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Declaración

He anunciado a los cuatro vientos que lo que hice lo volvería a realizar una y mil veces porque es un acto que ha salido de mis entrañas y que como tal es consustancial con mi identidad. Una identidad que ha sido inveteradamente cuestionada por quienes me rodean por considerarla un mero sucedáneo de los avatares de cada día. Recalco que jamás había alcanzado un nivel de realización personal tan alto; que ahora todo el mundo sabe a qué atenerse al haberse despejado la más mínima duda. Siento que un torrente de expresividad recorre mis venas y que ya ninguna de las personas que reprocharon mi oscurantismo puede estar confundida. Pienso que la nitidez de mi obrar se empareja con el sentimiento profundo que me invade desde que tengo uso de razón. Opino que, por fin, también lo he hecho partícipe al grupo de modo irrevocable y definitivo. Asumo que no hay efectos colaterales porque los intereses del resto me resultan ajenos. Tampoco tengo idea, ni me importa, del alcance de mis palabras ni de la incapacidad de ponerme en el lugar de nadie. Sé quién soy.

Esta mañana en el metro, como cada día, volví a vender los chupa chups de diferentes sabores. Dos por un euro. Anuncio mi nacionalidad peruana y no pronuncio palabra alguna que pretenda suscitar lástima entre la gente absorta con sus celulares. Odio a quienes de manera plañidera aluden a la precariedad de sus nietos, la falta de trabajo, la salud quebrada, a su condición de perseguidos por una de tantas tiranías. Detesto la falta de profesionalidad. Por eso me molestó aquel tipo que en la línea que va al aeropuerto terminó maldiciendo entre dientes al pasaje que había ignorado su perorata ininteligible sobre su enfermedad deseando que el avión se estrellara. No me gusta esa mujer que después de describir su penosa situación familiar ofrece por cincuenta céntimos paquetes de pañuelos de papel. Tampoco me complace la pareja de cantantes, posiblemente cubanos, porque acarrean una parafernalia de instrumentos que incomodan a la gente; además su intervención ajustada a un trayecto entre estación y estación no permite gestionar bien la recaudación con la gente entrando y saliendo.

Por la tarde he reemplazado a mi paisano en el chiringuito que tenemos debajo del puente peatonal. Un vacío en la legislación permitió establecerlo y desde hace cierto tiempo hago un turno de seis horas. Se trata de un sitio por el que pasa mucha gente que en su afán tienen un momento para un respiro en el que consumir un café de urgencia. Algunos se acodan un rato y la conversación salta inmediatamente. Ayer se reprodujo la trifulca que confrontó a venezolanos con peruanos después del partido de la semana pasada entre ambas selecciones. No entiendo ese proceder y no me interesan las razones de unos u otros. Callo y observo. En otra ocasión presencié como dos mujeres llegaban a las manos por un pleito con relación al reparto de unas horas en la limpieza de la oficina donde trabajan. Entonces tuve que salir de la barra para separarlas.

En este trasiego de cosas que agotan mi jornada cotidiana no tengo tiempo para ponerme a pensar en tus cuestionamientos. Te digo que tengo muy claro lo que hago y las razones por las que mando esa cantidad si no mensualmente sí cada vez que puedo. No se trata de un dinero simbólico ni tampoco del pago de una deuda. Sé que ella lo necesita y que si dejé el país tendría que mantener una actitud de cierta reparación. En esas estoy. Lo envío como miles de emigrantes lo hacen pero no doy explicación alguna. Tampoco espero ningún agradecimiento. Posiblemente aquellos que cruzaron el Darién tengan más que decir que yo. Mi caso es distinto. Como es el hecho de que el profesor haya accedido a escribir lo que le estoy contando. Seguro que usará sus palabras amañadas que no por ello traicionarán el sentir de lo que quiero decir. Es una declaración definitiva que supone el reconocimiento de lo que para muchos es un fracaso, pero para mí no es sino una huida más. A lo mejor resulta que alguien echa de menos mis andanzas en el metro o mi pose estática en el chiringuito con la mirada perdida en el flujo de los coches. Lo dicho, no me importa.

Siento un intenso malestar que ha sustituido al placer que me invadía cuando supe de la posibilidad de transcribir mi decisión. Lograr que quedara por escrito, firme, testimonial. De hacerla llegar a quien no va a recibir más dinero de mi parte. Hay otra gente que tardará en saber de mi desaparición, pero al final siempre se conocen los motivos que construyen las historias. Personas que me miraron con desconfianza, que intuían el traspiés del fracaso. Asumo los enfados a los que seguirán reproches. Decepción e incomprensión, juntas, de la mano. También incapacidad de entender el fiasco, la imposibilidad de remontar un vuelo cada vez más azaroso. No entender que hay túneles en los que al final, al contrario de lo que siempre se dice, no se divisa ninguna luz. Desaparecer.