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El silencio es cómplice

Le mira a los ojos y calla. ¿Sufres de amnesia? Pregunta con tono neutro, sin alzar la voz, sin ironía, cruzando una mirada que pretende ser anodina. Sí, se hace patente el olvido que dicta la ausencia de palabras, siempre presente como coartada. Es evidente el arrinconamiento de la memoria, de su fragilidad, para intentar que todo sea más plácido, aunque sepa que eso es una vana quimera. No se trata de un interrogatorio. Hasta ese instante la conversación ha girado en tono a lugares comunes sin dejar de coquetear con el asunto que los ha convocado. Pero los momentos de silencio, poco a poco, se han ido imponiendo consiguiendo que la charla sea cada vez más insulsa hasta que las palabras se congelan. El hecho de tener la misma edad en lugar de acercarlos de pronto impone un muro que a la postre resulta infranqueable. Ya tampoco sostiene la mirada que dirige hacia otro lado que no se puede distinguir. Es posible que no mire, que sus ojos ahora acuosos opaquen cualquier escapatoria. Sin embargo, yergue su cuerpo sin dilación y camina hacia la salida mientras apenas se escucha el sonido leve de sus pasos.

¿Por qué el silencio administrativo tiene una presencia tan significativa en el ordenamiento jurídico? ¿El que calla otorga? ¿Cuál es el sentido del lenguaje corporal? ¿Una imagen vale más que mil palabras? ¿Es la callada por respuesta aceptable en las relaciones humanas? ¿Cuál es el sentido profundo del dicho que afirma que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras? ¿En boca cerrada no entran moscas? Son una ristra de cuestiones que construyen pautas culturales en torno al significado del mutismo y a sus diferentes expresiones que terminan gestando variadas formas de ser y de comportamiento. Por ello, en el nivel colectivo, el silencio en Japón desempeña un papel tan diferente al que se da en España; la parquedad en el mundo andino es diferente a la verborrea del caribeño. En el plano individual hay personas que hablan por los codos y otras que callan como lápidas.

Por consiguiente, no resulta extraño que todo ello se incruste en el permanente juego del gran teatro que es la existencia humana donde intervienen los afectos y las razones. Así, cobra un significado nada desdeñable el aforismo de Jean de La Bruyère según el cual la vida es una tragedia para quien siente y una comedia para quien piensa. Sin embargo, ¿puede el silencio morigerar la diferencia existente entre la tragedia y la comedia?, aunque, ¿no habría que recordar cómo se abrió camino el cine mudo llegando a alcanzar niveles de excelencia? Además, desde hace décadas la glotopolítica, como perspectiva crítica para estudiar lo político en el lenguaje y lo lingüístico en lo político, subraya el modo en que interviene el lenguaje mismo, en tanto que acción política, con relación a categorías como el poder, la autoridad y la legitimidad. El hecho de que el lenguaje se dé en un ámbito de acción colectiva en constante relación dialógica con el contexto resulta definitorio.

Le reprocha que no ha contestado como debiera. Le dice que es un pusilánime, que morderse la lengua no es señal de prudencia sino de cobardía. Añade que está hasta las narices de su comportamiento habitual, de su mutismo y de su falta de interés por todo lo que no concierne a su trabajo. Suspira una vez más y entre dientes pronuncia ese mantra que tanto le exaspera, “¡ya lo decía mi madre!” No entiende la situación. Lo único que ha hecho es ignorar un conflicto irrelevante. Pasar página. No gastar un ápice de energía en algo que no conduce a ningún sitio. Al contrario de su lenguaraz hermano simplemente no gasta saliva. ¿Es tan difícil que desconozca que hay un montón de situaciones en las que el silencio es la única salida? Por ejemplo, cuando los ojos enrojecidos de su contraparte no dejan de echar chispas al darse cuenta de que la persona a la que acaba de dejar no termina de asumir su abandono.

Hay dos historias que quince años después se concatenan. Lo que entonces fue una tragedia hoy es una farsa, se dice, pero ¿no será la revés? «No soy culpable». Su voz se alza en la pequeña sala en la que sus conmilitones expectantes quieren oír una explicación. El escándalo se ha extendido por toda la ciudad y sus colegas más próximos, perplejos por lo que escuchan, quieren saber qué ha pasado, pero no añade una coma. Repite su veredicto, dos, tres veces más. En cada ocasión el tono de su voz es más bajo. Calla. La persona sentada a su derecha con gesto crispado manifiesta que le cree, pero que necesita saber más, que si no da una versión mínima de los hechos, una interpretación personal más o menos elaborada y coherente, todo se irá al garete. El silencio se hace denso. Los presentes se miran de manera furtiva. Saben que están perdidos, que nadie justificará lo acaecido si no hay una versión, unas palabras que describan lo sucedido, entonces la crisis estará servida. Tres lustros más tarde, en el mismo lugar, el relato que dé cuenta de lo acontecido vuelve a estar ausente. De nuevo el manto de silencio todo lo cubre. Las razones se omiten, incluso las emociones. ¿Inconsciencia? ¿Arrogancia? ¿Frivolidad? Quien debe comportarse de manera ejemplarizante por el peso de su cargo bajo el imperativo de la ética de la responsabilidad hurta a la audiencia toda explicación. ¿Estaba en contraposición ejercitando la ética de la convicción? Es imposible saberlo por cuanto que el silencio se impone tozuda y caprichosamente bajo el siniestro empeño de la complicidad que tan graves resultados siempre trae consigo.