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El sueño

Soñó que caía en el vacío. Se encontraba en el parque de siempre. Aquel al lado de la casa de los abuelos que terminaba en un terraplén. Todavía quedaba un rato para que anocheciera, jugaba entre los arbustos, de pronto perdía pie, se deslizaba por la pendiente presa de miedo hasta sentir que sus brazos se convertían en alas y entonces despertaba, así día tras día. Cuando lo contó a sus amigas escuchó relatos similares que acontecían en un balcón sobre un bello valle, caminando al lado de un precipicio, en una noria del parque de atracciones, en un puente sobre un río. Al final todo quedaba en un susto pues siempre unas alas milagrosas evitaban el golpe o incluso el propio despertar imponía un final que conjuraba la tragedia.

Siempre me queda la duda con respecto a la conclusión de ese sueño reiterativo de si es feliz o, por el contrario, cabría cavilar en una alternativa. Pienso que no sería un dislate experimentar el impacto contra la superficie que pone fin a la caída en ese estado tan especial en que uno se encuentra dormido. ¿Por qué la experiencia onírica prefiere brindar una salida salvadora y no sucumbir ante la debacle? No estoy seguro de que esta segunda opción esté eliminada del elenco de los sueños. Simplemente parece menos satisfactoria que la primera inductora de una solución más liberadora.

La interpretación de los sueños forma parte del acervo de cualquier cultura tanto por su imaginado carácter premonitorio como a la hora de analizar su relación con la salud, cuestión que cada vez se tiene más en cuenta. Por ello, cuando se considera en singular, el sueño se entiende como una función vital más, que semánticamente se confunde con dormir, el acto de reposar en un estado inconsciente cuando se produce la suspensión de las funciones sensoriales y de los movimientos voluntarios del cuerpo. Una actividad íntima por excelencia, pero no necesariamente privada. Bajo sendos aspectos, la sociedad de consumo ha incorporado al sueño convirtiéndolo en uno más de sus vectores de intervención alejándolo, por consiguiente, de cualquier consideración de trascendencia espiritual donde lo misterioso ejerciera su imperio.

He leído recientemente que hay una creciente economía del sueño valorada en miles de millones de dólares, a medida que nuevos dispositivos, rastreadores y despertadores inundan el mercado. Colchones con sensores, mantas con peso y almohadas ajustables que se ajustan a la anotomía del cliente, luces temporizadas, antifaces, la ingesta antes de ir a la cama de ciertas infusiones, constituyen un ajuar que al parecer se hace cada vez más indispensable. Todo ello en contraposición con el trabajo cauteloso de un biólogo que señala que “nuestra almohada desprende cantidades enormes de micro plásticos que podemos inhalar” y, en consonancia, afectar a la correlación que se dice existe entre sueño y felicidad. Me pregunto si la Harvard Business School que en 2022 obtuvo ingresos por 966 millones de dólares recaudó algo que tuviera que ver con algún aspecto de esa lucrativa economía.

Está tirado en medio de la acera en una posición fetal en la que su mano tapa su cara sobre la que se proyecta el sol de la mañana. Sus ajadas zapatillas están a su lado así como un saco mediano en el que hay botellas de plástico usadas que no le sirve de almohada. El torso desnudo. Su delgadez es extrema. Es uno más de la veintena de hombres de la calle yacentes con que me he encontrado esta mañana en mi deambular cruzando el centro de la ciudad. Poco más adelante me fijo en un policía al que le están lustrando las botas mientras mira su celular y mantiene un palillo en su boca con el que juega nerviosamente. A unos pocos metros tres colegas uniformados devoran compulsivamente sus celulares. El escenario se desvanece inmediatamente porque al doblar la siguiente esquina me encuentro en la zona turística por excelencia de la ciudad. Las esculturas del artista famoso, el museo departamental, el trepidante mundo del comercio. Todo ello no aleja de mí la imagen del hombre en el suelo que dejé atrás. De los demás. Permanecen contemplados y reconocidos como un retrato más del muestrario urbano que un flâneur como yo registra compulsivamente. Una situación asumida por todo el mundo que pasa de lado y que no produce reacción alguna.

Elucubro con los sueños que pudiera estar teniendo el hombre tendido en la calle con el que por poco no me tropecé. Ajeno al pensamiento de Francisco de Goya al dar título a su cuadro el sueño de la razón produce monstruos; o al de Philip K. Dick a propósito de su enigma sobre si sueñan los androides con ovejas eléctricas; o a la serie de moda sobre Bukele, el señor de los sueños; me pregunto a quién merecen interés unos sueños ajenos cuando ni siquiera la realidad del hombre desparramado en el suelo es tenida en cuenta por nadie. Sueños, por otra parte, que repudio asimilarlos a la idea de ilusiones, de quimeras. No, no es eso, por ello prosigo con mi obsesivo interrogante: ¿qué estaría soñando?

Cuando relato lo acontecido a mi amigo me increpa por preocuparme por gente que, abandonada a la drogadicción y entregada a una vida abyecta, hace tiempo que vive en un sueño adictivo permanente hasta que el hábito endémico los aniquile por completo. Quizá sus pesadillas sean terribles acelerando su proceso de deterioro, me dice. Pero sí es así, arguyo, ¿por qué me pareció percibir un gesto leve en sus brazos como el de la niña cuando caía por el barranco esperando que surgieran sus alas?