Saltar al contenido

Desidia

De las distintas expresiones de la dejadez que con tanta frecuencia define el comportamiento humano la que atañe a la convivencia cotidiana es la que más me afecta. Sé que la pereza como asunto genérico constituye uno de los denominados pecados capitales, pero considero que la indolencia en los hábitos es relativamente perdonable lo mismo que es comprensible la flojera en los propósitos. Romper el compromiso de seguir un horario fijo de actividades saludables, saltarse a la torera protocolos determinados de antemano, cambiar los planes diseñados por razones de pura comodidad son asuntos presentes habitualmente en la vida de mucha gente. Se dice que es algo que tiene que ver con el descuido de las personas derivado de un carácter mal desarrollado o de la falta de responsabilidad como consecuencia de una formación poco exigente, quizá de la ausencia de convicciones sólidas por vaivenes de la vida.

En muchas ocasiones se trata de cuestiones que atañen a prácticas en las que solo está envuelto el sujeto individual. Pudieran verse involucrados terceros, pero el impacto suele ser reducido. Es el actor protagonista el principal afectado y por lo general las consecuencias de su comportamiento redundan básicamente sobre su vida. Ser un pusilánime a fin de cuentas es algo que a lo sumo constituye una forma de estar en la sociedad que acaba colgándole el sambenito apropiado de flojo y generando una serie de respuestas acorde con las expectativas esperadas. Al guardián de las esencias del incumplimiento o de la dejadez se le considera en algunos casos un despojo mientras que en otros, de manera más benevolente, se piensa que apenas es una persona distraída pero, eso sí, indigna de mayor consideración.

Sin embargo, algo más preocupante acontece cuando la desidia se centra en el marco de las relaciones humanas. Ya no es la dejación del ritual sino la afectación a la práctica en que individuos concretos ven articuladas sus emociones, sus deseos y, en definitiva, su reconocimiento. En ese nivel es usual que se entremezclen dos aspectos de naturaleza diferente. El primero tiene un componente de cierta militancia en el seno del oprobio. Cuando se dice que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio la indiferencia adquiere un componente activo de afrenta ya que la actuación es adrede. El segundo muestra un perfil en el que la distancia, sea en su dimensión temporal donde los años pueden llegar a acumularse por décadas, o en la espacial, al darse entre ciudades o países distintos, nutre el olvido y por ende enciende la brasa de la apatía. Indiferencia y apatía, azuzadas por el perfil dejadizo de muchas personas, sustentan el carrusel de la desidia. Este, a veces, culmina con efectos devastadores para el equilibrio vital y en muchos casos ceban el desánimo y, en la peor situación, la depresión.

Un día mi amiga dejó de verlo. Pasaron las semanas y los meses, pero aunque vivían en la misma ciudad nunca coincidieron en actividad alguna ni se dieron de bruces por la calle. Él nunca se comunicó con ella mediante alguno de los instrumentos que fueron evolucionando con el tiempo y que hacían posible una suerte de interacción casi anónima. Ella tampoco hizo ningún gesto. Quienes los conocían no se percataron del distanciamiento hasta que en un momento alguien que mantuvo una relación con ambos lo advirtió. Sin embargo no dijo nada. Pasado un tiempo durante el que mediaron avatares de diferente naturaleza, incluida una pandemia traumática, en el marco de una conversación trivial en el seno de un grupo de antiguos amigos comunes salió a colación lo que con el transcurso de los años ya no era noticioso sino un hecho consumado. Un acontecer como muchos otros en el que nadie supo a ciencia cierta qué había pasado y se daba pie a todo tipo de conjeturas donde las más aviesas parecían ganar crédito hasta que se impuso la cordura por la que la desidia era el argumento triunfante.

Sintió un dolor punzante cuando le comunicaron la muerte de aquella mujer con la que compartió media docena de años felices. Su separación tuvo un origen laboral por el que debió partir a un país al otro lado del océano. Los correos electrónicos diarios establecieron un puente que mantuvo vivo el cariño que al rato pasó a ser afecto y, finalmente, un reconocido recuerdo que fue languideciendo poco a poco. Nunca hicieron nada por atravesar aquel lago inmenso para recuperar al menos el sentido de una época dichosa en la que nada enturbió su día a día. Más que el tiempo la inhibición desbarató todo y pronto germinó un alejamiento que terminó en el olvido. Ahora, las lágrimas de la angustia se descuelgan por sus mejillas enmarañando un rostro que no deja de preguntarse, ¿por qué dejó que germinara el desamor?

El teléfono no sonó aquella noche. Fue la primera vez. Después siguieron más. La posibilidad de un problema en la línea se desvaneció pronto. Había un propósito claro. Si hubiera sido hoy los distintos mecanismos de comunicación existentes darían alguna que otra pista. Aquel era el único medio posible de comunicarse. Primero el silencio y luego la angustia definieron un panorama de zozobra. No, no parecía que se tratara de desidia, había un deseo firme traducido en un resultado devastador. ¿Un ajuste de cuentas? Ojalá que la molicie hubiera hecho acto de presencia, tan habitual, por otra parte, desde el comienzo de la relación. En aquel momento todo estaba en penumbra y fue consciente de que el paso dado tendría consecuencias nefastas en su vida. Así sucedió. Entonces imaginó un mundo perezoso donde las cosas se detuvieran por la inercia de la inacción, por la concatenación de energías involuntarias, sin intención alguna, y reivindicó la desidia para no pensar en la maldad.