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El tiempo

El abuelo indiano Bonifacio Benito San Martín, Cienfuegos (Cuba) (1910)

Antes

El sentido de la vida es diacrónico. Lo que acontece tiene mucho que ver con la sedimentación durante el tiempo de experiencias y de saberes. La evolución de un hecho contiene siempre su futuro sin que ello suponga un determinismo absoluto. Existe siempre la conciencia de que el pasado es un resorte que engarza inexorablemente con el presente. Preludios obcecados con pocas probabilidades de enmienda. Universos añejos enmarañados en los que historiadores profesionales se alzan como demiurgos imprescindibles confrontándose con legiones de manipuladores que desean torcer el relato, construir la leyenda, o erigir el mito.

Las trayectorias de los seres humanos, sujetas a su pequeña historia individual, no son ajenas a su componente diacrónico, pero su significado adquiere connotaciones peculiares porque el pasado queda acotado por la cortedad de la propia existencia y la a veces escasa confiabilidad de la memoria. Es por ello por lo que cuando la gente inicia una frase con el adverbio “antes” me echo a temblar. La imprecisión de la referencia me desconcierta y, lo que es peor, al cobrar un rotundo carácter fehaciente de que lo sigue a continuación sucedía (o no) imponderablemente, su uso configura una expresión que resulta muy difícil de rebatir.

Por otra parte, y es lo que me parece más fascinante, da a la frase un componente misterioso. Cuando era pequeño las expresiones “más se perdió en Cuba” o “antes de la guerra” las escuchaba de manera muy habitual. Enmarcaban un momento de inflexión que separaba el tiempo anterior del que entonces se vivía y poco importaba que hubieran pasado muchos años. Cuando pienso en la actualidad me resulta raro encontrar similar parangón. ¿Cuál es el antes que define el tiempo definitivamente periclitado que se separa del que vivimos ahora? ¿La transición? ¿La crisis? No lo creo.

Las madres, que son las depositarias de los legados de los afectos, suelen decir a sus hijos en un determinado momento de sus vidas: “ya no eres como antes”, con el consiguiente desconcierto de aquellos, que no caen en qué parte de su comportamiento son diferentes ni cuánto es el nivel del cambio sufrido ni, menos aún, cuándo es el momento preciso de referencia. Algo similar ocurre entre los amantes: “no me quieres como antes”. Un lugar común que se sitúa entre la denuncia del comienzo del ocaso de la relación o la soflama mimosa que demanda más atención. A diferencia de los hijos, quien escucha este reproche es posible que sepa reconocer la causa de la advertencia.

La diacronía de la vida requiere de calendarios, de artilugios burocráticos en los que fijar con chinchetas los acontecimientos, pero hay una sempiterna incoherencia en la forma en que unos y otros los marcamos. Frente a la historia oficial están siempre las historias particulares en las que el valor del antes se relativiza o incluso se confunde. El resultado a veces llega a ser dramático, como cuando mi amiga dijo a su pareja: “antes de conocerte mi vida no tenía sentido”, recibiendo por respuesta: “antes las cosas eran distintas”.

Después

Uno de los resortes más usados para sobrevivir es el de postergar las cosas. Se piensa que lo que ahora es insoportable abordar con el tiempo se darán condiciones más favorables para su acometida. Cierto que el saber popular recomienda no dejar para mañana las cosas que se pueden hacer hoy, pero la realidad se impone y muy frecuentemente se aplaza la hechura para más adelante. Hay una especie de apuesta en favor de que una conjunción favorable en el ordenamiento de las piezas, cuyo desarreglo en la actualidad agobia, acontezca de forma espontánea. Un imperativo mágico según el cual el futuro es prometedor, las aguas volverán a su cauce y la dicha acompañará al inevitable final feliz. De este optimismo visceral están hechas las vidas.

Soy consciente de la trampa que es inherente a esa propensión de diferir las decisiones vinculadas a la ingenua pretensión de pensar que el tiempo se controla. Uno se siente como un demiurgo de su propia cronología con la que juega ufano por creer fiscalizar los ritmos, los momentos, incluso los resultados azarosos de sus disposiciones. Es un engaño de confort para evitar la indeleble, y a veces dañina, encrucijada del presente. Solo lanzando la pelota hacia adelante se tiene la sensación de que el peligro ha pasado. Y eso es de lo que se trata: de imaginar un escenario promisorio que más tarde será cobijo de toda zozobra, donde la ansiedad tenga por fin su resguardo y uno pueda pertrecharse para comenzar un nuevo avatar. El mito de la tierra prometida tiene que ver con todo ello.

