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Decidir

Tomar una decisión, la que sea, implica para mucha gente un agobio excesivo. Para otra, sin embargo, apenas supone un pestañeo. El vértigo de la incertidumbre, el miedo a que las expectativas no se cumplan, se confrontan con el juego de lo azaroso de una secuela de acciones nimias aparentemente intrascendentes. Sí, cierto que el cariz de la decisión importa. El volumen de variables afectadas, de los recursos empleados y la gravedad de las posibles consecuencias suponen factores que hay que tener en cuenta. También es relevante el nivel de implicación con respecto a las emociones íntimas de quien se encuentra al borde de ese momento que sabe que pase lo que pase cambiará su vida.

Además está el entorno que configuran desde los consejeros áulicos al amigo de toda la vida, desde el pastor doctrinario al entrenador personal. Una realidad contextual que enfatiza opiniones que uno no siempre ha tenido en cuenta así como advertencias que a veces resultan ser losas que sepultan las ingenuas ilusiones de quienes piensan que tras la decisión todo irá mejor.

Pero sobre todo está el pasado, el peso de la nostalgia. Ahí se acumulan los recuerdos sedimentados que erigen un difuso basamento sobre el que construir el futuro. Se decide en base a la experiencia, se dice. Una costumbre sabia vinculada con la edad. Las rutinas son el legado que edifican el trampolín sobre el que el salto que trae consigo toda decisión no se da, supuestamente, en el vacío.

En todo ello el lenguaje se sitúa entremedias. Si bien la presencia de la palabra hablada o escrita domina habitualmente la escena no quedan ausentes los gestos que conllevan la mirada asesina, la mueca irónica, o incluso los silencios del que calla otorga. Las decisiones públicas más trascendentales llevan el oropel de la exhibición barroca mientras que aquellas que afectan a un pequeño número de personas se acotan a la justa medida del acontecer.

Las decisiones íntimas, aquellas de las que nunca nadie ajeno sabrá de su existencia, son otra cuestión. ¿Cuántas son de ese calibre? De algunas no queda ningún rastro, solo un leve recuerdo que se va difuminando poco a poco, pero otras son el armazón secreto de toda una vida, las encrucijadas afrontadas que los demás ignoraron.

Siempre me ha costado confrontar situaciones en las que lo acontecido quedaba por escrito sirviendo de acta notarial de lo resuelto. Las palabras se las lleva el viento y ya no se diga aquel gesto que avizoraste de tu interlocutor que quizá pensó que iba a pasar desapercibido, pero las cartas que recibí, los diarios o las anotaciones que escribí en los cuadernos son un legado imperecedero de decisiones que tuvieron consecuencias. Por activa o por pasiva. Algunas configuran la senda de mi vida, otras son simplemente hiatos.

Todo ello hoy se difumina en el mundo virtual. La gente que se dedica a la historia ya está llamando la atención sobre cómo los entramados de las relaciones personales se van a diluir en el ciberespacio. Los acuerdos, las promesas, los planes, las cavilaciones quedan sepultadas en el devenir de hilos de los que se pierde toda continuidad, de mensajes supuestamente eliminados en papeleras imaginarias ¿O no? Se dice que absolutamente todo lo que hemos escrito quedará almacenado en algún lugar. ¿Las decisiones recogidas en un soporte virtual tendrán la misma consistencia que las escritas antes o apenas serán quejidos en la noche?

En este estado de perplejidad que me invade con frecuencia no entiendo lo que ella me quiere decir, aunque el fin último que desea conseguir es claro. No es cuestión de plantearme hoy por qué anhela retomar ese asunto ni se trata de valorar si está bien o mal escrito. Para lo primero, mi curiosidad es mínima y en cuanto a lo segundo no tengo conocimiento suficiente para formular un juicio. Tampoco me refiero a si es el momento oportuno para sacarlo a colación ni incluso si es la persona idónea para hacerlo.

Después de tantos años y habiendo sido testigo más próximo otra gente que conocemos mucho, podría subrayarle con fundamento que su equivocación es mayúscula por evocarlo, precisamente ella. Es la antesala a un propósito que tiene claro pero cuya ejecutoria requiere unos pasos que no sabe si va a dar. Dejar la casa en que ha vivido un tercio de tu vida es un asunto que mucha gente hace. No es nada extraordinario.

Creo, además, que ha usado un medio inadecuado para comunicarlo, si bien, sinceramente, es una cuestión baladí; no se lo reprocho, pero queda dicho. Nada de eso tiene importancia. Lo relevante es que no sé a dónde quiere llegar con esa soflama. Pero, no, yo no me confundo, porque eso supondría que me preocupan sus motivos. No es eso. Es más simple. No entiendo su miedo, aunque sé que es un asunto irracional, o quizá por eso. No sé quién es. A estas alturas. Dejar cerrada una casa, venderla o sencillamente olvidarla. ¿Qué importa? Una decisión más en el camino de la vida.