonces el crimen se había hecho asimismo endémico: reportándose 26.616 fallecidos por muerte violenta y uno de cada cinco entrevistados, en una encuesta de la Universidad Católica Andrés Bello, fue objeto de un delito durante el año. Además, se estimaba que el éxodo de venezolanos acumulado en los últimos tres lustros superaba en aquel momento los tres millones, y esa sangría siguió en aumento, centrándose sobre todo en personal relativamente cualificado.

Asistía a un seminario sobre dicho país. Al panorama recién enunciado se le añadía una preocupante deriva autoritaria bajo el gobierno de Nicolás Maduro, cuyo nivel de aceptación popular era inferior al 30%. Se trataba de un escenario complejo y dramático. El ponente abordaba alguno de estos asuntos y me asombraba que su intervención desatara risas entre los asistentes.

El teatro de la vida incorpora la figura de la superioridad intelectual, que ejercen quienes ven ratificado lo que piensan por el expositor, creen saberlo todo, o peor aún, su catadura es insufrible porque pretenden tener el canon. Esbozan, primero, una sonrisa de supuesta inteligencia que es seguida, si el ambiente lo propicia, por una hilaridad desbordada que resulta siniestra.

Miedo

Vuelven los tiempos oscuros. Edward Snowden, ciudadano ruso desde septiembre de 2022, en su libro de memorias Vigilancia permanente escrito durante al principio de su asilo en Moscú, confiesa, a propósito de sus tareas de inteligencia para Estados Unidos, que “unas pocas docenas de las personas mejor posicionadas en todo el mundo para hacer esto se encontraban allí: estaban sentadas a mi alrededor en el Túnel. Mis compañeros tecnólogos llegaban todos los días y se sentaban ante sus terminales para seguir haciendo el trabajo del Estado. No eran inconscientes sin más de los abusos cometidos por ese Estado, sino que no tenían ninguna curiosidad al respecto, y esa falta de curiosidad no los hacía malvados, sino trágicos. Daba igual que hubiesen recalado en la Intelligence Community por patriotismo o por oportunismo: una vez que habían entrado en la maquinaria, se habían convertido ellos mismos en máquinas”.

Cualquier persona avezada reconoce en estas palabras el legado de Hannah Arendt escrito hace casi sesenta años que configuró su bien hallada tesis de la banalidad del mal.

¿Cuáles son los límites del trabajo bien hecho? ¿Qué papel desempeña en el quehacer laboral la obediencia debida? ¿Hay constricciones institucionales en las que su costado informal puede prevalecer? Si las hay, ¿de qué tipo son? Son cuestiones añejas que en días de particular zozobra reaparecen con especial virulencia y que llegan a alcanzar un nivel de preocupación especialmente dramático. Hoy corren tiempos de desasosiego. Lo son en el panorama mundial, en la arena europea, en el contexto español y en el ámbito individual, pero el problema permanece incólume, aunque la gravedad del momento lo proyecte con un especial significado.

Ello es así, como advierte Karen Amstrong (Los orígenes del fundamentalismo), porque “todo proceso modernizador produce gran ansiedad” ya que “cuando el mundo cambia, las personas se sienten desorientadas y perdidas. Las emociones más comunes son la desesperanza y un temor a la aniquilación que, en circunstancias extremas, puede conducir a la violencia”.

Ahora bien, a la vez, hay también algo ancestral y permanente en el ser humano: el miedo. Martha Nussbaum (La monarquía del miedo) señala que en todas las sociedades el proceso de conformación del miedo “está influido por la cultura, la política y la retórica”. La capacidad de incidir a corto y medio plazo sobre la primera es muy reducida. Y la política y la retórica, en la mayoría de las ocasiones, van de la mano.

En el período de feroz individualismo en que vivimos, dominados por el imperio de las emociones y arrinconados por patrones económicos que incrementan de forma galopante la desigualdad y hacen precaria la vida, el miedo es el resorte adecuado que responde a cierta toma de consciencia de un peligro que acecha. “Un dolor producido por la aparente presencia inminente de algo malo o negativo, acompañado de una sensación de impotencia para repelerlo”. El discurso reinante en buena parte del mundo se ceba en la ira, el asco y la envidia en tanto que grandes catalizadores y, sobre todo, en su instrumentalización política para beneficio de unos pocos.

Resentimiento

La mujer apuró la copa de vino y fue entonces cuando terminó de contar la historia. La satisfacción verdadera que le venía generando su involucramiento en aquella aventura improvisada, dijo, no era por lo que hacía sino contra quien lo hacía. Siempre había tenido el gusanillo de la intervención pública, pero cierta carencia de habilidades sociales y su inveterada falta de valentía para tomar decisiones la bloqueaban a la hora de dar el paso adelante.

La oportunidad le vino cuando un colega la propuso formar parte de una candidatura de gobierno de una institución pública. No tenía nada que hacer, simplemente estar y ver qué pasaba en el proceso electoral. El proyecto triunfó y ella se vio encumbrada en un puesto que jamás había soñado. A partir de entonces supo que podía castigar con su desprecio a la gente que durante años no la habían tenido en cuenta, ningunearlos por no haber valorado debidamente sus aptitudes, por haberla mirado, decía, por encima del hombro.

Dentro de la serie de pasiones que mueven la actuación humana las hay cuya fuerza radica en su capacidad para galvanizar la mediocridad que nos invade a la gran mayoría. Se trata de poner en marcha un espíritu vengativo montaraz frente a las supuestas afrentas que recibimos de otros con frecuencia. Una búsqueda pertinaz compensatoria de tanta frustración acumulada por quienes se obsesionan por minucias de la existencia cotidiana.

A veces, esa actitud se rastrea permanentemente y se encuentra en aquellas personas que parecen estar peleadas con el mundo, otras solo se suscitan cuando se da una oportunidad que encumbra al sujeto para poder tomar decisiones que antes ni podía imaginar. La sanación del ego se persigue mediante la befa o el ninguneo del otro. El rencor acumulado a lo largo del tiempo encuentra entonces salida plasmándose en la necesaria reciprocidad de actitudes vengadoras que logran satisfacer momentáneamente la deuda pendiente.

En política, al igual que en otros ámbitos de la vida pública, a menudo se encuentran actores que articulan su quehacer en la institucionalización del resentimiento. Creo que el caso hoy más llamativo es el del presidente mexicano, y no me anima la polémica levantada a propósito de la demanda de reparación por el comportamiento habido en la conquista, ya que ha dado sobradas pistas en otros ámbitos.

El resentimiento se yergue como un programa de actuación que parece improvisado, pero no lo es pues constituye una parte visceral del individuo que lo vive. Es fácil distinguir esas situaciones, aunque sea difícil probar su causalidad. Se necesitaría, como en el caso de la mujer, un vino por medio y un clima de complicidad que no siempre se encuentra para abrir la llave de la sinceridad.

No hay mucho que hacer frente a comportamientos animados por dicho alibí. Quienes tragan quina y prefieren esperar hasta que les toque su turno se confrontan con aquellas personas que portan permanentemente la congoja de la afrenta; en medio están quienes piensan que la vida es otra cosa.