Sin embargo, gestionar ese proceso permanente de huida hacia adelante tiene sus complicaciones. El desasosiego no deja centrarse en lo que se tiene entre manos con lo que el caos vigente hoy se retroalimenta. Los escenarios futuros imaginados se superponen por mucho que se intente jerarquizarlos o diseñar estrategias de prelación. A veces hay ensoñaciones que distraen y que, algo peor, confunden tanto en el diagnóstico del presente como en las expectativas del mañana. El entorno está lleno de predicciones fallidas, de erróneos contextos dibujados. Pareciera que el arte de conjeturar el albur no es sino una superchería para incautos o, peor, candorosos aprendices de futurólogos.

Además, hay circunstancias en que el sentido de cualquier después precipitándose desde nuestros labios no solo es equívoco, sino que también es un adverbio monstruoso cargado de vitriolo. No acompaña a la propuesta dilatoria, ni sitúa la acción en un momento ulterior impreciso. Tampoco significa una sutil y educada proposición de abrir un corto lapso de espera. Supone el señalamiento de que quizá haya algo más importante que dilucidar, que lo que se aplaza puede esperar, que el momento no es el apropiado. Pero ello choca con la premura de quien por su pasión no entiende de tiempos, ni de prelaciones, ni menos de estrategias dilatorias. Para él, después es la más terrible, la más procaz, de las palabras. Una condena para quedarse desaliñado en el rincón del olvido.

El abuelo

El chico camina por la senda que bordea al río. Pasea a una perra vieja que anda sin agobio. No hay premura alguna y el apacible final de la tarde introduce más quietud si cabe a la escena que divisamos su abuelo y yo a lo lejos. Este último ha sacado siempre a los perros, pero desde hace cierto tiempo abriga temor. Sabe que a estas alturas le pueden tirar y no sería un buen negocio. Tuvo una caída hace cinco años cuando una noche salió a regar y tardó en recuperarse varias semanas, además debió soportar la bronca que le dio su mujer durante mucho tiempo después. Como el nieto, que frisa la adolescencia, ha venido a pasar las vacaciones al pueblo, él lo ha convencido para hacer la tarea que ahora es más fácil pues el otro perro murió. Piensa que el trato con los animales es beneficioso para el niño. El verano ha terminado y el abuelo, mirando con nostalgia a la perra tumbada en el rincón del patio, habla con orgullo del nieto.

El crío cantaba de maravilla, me cuenta. Lo hizo hasta los cinco años. A la caída del día se sentaba en un taburete y veía tocar la guitarra a su abuelo. Una vez, nadie ha sabido explicar cómo fue, se arrancó con unas cantinelas que había oído en el grupo de los mayores. El abuelo lo corrigió algunas cosas y la práctica se hizo cotidiana durante aquel verano de hace un cuarto de siglo. No hubo jornada que no lo hicieran, solos o acompañados. Terminar la merienda, un tazón de leche con migas y Cola Cao con pan y chocolate, era la señal para comenzar la farra. Nunca pude imaginarme que el hombre hecho y derecho de hoy que conozco tuviera esa habilidad que envidio desde siempre. ¿Por qué dices que el chaval no ha vuelto a cantar?, la interrogo, y ella me responde que esa pregunta se la hizo hace años y que la respuesta del entonces niño fue lapidaria: porque el abuelo ya no está.

El niño no entiende por qué el abuelo ha vuelto del hospital sin una pierna, pero intuye que las cosas pueden ser diferentes: ¿no podrá llevarlo a jugar a la Casa de Campo? ¿Estará cansado y antes de acostarse no le contará historias? ¿No lo llevará más al colegio? El abuelo ha pasado una mala racha y la embolia ha terminado gangrenando su pierna derecha que han debido amputarla. Ahora lleva muletas. Sabe que el final está cerca, que apenas si será un incordio en la casa, que en el negocio familiar obligará a su hija a dejar la enseñanza haciéndose definitivamente cargo de este, que la abuela tendrá que seguir asumiendo tareas y que necesitará de mucho coraje para atender a su mocito. Pero es precisamente su nieto, el brillo de sus ojos, su inquietud permanente, su avidez a la hora de escuchar las historias de la guerra, lo que lo mantiene vivo. Está seguro.

Una vida

Vivió con intensidad su juventud, pero las cinco décadas siguientes apenas han sido un remedo vulgar de recortes inspiradores de su quehacer cotidiano. Asumió que la decadencia en que se sumergió era un caso de aversión productiva. Para paliar la demanda ajena de que hiciera algo no dejó de acudir a aquel negocio estrafalario durante casi cuarenta años. Tiempo de sopor en el que las cosas cambiaron muy despacio: las relaciones con la pequeña plantilla estable de la empresa, los trámites y procedimientos, la clientela. Mantuvo su aire circunspecto, su disimulo en el desinterés permanente, su apariencia de generosidad que apenas era la cobertura del existir utilitario. Su único hijo, que tuvo al frisar la treintena, se alejó definitivamente del hogar tras terminar el servicio militar, cerrando así una relación que nunca fue estrecha, aunque sí apacible. De su matrimonio nunca quiere hablar.

