Saltar al contenido

Contar después de buscar en la memoria

Te he buscado en mi memoria, pero mi cerebro me ha dejado tirado sin recompensarme con tu presencia. Alguna vez leí que había una especie de mapas neuronales que fijaban las experiencias vividas con los seres que nos iban dejando huella. Cada cierto tiempo, las pistas grabadas se activaban para guiarme en el desamparo. Recibía entonces una prima que me hacía seguir adelante.

También supe que cuando se pierde una conexión con alguien el cerebro cambia según se pena porque se produce una experiencia emocional muy intensa. La muerte, que es el grado máximo de la pérdida, genera tal dolor cuando la persona que se va es próxima y significó tanto que los vínculos establecidos componen formas biológicas en el cerebro con cambios en las hormonas, en la expresión de los genes y más.

Sin embargo lo más grave es lo que algún neurólogo denominó un anhelo no correspondido, un estado de frustración en el que buscamos a alguien, pero el cerebro no nos recompensa con su presencia. Un estado en el que me encuentro a menudo cuando evoco a tantos seres queridos que vieron el atardecer a mi vera y ya no están.

Pero, déjame que te cuente. A ti, de quien apenas sé nada y a quien voy conociendo poco a poco. Satisfecho por haber sobrevivido una noche más y renacer de la oscuridad. Absorto con el pasar monótono de los días, cada vez más cortos. Enredado en el sinfín de rutinas que pretenden dar un significado a una existencia difícil de entender. Distraído con la mirada perdida en el amanecer que tiene al río como proscenio. Comprometido absurdamente con seguir adelante prácticas que a muy pocos importan. Ensimismado con el bullir cadencioso de los patos que ahora se acercan a la orilla y que han decidido este lugar para pasar el invierno.

Alienado por un quehacer intrascendente que se justifica por estar inmerso en un círculo vicioso que establece una supuesta zona de confort. Embelesado por el silencio del alba y la desnudez de los árboles. Agobiado por un listado de tareas estériles pendientes que están anotadas en la libreta azul, bitácora del trajín diario que cada vez entiendo menos. Expectante precavido por llenar las horas de una jornada más por delante.

A ti, que en todo caso eres el sueño de la razón. Déjame que te cuente que los días persiguen a las noches, así como la alegría sigue a la tristeza, aunque también se pueden intercambiar los términos; que el odio compite con el amor, pero no siempre lo gana; que la belleza confronta lo abyecto en una carrera en la que muchas veces los términos están claramente definidos; que existe el frío y el calor y formas de enfrentarlos; que la ambición es un motor de la vida con extraños componentes y con resultados a veces desafortunados; que la lluvia puede ser una bendición, aunque también puede traer la destrucción; que el tiempo todo lo confunde.

Porque déjame que te cuente que hubo guerras y que la violencia campea entre nosotros; que la humanidad pasó por épocas muy diferentes y que su diversidad es casi infinita; que nunca fuimos tantos, y tantos tan desiguales empeñados en destruir el propio medio en que vivimos; que el dinero ha conseguido coronarse como el objetivo fundamental de la existencia de muchos; que las cosas cambian exponencialmente.

A ti, que eres el fruto del tesón, de una pasión especial forjada en el más íntimo deseo surgido de esa rara combinación entre la voluntad y el entendimiento. A ti, que posees todo el potencial que una vez todos tuvimos. La energía del cosmos concentrada en una semilla. Que tienes como telón de fondo un presente raro dibujado por gestos rudos de rostros severos, una época con un afán desconocido que pasará, pero que dejará posos, como siempre ocurre. Restos que se sedimentarán configurando una fina capa de lo que llamamos pasado en la que buscamos permanentemente los recuerdos. Un espacio en el que también se encontrarán tus abuelos de quienes te hablarán al igual que los abuelos de tu madre de los que te platicaré.

Déjame que te cuente porque no quiero olvidar, déjame que siga buscando, “déjame que te diga la gloria del ensueño que evoca la memoria”.