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Complejidad

Hace varios años pasé algunas breves temporadas en la casa de la costa de una pareja de amigos. El ambiente era confortable. A la tranquilidad del lugar y al paisaje idílico que se divisaba desde la terraza se añadía la entrañable hospitalidad brindada. Configuraban un dúo, disparejo en edad, pero equilibrado en sus gustos y aficiones así como en la complicidad permanente en los más mínimos detalles. Su amor compartido por los pájaros, el gozo por la música que los llevaba a tocar el piano a cuatro manos y su pasión por viajar complementaban sus carreras que aunque se daban en el mismo ámbito laboral se ejercían en empresas diferentes. Además, ¿o quizá como consecuencia?, desbordaban una felicidad deslumbrante. Pero siempre tuve la sensación de que aquello no iba a durar mucho. Hace dos meses ella, toda atribulada, me mandó un mensaje para contarme que él había dejado la casa y que solo pasadas tres semanas supo de su decisión de poner fin a la relación mantenida durante siete años.

Cuando le cuento esta historia a M se limita a musitar: “¡ay, la complejidad de la vida!” Llevo años inculcando a mis estudiantes que los problemas políticos son complejos, que nunca hay una sola causa y que como mucho puede haber prelaciones dentro de un elevado número de factores. Por otra parte, y para mayor complicación, esas causas suelen estar interconectadas afectándose unas a otras. Sí, la multicausalidad y la no linealidad están en la base de la complejidad. No obstante, también el hecho de señalar que algo es complejo es el inicio usual de toda respuesta ante una pregunta formulada en comparecencias públicas donde se demanda una réplica simple y lo más concisa posible. Por ello, mantengo la mirada en el rostro irónico de M y a continuación le pregunto, no sin cierta sorna, si no cree que el recurso a la complejidad para explicar cualquier suceso no es sino un trampantojo.

Soy consciente de mi provocación, pero necesito urdir algún argumento que me aleje de la permanente incertidumbre que el término complejo arrostra. Una inseguridad hoy demasiado extendida por doquier con efectos desestabilizadores en la vida de mucha gente. Todo comienza con una pregunta, en la que en la mayoría de los casos el por qué enreda el asunto. Distintos adverbios (cómo, cuándo, dónde) guían respuestas más sencillas y aparentemente más objetivas. Sin embargo, la causalidad que se busca cuando se pregunta por qué abre una caja de Pandora donde las cosas no siempre resultan claras. ¿Por qué el mundo de mi amiga abandonada se derrumbó en el lapso comprendido entre la última vez que vio a su pareja y el momento en que él la mandó un mensaje? ¿Por qué no supo vaticinar que ello ocurriría? ¿Nunca le asaltó una duda? ¿Por qué él tomó la decisión? Desamor, hartazgo, inseguridad, infidelidad, cálculo, banalidad, enfermedad. Una ristra de palabras se sucede intentando construir el relato convincente que ayude a aclarar la situación.

M abunda que ese no es el problema y que precisamente la complejidad engloba todos esos términos. No se trata de elucidar una única respuesta con un substantivo que defina con rigor el asunto. Ciertamente, lo que hay que entender es que todas esas situaciones se dan en el mismo escenario. “No hay que buscar tres pies al gato”, añade. Para ayudarme a salir del entuerto me recomienda ver La estrella azul. Una maravillosa película hispano-argentina de 2023 dirigida por Javier Macipe. Un resumen simplista diría que es un biopic de un rockero zaragozano que encuentra un camino para innovar en su acervo musical en la chacarera de Santiago del Estero, pero sus dimensiones son mucho más ricas. No me sirve por mucho que la película me guste.  Allí linealidad y complejidad se entreveran hasta que hace presencia la muerte dando pie a la inevitable pregunta, ¿por qué?

Entonces respondo a M que toda esta situación me conduce al panorama que alumbra la política actual. No importa el país. En un sentido opuesto, poco a poco se ha ido introduciendo la idea de que las soluciones a los problemas son simples. Se trata de puros ejercicios técnicos o de la espontánea imposición de la voluntad de alguien ungido de notoriedad por mecanismos publicitarios agresivos en sociedades cada vez más líquidas que idealmente se contemplan como conjuntos monolíticos. Así, se rechaza el pluralismo y en su lugar se impone el hermanamiento de la tecnocracia y del populismo como alternativas. Ambas salidas propugnan de la mano que hay una sola solución, aunque sea contrapuesta. Una única respuesta aparentemente sencilla y racional a cada problema. La complejidad simplemente deja de existir.

Estoy solo. Acabo de terminar una larga caminata. Intento entender las historias intensas cotidianas que me cuentan que suceden en el derrotero -al fin y al cabo los paseos son un momento ideal para ello-. No tienen buena pinta. Tengo la impresión de que cada vez hay menos finales felices. ¿Soy objetivo? ¿No será que el peso de la edad desdibuja la percepción? Me niego tozudamente a argüir que la complejidad de lo acontecido sea una buena estrategia para confrontar la realidad. De acuerdo con que su mero enunciado genera sosiego. Puesto que las cosas son complicadas no hay que dar demasiadas vueltas para intentar entenderlas. Pura pérdida de tiempo. “Hijo mío, si creyeras”, la sentencia de mi madre ronda mi cabeza. Hay que alejarse de la frustración suscitada.

Vuelvo a pensar en la pareja que fue feliz compartiendo tantos momentos y proyectando expectativas diversas. El recuerdo de la puesta del sol tomando un gin-tonic. ¿Fue aquel conjunto de escenas una ilusión? ¿Por qué supe antes del abandono que todo había acabado? ¿El drama suscitado dependía del nivel del conflicto oculto que en su caso pudiera estar germinándose? ¿Cómo era posible que se amaran, pero al primar la libertad fueran incapaces de demostrarlo hasta sus últimas consecuencias? ¿Por qué la fragilidad de la soledad termina casi siempre imponiéndose? ¡Es todo tan complejo!