Los domingos por la tarde juega a las cartas, así durante las dos terceras partes de su vida. Tras jubilarse esta práctica se amplió a los jueves. Los domingos la partida rota de un hogar a otro de las tres parejas de jugadores, siempre las mismas. Los jueves se celebra en la chocolatería de la plaza grande entre seis y nueve. La práctica solo se interrumpe en agosto cuando marcha al pequeño apartamento de la costa que compró a plazos durante sus quince primeros años de actividad laboral. Solo ha viajado fuera del país cuando la parroquia del barrio, a cuyos servicios religiosos nunca asiste, organizó una excursión a Roma. Ello fue motivo para sacarse el pasaporte, un documento del régimen anterior que yace caducado en la cómoda del cuarto. La televisión entró en su vida poco a poco y desde que se casó capta su atención diariamente desde la hora de la cena hasta medianoche; tras dejar de trabajar también la ve una hora durante la comida hasta el momento de echar una cabezada. La caminata cotidiana hasta la oficina la sustituyó, cuando se jubiló, por un ir y venir frecuente al supermercado para realizar pequeñas compras en cualquier momento del día entre las que incluye la del periódico. Siempre el mismo, lo lee con fruición después de la siesta, salvo las páginas de política.

Es consciente de que se parece poco a la gente que ha ido conociendo a lo largo de su existencia. Nadie queda en su derrotero de la época laboral. Ignora educadamente a quienes residen en la escalera del inmueble de protección oficial en el que habita desde hace más de medio siglo. Con el pequeño círculo familiar mantiene un comedido contacto telefónico mensual. No importa, todo es ajeno. No evalúa al resto, ni juzga sus opiniones o sus hábitos por muy atrabiliarios que a veces pudiera pensar que fueran. Asume que las cosas son simples, corrientes; que lo importante es tener un poco de suerte en cuestiones de salud y, sobre todo, algo muy importante, no complicarse la vida, seguir el consejo que le dieron sus padres: no pensar.

Descansar del pasado

Leo en un cartel publicitario al borde de la carretera: “si siempre dices la verdad no necesitas tener buena memoria”. El provocador reclamo, que me coge de improviso y que la velocidad del coche en que voy no permite saber qué es lo que anuncia, me deja pensativo un buen rato. Los términos verdad y memoria son suficientemente delicados y la ilación que establece el mensaje los hace aun más severos. Decir siempre la verdad supone un acto de conducta loable en los códigos de buen comportamiento de la mayoría de las sociedades.

No obstante, hay un doble escenario de interrogantes que desmenuzan esa cuestión y que configuran las caras de una moneda donde lo que se cuestiona es si la verdad es siempre la misma y si esta se ve afectada por la contingencia. En ambas el irremediable paso del tiempo es un factor decisivo. La interpretación de lo que fue verdad en la infancia es posible que difiera notablemente en la senectud: la acumulación de experiencias y el incremento del conocimiento son bagaje suficientemente cargado para afectar al proceso. También lo es el cambio del contexto, de las circunstancias en que se vive, de las transformaciones de los demás.

La memoria, por su parte, entra en liza como el supuesto mecanismo inveterado de intentar hacer presente de manera permanente el pasado. Un tipo de puente de numerosos arcos que se alza de jalón en jalón de la vida. La vindicación publicitaria lo que sugiere es su carácter innecesario. El repudio del recuerdo y del inherente proceso de su reconstrucción inútil.

En la mitología griega, el río Lete se encargaba de borrar la memoria de las almas que migraban hacia la reencarnación; las que bebían de sus aguas dejaban de recordar sus existencias pasadas y las que no lo hacían quedaban condenadas al peso de lo retrospectivo que, en una espiral, inducía a la melancolía perpetua. Sin embargo, desde los juicios de Núremberg hasta los del Tribunal Penal Internacional por los crímenes en la Guerra de Bosnia o en el genocidio en Ruanda, verdad y memoria están íntimamente ligadas.

Ahora bien, lo que reclamaba el anuncio de marras era la imperiosidad de decir la verdad siempre; una serie de proclamas estáticas que quedaran como si estuvieran grabadas en piedra sin tener en cuenta, precisamente, el propio carácter dinámico de la existencia. Un artificio, por tanto, tramposo que elimina la complejidad del asunto y que me lleva, en un terreno más circunspecto si se quiere, a reclamar un necesario descanso del pasado.

La construcción de un refugio donde los efluvios de este no penetren para dejar de estar abrumado, para no acarrear más con una mochila que se ha ido llenando imperceptiblemente en cada estación. Una impedimenta que termina siendo la coartada de lo que se es hoy y que inhibe cualquier posibilidad de cambio de dirección, pues el pasado a veces conlleva la inercia de la rutina donde la memoria dicta la verdad de una vida.