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Alienación

Las cosas no salen como se espera. Aun los más avispados se topan con situaciones que los desarman. Ni siquiera los que se consideran afortunados son capaces de mantener siempre la fe en el devenir de su vida. A veces hay lugares en los que se busca refugio vano que en su apariencia quieta esconden la brutalidad del ruido agazapado. Pulula gente que encuentra lo que no busca mientras que otros hallan sin quererlo; decepciones que se suman a los sueños incumplidos.

Hay toneladas de resentimiento del que Cynthia Fleury mantiene que “te hace estar atrapado en un bucle, es un sistema cerrado, como un dogma, [porque] el resentimiento nace en personas que no consiguen superar lo que llamamos la angustia de la separación”. De acuerdo con que la necesidad de reparación, la frustración, la carencia de protección, todo eso está relacionado con la infancia, pero ¿es posible que dure la vida entera?

Ante el estrépito de las voces del vecindario o de las que hay en el propio hogar, de aquella música machacona, del rumor del tráfico, del tañer de las campanas, de las risas ajenas, de los ladridos de los perros callejeros, del zureo nervioso de las palomas, es posible guardarse, pero ¿cómo hacerlo de ese murmullo que aparece de pronto y que toma una expresión machacona en un lugar que no se sabe dónde está pero que piensas que se encuentra dentro de ti? Una circunstancia que languidece con el paso del tiempo, pero que no desaparece, simplemente cambia su frecuencia y marca el paso de manera diferente, primero de las estaciones y luego de los años.

La secuela de traiciones acompaña la existencia de mi amiga desde hace un cuarto de siglo. No ha tenido más remedio que revestir las múltiples decepciones con una sonrisa floja permanente que construye con paciencia y también suplir el papel de los sueños que hace tiempo dejó de tener con fingidos propósitos que pregona siempre que puede. El olvido es quizá el resultado más palmario.

Quizá por ello Fleury insiste en que lo usamos a escala individual de una manera pragmática. Siendo muy importante para vivir, no conlleva que vayamos a poner en marcha un discurso de borrado pues en la mayoría de los casos resulta imposible. Como dice Nietzsche, tenemos la facultad de olvidar y la facultad de la memoria y así construimos las reconciliaciones que con frecuencia resultan tramposas pues dejan una caterva de deudas que nunca se saldan y además los acreedores no cejan en su empeño.

Todo resulta un galimatías complejo difícil de interpretar ante el que surgen palabras con vocación esclarecedora, pero cuyo significado es confuso. Alienación es una de ellas. Un término clave en la filosofía política que resulta escurridizo y que ha dado mucho juego en el pensamiento marxista hoy tan en desuso por el aciago éxito irrestricto del neoliberalismo. Sin embargo, me obstino en realizar un ejercicio para intentar entender lo que pasa al derrotero y hallo que su sentido alcanza una vigencia nada trivial.

La RAE incorpora en su cuarta acepción una definición de alienación que considero la más válida para incorporarla a la hora de elaborar mi diagnóstico de la situación: “estado mental caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad”. Mientras que sus sinónimos son enajenación, locura, demencia, perturbación y desequilibrio, su antónimo es cordura.

Perderse, alejarse de uno mismo, borrar lo que se fue. En un momento en el que la cultura de la cancelación se impone en los más variopintos recovecos de la cotidianeidad con idas y vueltas, traiciones, resentimiento, ruido, olvido, el sempiterno intento de definir quién es uno resulta una tarea ímproba. Por eso me río cuando escucho al hombre decirme que le dijeron que tuviera paciencia porque era la madre de la inteligencia. Esperó toda su vida y no sucedió nada, dice. No obstante estoy seguro de que le acontecieron muchas cosas, incontables más de las que pudiera recordar. Él mismo dejó de ser quien creía que era en al menos tres ocasiones que yo supiera. No hay contradicción alguna en su relato, pura alienación inconsciente.

Sin embargo, ¿cómo entender el uso del término a propósito del caso de la dimisión de la presidenta de Harvard, Claudine Gay, cuando Larry Summers, ex presidente de esta, dijo que “nunca había estado tan desilusionado y alienado” con la universidad. Los críticos (donantes de Harvard, profesores, políticos) la atacaron por no condenar inmediatamente la violencia y no desautorizar una declaración de estudiantes propalestinos que culpaban a Israel del estado de las cosas.

La alienación, por consiguiente, aquí tiene un componente exógeno de la misma naturaleza que lo aleja de lo identitario, aunque de sentido opuesto, como cuando es consecuencia de la envidia. Hay gente alienada porque no logran estar a la altura del vecino sea en patrimonio, inteligencia o salud. De la misma manera que algunas personas suponen que otras están alienadas porque no comparten sus gustos como le ocurre a aquella mujer que piensa que quienes tienen animales de compañía son gente alienada.

Por ello, fuera del significado preciso de la palabra, la segunda acepción de la RAE hace referencia a las causas de la alienación algo que pareciera tener más enjundia puesto que aboca al origen e, inevitablemente, a la razón de la carga que presume. Su fuente emana como limitación o condicionamiento de la personalidad “impuestos al individuo o a la colectividad por factores externos, económicos o culturales”. La responsabilidad de ese estado queda entonces conferida al entorno, nunca es una cuestión que ataña a la persona en su individualidad.

La sociedad del hiper consumo, la pertinaz pobreza, la creciente desigualdad, las nuevas tecnologías digitales, las viejas estructuras patriarcales, los rezagos del colonialismo, constituyen, entre otros, los factores desencadenantes del estadio de alienación crónica en el que se mueve la humanidad. De nuevo, sale a colación el viejo dicho sartriano de que el infierno son los otros. Pero entiendo que el asunto es más proceloso, y si no, ¿por qué cuándo nos cruzamos me miras de esa manera?