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Consumo

Hay términos omnipresentes, manoseados, que definen desde hace mucho el estado de las cosas, el tipo de relaciones que mantiene una sociedad, la salud -dicen- de la economía. El consumo, por ejemplo. Un concepto que ha dado pie a todo ello y sobre el que se han escrito tratados, análisis eruditos, artículos de opinión. Una palabra que identifica con precisión una acción y sobre la que se construye la identidad de las personas que la llevan a cabo. Un vocablo tan potente que define una época y que a la vez arrostra otros con los que configura un crisol que algunos conciben como ideología: individualismo, competencia, singularidad, crecimiento ilimitado, proteccionismo, intervención.

Atravieso el centro comercial que es desde hace años el epítome por excelencia del paroxismo del consumo. No dejo de tener presente la novela de José Saramago, La caverna. Pronto cumplirá un cuarto de siglo y a pesar de los cambios exponenciales registrados en la sociedad mantiene su vigencia; como le pasa a la propuesta de Zygmunt Bauman formulada por aquel tiempo de la modernidad líquida en consonancia con el desarrollo alcanzado por las sociedades occidentales culminación de lo larvado en la postguerra.

Camino para atender una cita con un colega que suele trabajar ensimismado en su ordenador en una de las cafeterías del centro. Los pasillos están atiborrados por una muchedumbre festiva, desinhibida. A pesar de hollar el templo no sueltan su móvil que no dejan de mirar con fruición. Aunque la rivalidad del comercio electrónico es una evidencia palmaria todo es compatible. No hay traición alguna. Un templo que ha sustituido al religioso donde sus fieles al salir miran con el mismo desdén de siempre a quienes piden limosna en la entrada.

Pocos minutos antes, en la calle, contemplé de manera seguida a dos personas que rebuscaban en las papeleras latas, plásticos, cartones que sustraían para meter en enormes bolsas para luego colgarlas sobre sus hombros. Una de ellas relamía las gotas que perduraban de un vaso que alguien acababa de desechar. La otra devoraba un pequeño pedazo de pizza que había encontrado. La masa silente no los miraba y quien lo hiciera de soslayo seguramente pensaría de manera fugaz que su indigno proceder era consecuencia de su falta de empeño a la hora de buscar un trabajo respetable. Más adelante, una mujer joven con dos niños pequeños en su regazo ofrecía a la venta unas artesanías que la gente ignoraba.

Mi colega me cuenta que el consulado español de un país andino no solo permite sino que alienta que una red de intermediarios se interponga en la gestión de las citas para la petición de visados. En algunos casos se llegaba a cobrar por encima de los cien euros para garantizar la obligada atención del funcionario de turno sin que ello, obviamente, asegure la obtención del preciado permiso. “En una sociedad donde prima la ley de la oferta y la demanda, todo vale”. Me dice. El visado se ha convertido en un objeto preciado en la cadena de consumo, es el salvoconducto imprescindible para todo lo que puede seguir: turismo, trabajo, estudio.

La conversación se deriva hacia las declaraciones de la máxima autoridad en educación del gobierno supuestamente progresista que acaba de afirmar: “mi principal objetivo es conseguir que los hijos de los ricos aprecien y vayan a la escuela pública”. El propósito es que los consumidores distinguidos valoren el ámbito público de la educación para que este a su vez vea su reputación en ascenso. Desde hace tiempo ya no hay estudiantes sino clientes. Los parroquianos también dejaron de serlo para devenir en clientes que terminaron cayendo en el foso genérico de los consumidores. Como asimismo ocurre en la medicina donde tampoco existen ya pacientes porque una póliza de seguro los asciende a una categoría supuestamente superior de quien dice haber pagado el servicio.

En el mismo sentido mi colega me manifiesta que después de la pandemia su universidad ha ido rescindiendo el contrato al finalizar cada año a un número relevante de profesores. “Las cifras no cuadran en el rectorado”, me cuentan. “Ha disminuido el número de estudiantes y persisten en subir el precio de las matrículas, además cada vez hay menos interés en seguir una formación universitaria tradicional”. Desde hace tiempo los estudiantes son meros consumidores y como tales las leyes del mercado definen las relaciones que se establecen con respecto a los centros académicos cuya titularidad es privada. En su momento se crearon porque la educación era un negocio ante la precariedad (o la desidia) del erario para potenciar la enseñanza pública. Hoy las universidades privadas para paliar la situación en que viven convierten sus campus en parques temáticos que satisfacen las veleidades variopintas de sus estudiantes clientelas ávidos de experiencias novedosas enmarcadas en un medio quintaesencia de placidez.

La vida se articula en el mercado desde hace miles de años en prácticamente todas las civilizaciones. ¿Por qué entonces extrañarme? ¿Por qué dar tanta importancia al momento actual? No solo me refiero a la época en la que vivo sino al periodo en concreto del año en que estoy ¿No es acaso el resultado de una evolución que lo presuponía? ¿No se decía que era una situación bajo control tras la creación de organismos de defensa del consumidor?

Un mercado de ocho mil millones de consumidores es una tarta difícil de imaginar cuando se acuñó el término “sociedad de consumo”. Una categoría para un puñado de grupos humanos configurados por clases medias surgidas tras una evolución histórica muy particular. La trepidante singularidad y la exacerbación del individualismo unidas al dudoso éxito del capitalismo, o quizás derivadas de esto último, han traído las cosas a un nivel donde el consumo yo no solo es, como decía más arriba, una acción que desempeñan las personas, sino la lógica de funcionamiento de todo lo que nos rodea. Hasta los estadios deportivos se han convertido en parques infantiles para adultos. Algo que asigna una condición neta a las relaciones humanas, incluso a las que durante siglos tuvieron otra connotación, y que a la postre impone las reglas de su juego y define el sentido de la vida.